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Luis Herrero Goldáraz

Acorralados

En el último lugar en el que debería querer posicionarse nadie del PSOE ahora mismo es en la comparación con la presidenta madrileña.

En el último lugar en el que debería querer posicionarse nadie del PSOE ahora mismo es en la comparación con la presidenta madrileña.
José Luis Ábalos atendiendo a los medios con Koldo García tras él en una imagen de archivo | Europa Press

No conozco a ningún niño cuyo sueño sea ser político. La mayoría lo que quiere es ser futbolista, o estrella del rock, o coach de millonarios. Generalmente alguna profesión que suene a inventada y que constituya más un cúmulo de promesas que otra cosa. A mí siempre me gustó soñar con lo que no tenía, así que solía imaginarme con sombrero y gabardina y muchísima seguridad en mí mismo, rechazando a rubias seductoras con la misma impasibilidad sarcástica con la que había leído que Philip Marlowe le sostenía la mirada hasta a la muerte. Hoy es posible que ya no quiera convertirme en detective privado —no soy ni observador, ni lúcido, pero todavía no lo tengo claro—. Lo que desde luego sigue pareciéndome aborrecible, teniendo en cuenta las figuras que me han dado ejemplo, es ser un alto cargo del gobierno.

Supongo que tienen razón quienes dicen que la clave de cualquier infancia está en los referentes. Al fin y al cabo, es innegable que entre ambas ocupaciones —la de detective y la de presidente— existen similitudes llamativas. Ninguna de las dos es mala opción si lo que te va es lo sórdido. Y sin embargo, si algo ha vuelto a quedar demostrado esta semana es que, mientras los grandes protagonistas del género negro sobreviven a base de astucia y nervios de acero, nuestros dirigentes suelen tirar más de cobardía.

Existen muchas formas de encarar la comparecencia que dio Pedro Sánchez desde Marruecos al poco de destaparse el caso Koldo, pero para mí la más elocuente consiste en imaginarlo como si fuese un personaje de novela acorralado. Lo inteligente, lo que posiblemente hubiese hecho Marlowe, pensaba yo cuando me puse a digerirla, hubiese sido mantener la calma y cuidarse muy mucho de no soltar ninguna estupidez comprometedora. Esperar al momento adecuado, que siempre se presenta, para salir airoso. El nerviosismo con el que Sánchez se lanzó a calumniar al hermano de Ayuso, sin embargo, sonó más a trastabilleo neuronal y terminó entendiéndose como el reconocimiento implícito de una posición de debilidad desde la que es difícil no salir acribillado.

Porque, en realidad, en el último lugar en el que debería querer posicionarse nadie del PSOE ahora mismo es en la comparación con la presidenta madrileña. Desde el plano judicial, las investigaciones llevadas a cabo contra su hermano terminaron archivadas en poco tiempo y dejaron en el aire el limpio aroma que desprende la inocencia. Las que se centraron en el pintoresco asesor del exministro Ábalos, por el contrario, se han prolongado dos años y han terminado, de momento, con treinta detenciones y el inicio de lo que promete ser un truculento serial de corrupción digno de la pluma de Raymond Chandler.

Desde el mero plano de la gestión política, por otro lado, echar la vista atrás y revivir aquellos meses caóticos de la pandemia sólo nos puede llevar a recordar cómo Ayuso labró su inmensa popularidad precisamente entonces, a base de contrastar su iniciativa impávida —lo que se busca en un líder en momentos de zozobra— con la de un gobierno desbordado que sólo supo lavarse las manos y diluir su responsabilidad en la de las comunidades autónomas. Hoy, además, Sánchez debe reconocer, en el mejor de los casos, que en los peores momentos, cuando más falta hacía una mano firme y una mente despierta, hasta cuatro altos cargos de su cúpula fueron toreados por un mindundi que se forró a su costa sin que ninguno tuviera la lucidez de sospechar nada. Lo dicho: mejor le habría ido quedarse callado.

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