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Mario Garcés

Pam y el sexo

La Pamdemia del cuerpo técnico de Igualdad es una combinación maliciosa de adanismo, exhibicionismo e ignorancia que ya no sorprende a nadie.

La Pamdemia del cuerpo técnico de Igualdad es una combinación maliciosa de adanismo, exhibicionismo e ignorancia que ya no sorprende a nadie.
Europa Press

Que Pam, la Secretaria de Estado de Igualdad, no es Paz Vega, salta a la vista. Pam no es Paz. Y que sería incapaz de interpretar en Formentera la película del director capicúa Julio Medem Lucía y el sexo es tan evidente como que esta señora tiene concupiscencia verbal, porque no deja de decir y hacer estupideces. Ignoro si ella está más cómoda en la iconografía felliniana de una reciente campaña de publicidad institucional aprobada por el Ministerio de Igualdad, en la que una mujer entrada en carnes y con simbología obrera tatuada en el abdomen cabalga entusiasmada sobre un tipo parecido a un reciente actor porno español. La voluptuosa carnalidad de Amarcord convertida en un coito a lo Torrente para mayor deleite del Pamfeminismo. Que se ande con cuidado Santiago Segura que otro actor de dobles eses, como Silvester Stallone, empezó en el porno.

En el Ministerio de Igualdad han llegado a decir, a propósito de la presentación de esa campaña, que en España hace falta una conversación con la sociedad sobre el sexo de los gordos, de las personas con discapacidad o la masturbación de las mujeres a partir de los sesenta años. Pues bien, la Pamdemia del cuerpo técnico de Igualdad es una combinación maliciosa y obscena de adanismo, exhibicionismo e ignorancia que ya no sorprende a nadie. En primer lugar, no se conversa con la sociedad, sino que se conversa entre personas, porque la sociedad no es un ente de pensamiento único y colectivo ante el que presentar las ocurrencias a granel del día, a costa del presupuesto de un Ministerio que pagamos todos los contribuyentes. Ni conversaciones en La Catedral, con Vargas Llosa, ni conversaciones en el lupanar, con Tito Berni.

En segundo lugar, no hay nada más legitimo y lícito, más estimulante e imaginativo, que la sexualidad tranquila de nuestra cultura occidental. Una cultura que no apela al exhibicionismo, al suberotismo o a la sugerencia oficial de lo que tiene que ser el sexo entre particulares. A diferencia del pensamiento liberal, Montero y Pam, que se empiezan a parecer a Mortadelo y Filemón en sesión continua feminista, cultivan el puritanismo obligatorio, el libertinaje controlado propio de las ideologías totalitarias, en suma, lo que Orwell denominaba la "uniformidad sexual". Pam no ha inventado el sexo, muy a su pesar de Secretaria del Gustirrinín, porque fuera de velos y miedos, fornicar, lo que se dice fornicar, se ha fornicado siempre. Y que puestas a hablar de sexo, y de velos y miedos, las exultantes Ministra y Secretarias de Estado, podían explicarlo en Irán, allí donde, en efecto, no irán. Ni en los países donde se sigue practicando la mutilación genital femenina, porque es mejor transitar por Manhattan que por cualquier barriada de un Estado africano que hace de la ablación un uso inveterado.

En tercer lugar, con esa campaña de publicidad se pretende distinguir entre una "sexualidad regular" y una "sexualidad periférica", colectivizando el sexo por peso, por edad y por discapacidad. Pues bien, más allá del error conceptual de subcolectivizar, llegan tarde, porque intuyo que no son personas muy leídas. Desde la Biblia, pasando por Aristófanes, Platón, Catulo, Ovidio hasta llegar a Boccaccio, el Arcipreste de Hita y Aretino; de Shakespeare al marqués de Sade; desde Whitman, Baudelaire a Flaubert, Swinburne, Lautréamont, Verlaine, Rimbaud, G. B. Shaw, Pierre Louÿs, Apollinaire hasta Joyce; desde D.H. Lawrence, Henry Miller, Nabokov, Lezama Lima, J. Genet, Bukowski hasta Alejandra Pizarnik, todo está en los libros. Y dicen que en España no se habla de esto, cuando muchos hemos leído sus obras y hemos comprado los premios de La sonrisa vertical en el supermercado. Hablar de sexo en España es comúnmente sencillo, de sexo de gordos, de sexo de ancianos, sin necesidad de ponerse un altavoz en la boca o llamar a la intelectual Corredera a moderar un debate en el "Instituto de la Mujer".

Pam no es transgresora, es simplemente pelma. Y lo es por desconocimiento y por atrevimiento, una síntesis estulta que no tiene límites, salvo que la cese el Presidente Sánchez, el de las mujeres rurales sorprendidas que no habían dormido la noche anterior. Yo tampoco dormiría si supiera que viene a verme. Sobre masturbación se ha hablado siempre, y hasta en la literatura de la Edad Media gallega, en A uos dona abadessa, Fernand’Esquio nos presenta a una abadesa a la que se envían "quato caralhos franceses", esto es, cuatro dildos. Todos llevan cordones y "ssenhos pares de colhões", siendo sus cabos de coral. Pam, por gallega lo debería saber, aunque lo dudo. O Diderot, otro imprescindible de la biblioteca del Instituto de la Mujer, que decía hace tres siglos: "¿Y qué te ha hecho la acción genital, tan natural, tan necesaria y tan justa, para excluirla de tus conversaciones, e imaginar que tu boca y tus oídos se ensuciarían con ella?". Pam ahora se cree que es Diderot, sin enciclopedia pero con coche oficial.

Sugiero que lea La lozana andaluza o incluso La colmena, esa obra de un facha y pornógrafo como Cela, a decir del corifeo de Igualdad, que fue censurada por su transgresión sexual. Y no hablaré del cipote de Archidona por no dar pistas. O, mejor, que lea Pam, porque quien no ha leído, piensa que es el primero en llegar a todo, cuando realmente es la última. Suspenso en igualdad y suspenso en literatura e historia.

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