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Luis Herrero Goldáraz

Xavi en el desván

Hace unos días, por una vez, Xavi se atrevió a mirar directamente a los demonios que acechan al Barsa. El problema del demonio es que te puede comer.

Hace unos días, por una vez, Xavi se atrevió a mirar directamente a los demonios que acechan al Barsa. El problema del demonio es que te puede comer.
Xavi Hernández. | EFE

Hay una escena en El talento de Mr. Ripley en la que Matt Damon, Tom Ripley para amigos y futuras víctimas, intenta explicarle a su amante que él sus demonios los guarda con llave en un oscuro desván de la memoria, para no tener que mirarlos nunca más. Es una conversación inquietante. Para cuando tiene lugar, el espectador ya sabe que en dicho desván se encuentran entremezclados jirones del pasado del propio Ripley y de Dickie Greenleaf, el bello joven hedonista y seductor al que acaba de arrebatar, además de la vida, la identidad. Damon interpreta a un farsante que se desdobla en diferentes mentirosos condenados a hacer equilibrismos sobre el delgado filo de una peligrosa ensoñación. Lo que termina intuyendo, aunque no lo consiga expresar, es que en realidad el mayor demonio que tiene encerrado es a sí mismo. Y que nadie le puede rescatar.

En estos últimos días ha circulado un vídeo melancólico en redes que muestra a Xavi Hernández después de un entrenamiento, chutando balones a canasta. Es un vídeo triste por lo que tiene de ocaso y de enajenamiento. En él puede verse al que fue durante años el pie más fino del planeta pegar balonazos sin sentido, casi como si fuera un meme: sin potencia, sin efecto… sin dirección; a la cabeza más clarividente de las que alguna vez han jugado al fútbol enredada en su propia maraña neuronal, con la mirada perdida en los cordones laberínticos de sus tacos, quizá rebuscando entre las innumerables excusas que han ido jalonando su trayectoria en los banquillos para averiguar en cuál de ellas se perdió. Explica mejor la decadencia del Barsa ese vídeo de 30 segundos que todas los diagnósticos que ha ofrecido este año su entrenador.

Me ocurre últimamente que pensar en el Barsa me lleva a pensar inevitablemente en El talento de Mr. Ripley. No porque me imagine a Laporta cometiendo turbios asesinatos clandestinos, sino por lo verdaderamente truculento, que es todo lo que se esconde detrás. La referencia se hizo evidente cuando Xavi regresó como un elegido del desierto y los autoengaños estridentes que hasta entonces entonaba casi en solitario la directiva encontraron una curiosa prolongación en el campo. Koeman, al fin y al cabo, fue liquidado por no formar parte de la farsa, por desdecir con su holandesa lógica luterana toda esa arquitectura mefistofélica que había sido diseñada con el único objetivo de desviar la mirada del desván. Pero Xavi era el sosias perfecto: un reflejo deformado que se ajustaba milimétricamente a la deformada retórica que sigue incitando a los culés a no pensar.

Hace unos días, por una vez, Xavi se atrevió a mirar directamente a los demonios que acechan al Barsa. Pero el problema del demonio es que te puede comer.

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