Menú
Cristina Losada

Sánchez no es Clinton

Sánchez podría desautorizar a los ministros que no condenan el terrorismo contra Israel. Quien tolera esa falta, no puede jugar a ser estadista internacional.

Sánchez podría desautorizar a los ministros que no condenan el terrorismo contra Israel. Quien tolera esa falta, no puede jugar a ser estadista internacional.
Pedro Sánchez, durante su visita a Israel. | Europa Press

El presidente del Gobierno ha ido a Israel y, con poca prudencia, se ha metido a estadista de barra de bar. Este tipo de estadista es uno que, a diferencia del auténtico, lo sabe todo sobre cualquier tema que surja en la conversación, porque cree que lo poquísimo que sabe del asunto es todo lo que hay que saber. Y ese tipo de estadista es el que tiene soluciones para cualquiera de los problemas que asedian a la humanidad desde los albores de la Historia, porque no se ha molestado en estudiar el fracaso de tantos intentos de solución. Nuestro estadista de barra es el que empieza diciendo "esto lo arreglaba yo…", y a continuación demuestra que no sabe qué es "esto" ni sabe cómo arreglarlo. Claro que, a diferencia de un jefe de Gobierno, esta figura entrañable de los bares sólo puede hacer el ridículo delante del resto de la concurrencia.

No son pocos los jefes de Gobierno europeos que han visitado Israel después de los ataques terroristas de Hamás de octubre, pero a ninguno se le ha ocurrido ir allí a dar lecciones sobre qué hacer ante el terrorismo. Sólo Sánchez se ha considerado capaz, por eso les ha impartido a los israelíes que no se puede acabar con el terrorismo "sólo por la fuerza" y que es preciso dar "un horizonte de paz". Aludió a la experiencia española con ETA, tal como la cuenta su partido para atribuirse el final de la organización terrorista, como si el cuento fuera cierto y la analogía, procedente. Nadie le ha hecho consciente de que, para Israel, los ataques de Hamás han representado una amenaza existencial y que no es, ni mucho menos, la primera. Un país que ha visto amenazada su existencia prácticamente desde su fundación no está para que le cuenten cuentos de horizontes de paz y diálogo. Ha hecho el camino muchas veces y está de vuelta.

¿Qué sabe Sánchez de cómo ha actuado Israel a lo largo de los años frente a distintas oleadas de terrorismo palestino, apoyadas por unos u otros países de la zona? Manejará unos cuantos tópicos, pero un jefe de Gobierno de un país de la UE debería saber que en este conflicto no han faltado "horizontes de paz", y que se frustraron una y otra vez: frustrados, en gran medida, por la pervivencia del terrorismo. Pero acodado ya en la barra, Sánchez se ha sentido con autoridad como para explicarles a los israelíes cómo tienen que arreglarlo. Hace más de setenta años que se enfrentan israelíes, palestinos y países árabes, pero Sánchez ve sencillísima la solución de los dos Estados, un proyecto que lleva décadas en discusión, que está ahí desde el plan de partición de la ONU anterior a la fundación de Israel, y que no ha cuajado pese a todos los intentos.

Cuando aún se discute hoy por qué fracasaron los acuerdos de Oslo de 1993, firmados por Rabin y Arafat, y tutelados por Clinton, habrá que pensar que no hay panaceas ni soluciones fáciles, y que para poder hablar con propiedad de este conflicto hace falta mucho rodaje. Sánchez nunca será Clinton. Tampoco será González, que organizó la Conferencia de Madrid, en 1991, que abriría la puerta a la negociación posterior. Pero sí tiene a su alcance algo que no es menor: desautorizar a los ministros que no condenan el terrorismo contra Israel. Quien tolera esa falta, no puede jugar a ser estadista internacional.

Temas

En España

    0
    comentarios