Menú
Daniel Rodríguez Herrera

El aborto como sacramento

La izquierda no defiende a los débiles, sino a los grupos que adopta como mascotas. Los aún por nacer no lo son; sí las mujeres que quieren abortar.

La izquierda no defiende a los débiles, sino a los grupos que adopta como mascotas. Los aún por nacer no lo son; sí las mujeres que quieren abortar.
Manifestación en Washington. | EFE

La izquierda es experta en mover la famosa ventana de Overton. Ha pasado con el aborto como ha sucedido con muchos otros asuntos. Hace pocas décadas era un punto débil dentro de su ideario. ¿Cómo podría no serlo, cuando se ponía de parte del fuerte en detrimento del débil, ellos que siempre claman estar con los oprimidos? ¿Quién puede ser más oprimido que aquel a quien su propia madre le niega el derecho a la vida? Por eso Bill Clinton en los 90 argumentaba que el aborto debía ser "seguro, legal y poco frecuente"; la forma de defenderlo entonces era convencernos de que se trataba de algo extraordinario que se daría en pocos casos que se enfrentarían a circunstancias fuera de lo común. Aún quedan coletazos de aquella estrategia, como cuando los medios de izquierda informan de casos de niñas violadas por familiares que no pueden abortar en países hispanoamericanos.

Es una estrategia que ataca a los sentimientos, pero que sólo llega hasta donde llega. En España tienen lugar 90.000 abortos al año. De ellos, los casos de incesto o violación no llegan a un par de decenas. Aquellos debidos a anomalías fetales son unos tres mil, mientras que los debidos al riesgo a la vida de la madre son cinco mil. Sumando todos los casos, un 9% del total. Que dichos abortos fueran "seguros y legales" los haría relativamente poco frecuentes. Pero no es así. No es así porque los casos extremos nunca fueron la razón por la que la izquierda apoya el aborto, tan sólo la excusa para convencernos. Porque la izquierda no defiende realmente a los débiles y los indefensos, sino a los grupos de personas que adopta como mascotas. Y los niños aún por nacer no lo son, pero sí las mujeres que quieren abortar.

Durante décadas, han procurado transformar el marco de discusión convirtiendo el aborto de un mal consentido para prevenir otros males peores a un "derecho" de la mujer a decidir sobre su propio cuerpo, logrando convertir cualquier objeción en un ataque sobre la mitad de la especie humana. Nos han quitado el derecho a los hombres a siquiera opinar sobre el destino de nuestros propios hijos: si la mujer decide tenerlos, te callas y pagas; si no, te callas sin más. A quienes nos parece inmoral nos obligan a pagarlo con nuestros impuestos; a los médicos a ejecutar la sentencia. Ese es el cambio que el feminismo ha traído a España en un par de décadas.

La medida impulsada por Vox en Castilla y León no puede ser más tímida: es una obligación no a las mujeres que quieren abortar, sino a los médicos: éstos deberán ofrecerles la posibilidad de escuchar los latidos del corazón de su hijo y verlo en una ecografía 4D. Les podrán contestar que no, gracias, y ahí queda todo. Dudo que ni Mañueco ni Gallardo piensen que va a suponer una gran diferencia real, puesto que previsiblemente sólo podría convencer a llevar a término su embarazo a mujeres ya predispuestas a ser convencidas. Pero supone (pongan música ominosa en sus auriculares antes de leer esto) un "retroceso a los derechos y libertades de las mujeres". ¿En qué retroceden exactamente? En nada. Aun si concedemos que el aborto es un derecho, ese sigue intacto y se puede ejercer de la misma manera. Basta decir que "no" al médico, o decirle que sí, ver las ecografías y escuchar el latido, y seguir diciendo que sí a matar al ser humano que crece en su vientre.

Cuando intentan ponerse racionales, argumentan que podría suponer un trauma mayor para las mujeres que abortan si tuvieran que hacerlo después de escuchar los latidos o ver al feto en una ecografía. Pero eso casa mal con el hecho que la propuesta no pretende obligar a las mujeres a nada. Y especialmente con la idea de que el aborto es un derecho porque, al fin y al cabo, el feto "es un amasijo de células". ¿De qué trauma están hablando? ¿No habíamos quedado que esto era como quitarse un quiste?

En cambio, la oposición frontal de la izquierda toda a una medida tan ridículamente tímida es perfectamente congruente con que para ella el aborto se ha convertido en un sacramento de su religión feminista, en tierra sagrada a proteger a toda costa. Cualquier objeción, por ridículamente suave que sea, debe ser acallada; no, debe ser aplastada por los gritos moralistas de los chamanes, porque se trata de una herejía. El aborto es un bien absoluto y, por tanto, cualquier opinión, cualquier medida que lo ponga en duda debe ser aniquilada con toda la fuerza de la propaganda de la izquierda, que es mucha. Tanta como para convertir esta medida tímida y casi ridícula en un ataque a "las mujeres" mucho mayor que los 200 violadores a los que han reducido las penas de cárcel. Fue por el pánico a enfrentarse a ese monstruo que el muy católico y muy numerario Andrés Ollero guardó la decisión sobre el aborto durante una década en un cajón de su despacho en el Tribunal Constitucional. En un par de meses, el aborto será un derecho constitucional que Conde-Pumpido encontrará en algún pliegue de su toga manchada con el polvo del camino. Y en menos que se aprueba una ley Trans, oponerse al aborto conllevará multas de unos cuantos miles de euros, como decir que un hombre es un hombre por mucho que se opere y pretenda simular lo contrario, o como decir que la izquierda es tan responsable como la derecha de la Guerra Civil.

A ver si al final el único que tenía principios en el PP era Gallardón.

Temas

En Opinión

    0
    comentarios