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Mario Garcés

Almodóvar y el lobo feroz

Mientras Elisa, la complutense ilustre "con un par" decía que había que hacer cine político, Almodóvar volvía a hacer política desde una gala de cine.

Mientras Elisa, la complutense ilustre "con un par" decía que había que hacer cine político, Almodóvar volvía a hacer política desde una gala de cine.
El director Pedro Almodóvar recibe el Feroz de Honor en la ceremonia de entrega de la décima edición de los Premios Feroz que otorga la Asociación de Informadores Cinematográficos de España (AICE), este sábado en Zaragoza. | EFE

Almodóvar lloró la muerte de su madre y de todas las madres en la gala de los premios Feroz, ataviado de grinch manchego. Almodóvar, como Elisa, la ilustre complutense con facha de Monedero que no rompió el título porque pensaba que era un delito, tienen en común su adoración a las madres y su odio a Ayuso. Elisa, de haber roto el diploma, habría hecho honor a su condición de indocumentada, ante la presencia enardecida de sus profesores, que estaban allí "con un par". A falta de padre, que Dios lo tenga en su gloria bendita, la niña debió aprender los usos del lenguaje heteropatriarcal en un taller de literatura andina impartido por Pablo Iglesias. O por el mismo Echenique, que a la misma orilla del Ebro ya cantaba a Dominga y a sus costumbres bucales en alguna parte del cuerpo de los hombres.

Almodóvar, que es indocumentado a tiempo parcial, se dispuso a leer un documento con presbicia ideológica, la misma que les lleva a toda esta especie a salivar descalificaciones contra Ayuso. Como un Lobo Feroz vio la ocasión de hincar el diente a la presidenta de la Comunidad de Madrid a más de trescientos kilómetros de Madrid. Y al caso venía ser lobo-hombre en una gala que ha premiado a As Bestas y a Cinco Lobitos, títulos más propios de un certamen de premios de los hermanos Grimm o de Perrault, que de una gala de cine español. El manchego, más feraz y Ferraz que feroz, es un hombre transido por viejos traumas y por eternas contradicciones, entre Átame y La mala educación. Ignoro si parte de su obra es consecuencia de alguna pócima lisérgica o de una siesta indigesta, pero siempre he pensado que en un diván estaría mejor bajo la atenta terapia de un argentino, sea Sbaraglia o sea Alterio, que ya forman parte de su tropa.

Lo cierto y seguro es que no hay desperdicio en sus declaraciones. Afirmó compungidamente que aunque él hiciera uso de la sanidad privada no quería dejar abandonados a su suerte a los humildes usuarios de la sanidad pública. Del pensamiento progre al pensamiento mugre, aplaudido a rabiar. Ayuso es una mala congénita, preternatural, la viva imagen del mal, y Almodóvar lo sabe. Y tanto que lo sabe, que como el hijo de la Bardemcita, comparten la tesis de que son superiores moralmente. Ellos reúnen todas las virtudes mientras que los demás, ante todo los palmeros, se rinden bajo la falsa ilusión impuesta por los primeros de que los segundos carecen de bondades o que las tienen en menor abundancia o porque simplemente no quieren ser acusados por los supuestos virtuosos. Los superiores morales aspiran a conseguir esa relación de jerarquía entre los virtuosos y los no virtuosos, dotándose de un poder ilimitado de juzgar a los demás que acaba cercenando la libertad de pensar y hasta de disentir.

Inocencio Arias, en su obra La superioridad moral de la izquierda afirmaba que "hay cuestiones que cuando uno va teniendo cierta edad no acaba de entender. Una de ellas es la superioridad moral de la izquierda; muy extendida, aunque, si uno mira a su alrededor, no se tiene en pie". Almodóvar, por lo que se ve, sigue en la pubertad adanista del que se erige en portavoz de una causa, siempre contra unos, siempre a favor de otros. Almodóvar es libre de opinar y hasta es libre de leer sin opinar, como un mediocre apuntador, pero sigo pensando que si Almodóvar sigue creyendo que tiene una autoridad moral o intelectual superior a cualquier persona con la que me cruzo por la calle, su problema es más grave de lo que parece.

Almodóvar que, pudiendo vivir en cualquier Comunidad Autónoma, vive en la Comunidad de Madrid, donde no paga el Impuesto sobre el Patrimonio por todos los bienes de los que es titular, habla de Ayuso. Aunque perdió una ocasión exclusiva para hablar de Aragón, que por algo interpretaba a un peripatético lector en apuros en Zaragoza. Aragón es la Comunidad con mayor número de días en espera para una operación (151 días) y la tercera peor Comunidad Autónoma en espera para una consulta (95 días), pero en las tierras de El Pilar no existe barbarie en la conciencia almodovariana, por mucho que, unas horas mediante después, aquello se convirtiera en una adaptación española de Sexo, mentiras y cintas de vídeo.

Y allí estaba el corifeo clásico, los aspirantes a chicos y chicas Almodóvar aplaudiendo como si no hubiera un mañana. Aplaudían por miedo, por convicción inducida, porque de no aplaudir gregariamente se verían privados del manto del hombre generoso del director, quien, por cierto, y ya va siendo hora de que se lo crean los demás, desprecia plenamente al resto de hombres y mujeres del cine español. Puestos a aplaudir, hasta aplaudían algunos votantes de derechas que tenían que amortizar la fotografía que se habían hecho unos minutos antes de empezar al gala. Al mismo que os insultaba la inteligencia, al mismo que actúaba sesgada y compulsivamente al servicio de una izquierda al borde de un ataque de nervios, al mismo que hizo en Kika un ejercicio narrativo de verdadera cultura de la violación de más de diez minutos de duración, según la doctrina Montero, que ahora no se atrevería a rodar, el muy valiente. Es lo que hay. Mientras Elisa, la complutense ilustre "con un par" decía que había que hacer cine político, Almodóvar volvía a hacer política desde una gala de cine. Menos lobos, caperucita.

Mario Garcés.
Inspector de Hacienda e Interventor y Auditor del Estado. Jurista, académico y escritor.
Portavoz adjunto del Grupo Parlamentario Popular en el Congreso de los Diputados.

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