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Luis Herrero Goldáraz

Fin de Reyes

Envejecer es que te ilusionen cosas cada vez menos exuberantes, hasta que lo que te ilusiona al fin es la rutina.

Envejecer es que te ilusionen cosas cada vez menos exuberantes, hasta que lo que te ilusiona al fin es la rutina.
Reyes Magos. | Archivo

Durante años no lo sospeché —y si lo hice me lo callé hasta el punto de no decírselo ni a mi yo de ahora—, pero hubo un tiempo en el que yo encaraba la noche de Reyes completamente drogado. Quizá desde que cumplí los cinco, quizá un poco antes, mi madre acudía a mí pasada la hora de la cena y me ofrecía un vaso de colacao caliente y un plato de galletas Príncipe que tendrían que haberme hecho levantar la ceja. Al fin y al cabo, en mi casa no malgastábamos galletas ni para dejárselas a los Reyes junto al árbol. Nunca quise saber qué mejunje le echaba a la bebida, pero el caso es que con medio sorbo yo caía desplomado y mis hermanas se deshacían de mi cuerpo encerrándolo en mi cuarto, como si el proceso de colocar los regalos tuviese que iniciarse siempre con una escena suprimida de Uno de los nuestros.

De esto yo me enteré pasado el primer Rubicón de la vejez, que es la noche en que tus padres te sientan en una salita y te confirman los rumores que llevaban haciéndote insultar a media clase desde hacía curso y medio. A mí el hecho de que los Reyes no existiesen se me hizo bola no por la ruptura de ninguna ilusión infantil, sino por la cantidad de gente ante la que me la tendría que envainar una vez de vuelta al cole. Mis padres, que me conocen, se quitaron el marrón de tener que soportar a un niño enfurruñado quién sabe durante cuántos siglos haciéndome partícipe del misterio. Colocaron sus brazos sobre mis hombros y me hicieron ver la enorme responsabilidad que recaía sobre ellos, teniendo en cuenta que todavía quedaba un hermano por enterarse y que yo, por la razón que sea, soy más bien barato a la hora de revelar secretos. Lo hicieron con una maestría envidiable. Abrieron la puerta y allí estaban los mayores, sonrientes y expectantes, como si de alguna forma hubiese superado las novatadas en una fraternidad americana y ya formase oficialmente parte de la familia. No habrían conseguido a un acólito más fiel ni si me hubieran hecho beber de un cáliz disfrazado de nazareno antes del sacrificio ritual de una virgen quinceañera encima de un altar de piedra.

Por normal general, la noche de Reyes es la noche más ilusionante del año. Quizá también por eso es la que más enseñanzas deja. De ella aprendí que pesan más los sueños que la carne. O, traducido para que se entienda, que siempre se disfruta mejor la espera eterna de un porvenir brillante que el porvenir en sí. El día de Reyes no puede competir con su víspera porque se acaba en media mañana y da paso indefectiblemente a una tarde de zozobra que obliga a encarar la vuelta a clase con los deberes sin hacer. La noche, sin embargo, lo único que ofrece es la promesa. Y no existe mayor regalo que vivir ilusionado.

La otra cosa que se aprende con las décadas es que la ilusión es un fantasma que se desplaza con el tiempo. El día de Reyes marca un recodo en el camino de la vida de toda persona, que se va diferenciando de sí misma a medida en que va cambiando su forma de encararlo. Si antaño uno vivía con miedo el fin de la ilusión pasado el 6 de enero, ahora ansía que llegue el 7 casi con lascivia. La idea es liberarse de este corredor eterno en el que nos tienen encerrados. Dejar de vernos obligados a cebarnos a cada hora, como si cada comida fuera a ser una última cena carcelaria. Despertarse una mañana sin más roscón en la nevera, sin sobras de pularda, sin acidez. Y ponerse cómodamente a recordarlo todo con nostalgia, mientras se aviva el deseo renovado de revivirlo una vez más dentro de un año. Descansar. Envejecer es que te ilusionen cosas cada vez menos exuberantes, hasta que lo que te ilusiona al fin es la rutina. No sé a quién se le ocurrió sugerir que es la edad más deprimente de todas.

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