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Liga

José García Domínguez

Contra el Barça

Su historia, la de ese campo, se confunde con la de la decadencia de la burguesía autóctona.

Su historia, la de ese campo, se confunde con la de la decadencia de la burguesía autóctona.
El presidente del Barcelona, Joan Laporta durante el partido de LaLiga entre Barcelona y Valencia en el Camp Nou. EFE/ Alejandro Garcia | EFE

Un dato estadístico de la ciudad donde estudié en bachillerato que todavía hoy, a mis casi 62 años cumplidos, me sigue provocando honda vergüenza es que, mientras que el museo más visitado de Madrid resulta ser el Prado, en Barcelona el primer puesto lo ocupa, y a enorme distancia de los demás, el del Barça. Solo por eso debería haberme marchado de allí muchos años antes de lo que lo hice. ¿Qué se puede esperar de un lugar donde tanto el pueblo como las supuestas élites cultivadas rinden culto con genuina devoción religiosa no a los lienzos de Goya o del Greco, sino a la reliquia de las botas de clavos con las que Cruyff consumó aquel 0-5 legendario en el Bernabéu?

Manolo Vázquez Montalbán, el hijo de una señora de Murcia que se hizo pasar por gallego durante toda su vida, acuñó aquello tan celebrado en su día de que el Barça es el ejército desarmado de Catalunya (así, con ‘y’ griega). Y de ahí que a los objetores de conciencia se nos mirara tan mal en la plaza. No ser del Barça en la Ciudad de los Prodigios ha constituído desde siempre un indicio evidente de españolismo encubierto, algo muy parecido a lo que ocurría en la Edad Media con los acusados de criptojudíos por negarse a comer tocino. En Barcelona, donde casi todo es ful, empezando por la supuesta fachada gótica de su catedral, un pastiche construido en 1912 por el banquero Manuel Girona, el genuino templo local no es la Sagrada Familia, ese engendro arquitectónico con el que todavía hoy se engaña a los turistas japoneses haciéndolo pasar por una obra de Gaudí, sino el Camp Nou.

Y su historia, la de ese campo, se confunde con la de la decadencia de la burguesía autóctona. Pues lo normal es que los presidentes de los clubes de fútbol respondan al perfil canónico del empresario millonario y hortera; por lo general, un tipo bastante bruto procedente del sector de la construcción; gente algo basta, sí, pero con dinero en la cartera. Poco que ver con los cantamañanas tipo Laporta, un pícaro de libro y tieso como una mojama, buscavidas más listo que el hambre de esos que, como diría mi muy admirado maestro García, no vienen a servir, sino a servirse. Qué bonito será si los mandan a Segunda.

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