
Decíamos ayer, o sea, en 2021, que tenía razón aquel que dijo que es mejor quedarse callado y parecer tonto que abrir la boca y demostrarlo. Queríamos decir que casi era preferible que Florentino Pérez no abriese la boca nunca, ni siquiera para rendir cuentas después de temporadas lamentables, a que convocase una rueda de prensa de última hora para anunciarle al mundo, enfadadísimo, que se da de baja del ABC. Hoy ya no tenemos tan claro lo que era preferible realmente. La senectud es una edad maravillosa en la que se reescriben las mejores páginas de cualquier vida. Y estas que está reescribiendo Florentino ahora lo bueno que tienen es que nos llegan en formato digital, con la dificultad añadida que eso entraña para un señor que posiblemente diese sus primeras caladas rociado en Varón Dandy. Por un momento de su comparecencia, en mitad de su enganchón con Rubén Cañizares, pareció que por lo que ha sufrido más esta temporada es precisamente por eso: por no saber a qué botoncito darle para que dejen de llegarle notificaciones del periódico al correo. Y los espectadores nos quedamos sin saber cómo habría agasajado al periodista si en lugar de plantarle cara se hubiese levantado para ayudarle a conseguirlo. Quizá se hubiese ablandado y nos hubiese anunciando, como quien le pasa un billete a hurtadillas a sus nietos, la venta in extremis de Camavinga.
Hubo más tics inconfundibles, de esos que son los mejores delatores de la edad. Como cuando anunció también que él lo que quiere es que "los niños de África" puedan ver al Madrid gratis. Sólo una generación es capaz de referirse a los "niños de África" sin esa expresión que nos sale automáticamente al resto cuando le damos un portazo demasiado fuerte a nuestro coche. O la manera tan desprejuiciada, tan de vuelta de todo, con la que orilló la posibilidad de aunar en una sola frase el machismo más fino, el racismo más académico y el antibarcelonismo más irrebatible en niveles que no se escuchan en España desde que nos quieren hacer pasar por "la primera potencia moral del mundo". En fin. Pocas ocasiones falladas se han vivido con semejante adrenalina en el Bernabéu y pocas veces hemos visto a Florentino con una sonrisa así, como de ministro del sanchismo, lo que sólo puede querer decir que nos encontramos a las puertas de la decadencia más espectacular, posiblemente de la historia.
Tuvieron que pasar varios minutos —¿o fueron horas?— antes de que asumiésemos que nuestro presidente había convocado a los periodistas única y exclusivamente para poder llamarles tolilis a la cara. Y lo raro fue caer en esa extraña paradoja: la que nos hace preguntarnos cómo es posible que al presidente de la institución deportiva más grande y prestigiosa del mundo, con una capacidad de difusión en canales alternativos con la que la prensa tradicional no puede ni soñar, se le agrie el café por lo que decida escribir Anónimo Fernández en su columna dominical de El Norte de Castilla. La explicación sólo conseguimos encontrarla en la edad, claro, que a todos nos traicionará algún día. Decíamos ayer que siempre es mejor quedarse callado y parecer tonto que abrir la boca y demostrarlo, principalmente porque quien se queda callado lo que suele parecer es inteligentísimo. Por el contrario, quien habla corre el riesgo que se llevó por delante a Florentino el martes: el de decir cosas repletas de sentido y que aún así la gente se vaya con la copla de que estás senil. Quién sabe. Yo creo que el momento en el que comprendimos que Florentino es cosa del pasado fue cuando anunció, precisamente, que pretendía darse de baja del periódico decano del país, es decir, que pretendía darse de baja del pasado mismo. Sólo me queda resolver si conseguirá también pasar de moda al madridismo.
