
Lo de "tanto nadar para morir en la orilla" es una expresión que lleva a equívocos. Uno la escucha y siente una extraña negatividad, como si morir en la orilla fuese algo malo o, peor, como si fuese preferible morir en alta mar, allí donde nuestro cuerpo está a merced de todo —de bichos, de mareas, de piratas, de flotillas anarcomapuches defensoras de alguna dictadura criminal—, menos de lo que podemos controlar. En realidad una orilla es un lugar perfecto para morir. Un lugar que bien vale unas cuantas clases de natación. Tumbados allí, en la orilla, es sencillo abandonarse al fin y dedicarse a recontar las olas como hacía Luis Rosales. Y hacerlo tranquilamente hasta la última, que tendrá la estatura de un niño y vendrá lenta, apacible, a besarnos y cubrirnos la frente con su suave líquido de mortaja. Lo demás será pensar, claro, siguiendo el ritmo de los versos rosalinos. Y llegar junto a él a la conclusión de que así hemos vivido también nosotros, con una vaga prudencia de caballo de cartón en el baño, sabiendo que jamás nos hemos equivocado en nada, sino en las cosas que más queríamos. Porque sí, nosotros hemos querido mucho a Vinicius Junior.
Es muy tentador decir que el miércoles en Múnich el Madrid se dedicó a nadar para morir en la orilla. Y es que es verdad que así fue. Pero no me negarán que fue bonito contemplarlo allí, remontando unas corrientes bávaras que anunciaban muerte porque eran rojas como la sangre. Y verlo a esa altura innegociable a la que no había llegado este año, que es la altura de su escudo, regalándonos la opción de sospechar que incluso puede ser posible coronar la playa y salir reptando como náufragos de este desastre en que se ha convertido nuestro equipo. Quién sabe. Esta vez no pudo ser porque resulta que llevamos tiempo viviendo con la vaga imprudencia del caballo de cartón de nuestro vestuario, que se llama Eduardo Camavinga. Pero aun así el quejido último que provocó el error arbitral que nos condenó nos regaló los segundos suficientes para escuchar el oleaje de lo que se viene. Si algo bueno tiene sucumbir en primavera, cuando las temporadas deberían terminar de abrirse, y no de cerrarse, es que deja tiempo para reflexionar acerca de la próxima revolución. Más o menos en eso se resume este Madrid: orilla, muerte y reflexión.
Al final del choque, como en toda muerte, quedaron en el aire las preguntas. Es inevitable preguntarse cómo puede ser posible que un equipo capaz de arrasar al City y competirle al Bayern no sabe meterle mano al Mallorca. Que lleve dos años sobrepasado por el Barça de Ferran. Todavía nadie ha dado una explicación satisfactoria acerca de la actitud de Fede Valverde al principio de la temporada: quién le enseñó a emberrincharse. Qué universidad le dio el título a los doctores que no saben diferenciar cuál es la rodilla lesionada de Kylian Mbappé. Cómo hacemos para prolongar la vida útil de Thibaut Courtois. En fin. Son preguntas sin respuesta, aunque alguna explicación habrá. Mientras tanto, la temporada se ha convertido en un monte plagado de cruces pero contemplada así, con esta luz de atardecer después del último partido contra el Bayern, la sombra que proyecta se asemeja a esa ola que se nos acerca mansamente, calmadamente, para besarnos y cubrirnos la frente. De cara al próximo capítulo, yo solo pido que sepamos abrirlo con alguna apuesta que podamos lamentar cuando, al fin, nos vuelva a tocar morir. Algo que agite y reviva. Y sin Vinicius, por favor.
