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Mario Garcés

El candidato Sánchez no lee a Kundera

Recomendaría al candidato Sánchez que adquiera la obra completa de Kundera para alinear cada ejemplar. Son la síntesis perfecta de su vida política.

Recomendaría al candidato Sánchez que adquiera la obra completa de Kundera para alinear cada ejemplar. Son la síntesis perfecta de su vida política.
Pedro Sánchez. | EFE

Se me antoja que el candidato Sánchez no es gran lector, ni siquiera de las tesis doctorales que defiende. Intuyo también que tiene el síndrome del alumno colapsado ante un examen, circunstancia que provoca una reacción paralizante que le impide cualquier lectura, salvo las lecturas idiotizantes de las redes sociales. Presiento que es lector selectivo, que reserva su escaso tiempo a leer elogios de parte, que comienzan a escasear, y a satisfacer su vanidad, cada vez más lastimada. No descarto que, en algún momento de su pretérita vida de aspirante a todo y a casi nada, cayera en sus manos un libro de Milan Kundera y que incluso forme parte de su biblioteca personal. Ahora que el escritor checo ha muerto, recomendaría al candidato Sánchez que adquiera la obra completa de Kundera, no para leerla íntegramente, sino para alinear cada ejemplar y recitar los títulos de los lomos, porque son la síntesis perfecta de su vida política.

El candidato Sánchez es una combinación inexacta de personalismo político y de venganza. De su personalismo vindicativo y de su estado perseverante de subsistencia nació la necesidad de convertir al Partido Socialista Obrero Español en un botín. La organización política se convirtió en un fin instrumental y sus miembros en meros observadores de un proceso de autoaniquilación, mientras conservaran los cargos electos y las regalías asociadas a sus puestos. El candidato Sánchez puso fin así a una herencia posibilista (Los testamentos traicionados, 1993) de un socialismo ochentero que había renunciado al marxismo pero nunca habría renunciado a su identidad constituyente (La identidad, 1997) como partido de Estado.

Ese concepto tan evanescente y antiradical como es la centralidad política, fue abandonado por el candidato Sánchez, con el objetivo de buscar alianzas supérstites con formaciones políticas destituyentes, nacionalistas revenidos y fragmentaciones regionalistas con intereses variables (El libro de los amores ridículos, 1968), y se entregó en cuerpo y alma a defender este nuevo acoplamiento. Apenas hubo voces disonantes, porque el poder constituido anestesia la crítica política. Muy pronto, como era previsible, los nuevos socios exigieron el pago de la deuda, y un Partido Socialista Obrero Español convertido en almoneda aceptó el pago de la prenda hipotecaria, mientras partidos políticos como ERC y EH Bildu se jactaban del control de la alianza (Jacques y su amo, 1981).

La rosa socialista se fue sustituyendo, progresivamente, por la risa de los paniaguados que vivían y viven del poder, complacidos y complacientes, carentes de una visión a largo plazo de Estado y de partido (El libro de la risa y el olvido, 1978). El aspirante Sánchez, mientras tanto, iba arrinconando a su patrimonio organizativo, ese viejo partido con más de ciento cuarenta años, en el rincón de la historia, en busca de una misión mesiánica, superior, que le hiciera formar parte de la wikipedia de nuestro país (La inmortalidad, 1989).

Pero el candidato Sánchez, entre su envanecimiento y su pérdida de control del tiempo político, empezó a desconocer el sentido de la realidad, y a no reconocer que se ha había producido una desconexión estructural e irreversible de la sociedad con su proyecto cesarista (La vida está en otra parte, 1973). Quizá en algún momento, el aspirante Sánchez tenía que haber parado y haber leído la reflexión de Teresa en La insoportable levedad del ser (1984): "Todas las cosas y las personas aparecen disfrazadas", incluido él mismo. No supo entender, como decía el personaje de una de las obras de Kundera, que "no sabemos si lo que creemos ver es la realidad o es mera apariencia".

En el debate a dos de esta semana, el candidato Sánchez exhibió todas las señales inequívocas de decadencia, entre La lentitud (1995) y La ignorancia (2000). Convirtió el debate en La broma (1967) y allí hundió la casi totalidad de sus aspiraciones, ante la perplejidad de sus conmilitones. Aquel minuto de oro tenía todas las hechuras de un viejo aroma a un adiós indeseado para al aspirante Sánchez (La despedida, 1973) y el cierre de aquel rito televisivo a dos, vino a ser el final anticipado de una representación (El telón, 2005). Sánchez no se lo cree, porque en su conciencia narcisista no puede entender que el final está a la vuelta de la esquina. Pero es así, y, como mera recomendación, una lectura veraniega de un libro de Osvaldo Soriano, que para mi contiene uno de los mejores títulos de la historia de la literatura: Triste, solitario y final.

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