
A falta de 14,8 segundos para el final del último partido de Los Ángeles Lakers, que se enfrentaban a los Heat en Miami, Luka Doncic se aproximó a la línea de tiros libres para anotar su punto número 60 del partido. La escena tenía su miga porque, de anotarlo, se convertiría en el primer Laker en alcanzar semejante cifra desde que lo hiciese Kobe Bryant durante su última aparición, también a 14,8 segundos del final. El deporte está repleto de casualidades así, que parecen obra de un guionista mal pagado; hasta el punto de que existen ediciones de la Champions que ya sabemos que las va a ganar el Real Madrid por el simple hecho de que lo hizo igual hace unos años: desahuciado y sin Thibaut Courtois.
En cualquier caso, las redes no se han centrado tanto en un detalle tan insignificante como los segundos que le quedaban al partido. Hablaban de otras cuestiones solo replicables en cantares de gesta como que, con sus 60 puntos, Luka Doncic ha promediado 40 en sus últimos 8, lo que lo acerca a los registros históricos que alcancé yo hace unos años en la PlayStation. Los fans de Miami corearon su nombre, coronándolo como el MVP de la temporada pese a ser la estrella del equipo visitante. Y yo me he enterado de todo esto mirando el móvil consternado, pues la última vez que había leído su nombre, hace semanas, casi le escribo por redes para mandarle un abrazo. Así de acabada veía yo la temporada para él.
Hace unos meses, en diciembre de 2025, había nacido su segunda hija en Eslovenia. Al poco, volvió a Estados Unidos solo y, pasado el tiempo, terminó por confirmar que se encontraba en la peor época de su vida debido a una ruptura sorprendente con su pareja. Desde entonces no ha podido ver a sus hijas y se ha visto arrojado a la cancha, suponemos, como un Sísifo encantado de arrastrar la pelotita hacia el aro día tras día. Al fin y al cabo, no es difícil preferir esa condena a la del águila que le espera en casa para comerle el hígado todas las noches. Ya sabemos que no hay infeliz que no parezca afortunado, desde los ojos de Prometeo.
El caso Luka Doncic arroja algunas preguntas tan innecesarias como inútiles. De esas que tiznan cuando estallan. ¿Cómo de bueno tienes que ser en lo que haces para alcanzar niveles de excelencia nunca vistos justo cuando lo que menos te interesa es la excelencia? ¿En qué medida nuestro máximo potencial se ve lastrado por lo que de verdad nos importa, por aquello que consigue que nuestra vida sea algo no ya disfrutable, sino vivible? ¿Qué paradoja encierra el hecho de que la destreza del esloveno en las canchas ayude a la evasión no solo de sí mismo, sino de otros tantos infelices que disfrutan observándola? ¿No es triste comprender que, al cabo, tampoco ese consuelo alcance? Después de anotar su punto número 60 en el último partido de Los Ángeles Lakers, a 14,8 segundos del final, Luka Doncic se sentó en el banquillo y se recostó con la mirada perdida en un infinito que suponemos repleto de cansancio, repleto de tristeza. Ha promediado 40 puntos en sus últimos 8 partidos y ya tiene a su equipo tercero de su Conferencia, soñando incluso con un nuevo anillo al final de la temporada. Pero yo creo que le voy a mandar un abrazo en redes. Algunas cosas no compensan una buena temporada.
