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Luis Herrero Goldáraz

Felipe o el llanto socialdemócrata

Por eso verle el otro día fue tan triste, me supongo. Por comprobar que todavía no es capaz de aceptar que no es que Sánchez sea gilipollas por no ser como él, sino por serlo.

Por eso verle el otro día fue tan triste, me supongo. Por comprobar que todavía no es capaz de aceptar que no es que Sánchez sea gilipollas por no ser como él, sino por serlo.
Felipe González, en 'El Hormiguero'. | Imagen de vídeo

Dicen que uno de los rasgos de la vejez es que uno se vuelve más llorica. Esto no lo dicen así porque a los ancianos hay que tenerles respeto y no está el mundo como para que empecemos a denostar a los únicos que nos permiten saber que alguna vez merecimos la pena. Y que podemos volver a merecerla. Ahora me pregunto por qué he escrito esa palabra de esa forma y, la verdad, no lo sé. Quizá sea la desidia propia de mi generación, tan dispuesta a lanzarse al folio como se lanza a todos sitios, sin paciencia ni moderación, como pidiendo ahogarse antes de tiempo. Diré por tanto que he escuchado las cosas de otra forma. Algo así como que cuando se llega a cierta edad se hace más difícil contener las emociones. Que debe ser que los músculos que se encargan de controlar la presa tienen fecha de caducidad. O algo por el estilo. Y que para ellos no hay exámenes de próstata ni operaciones de vejiga que valgan. Porque uno puede saber que ha envejecido cuando nota que quiere mear y siente también que no consigue controlarse, pero lo que tienen las lágrimas es que muchas veces no entendemos que estaban allí hasta que aparecen.

En realidad, ni siquiera hace falta que aparezcan. Existe un algo en la vejez que sugiere un llanto disimulado y continuo. Y por eso si se observa durante el tiempo suficiente a un anciano desatado puede comprobarse ese rumor perpetuo, como de canal mal sintonizado, como de oleaje al amanecer, como de antiguo rey derrocado. Uno puede llorar sin soltar un quejido mientras se esfuerza por hacer reír a una audiencia concurrida. Y puede hacerlo sin sospechar siquiera que lo está haciendo. Ya hemos dicho que llorar es lo opuesto de mear.

Yo creo que no llorar, a ciertas edades, es un puro esfuerzo de voluntad. Algo sutil y complicado, encerrado en la actitud profunda que se decide tener frente al cambio de los tiempos. Un simple matiz. Lo que diferencia a quien se planta frente a la estupidez analfabeta de jóvenes adanes, se me ocurre, y les responde, escuetamente: "Me recordáis a mí cuando era gilipollas". O quien, por el contrario, espeta: "Sois gilipollas porque no me recordáis a mí".

Supongo que todo se resume en la sabiduría, que es lo que distingue a quienes saben mucho, porque han vivido, y a quienes además han aprendido. Los primeros son carne de cañón para acabar como Felipe González el otro día en El Hormiguero: diciendo cosas como que la comunidad autónoma que más votó la Constitución fue Cataluña, pero sin preguntarse acto seguido a quién deberíamos pedirle responsabilidades entonces por que haya sido también en la que mejor ha nadado el nacionalismo pujolista durante décadas —la que, cuarenta años después, aupó al poder a gente tan desquiciada como para levantarse contra ella—; o sacando un ejemplar de esa misma Constitución para ponerse a interpretarla, en fin, al estilo de quien entiende, en el fondo, que esa tarea corresponde a políticos como él y no a los jueces.

Alguien que llora, al fin y al cabo, es alguien que todavía no ha aceptado sus pecados. Por eso ver a González el otro día fue tan triste, me supongo. Por comprobar que todavía hoy no es capaz de comprender que no es que Sánchez sea gilipollas por no ser como él cuando era presidente, sino por serlo.

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