
Existe una viñeta —y si no existe, alguien debería dibujarla— que resume todo lo que nos está tocando vivir. En ella se ve a Pedro Sánchez con cara seria, esa cara maquillada que pone a veces y que es una caricatura en sí misma, dirigiéndose con firmeza a esa otra caricatura que es Donald Trump. "La decisión es firme y soy consecuente con ella", le dice. "Estoy más que dispuesto a que los españoles asuman sus consecuencias". Es una viñeta muy marxista, por otro lado. Pero es que Sánchez es así. La encarnación de lo que debió visualizar Groucho cuando dijo aquello de que "el secreto de la vida está en la honestidad y el juego limpio: si puedes simular eso, lo has conseguido".
A estas alturas de la comedia, a casi nadie se le escapa que nuestro presidente no es mucho más que precisamente eso: una gran simulación moral. Lo que pasa es que a los pocos que se les sigue escapando les gusta, por lo que sea, hacer más ruido que el resto. Este jueves, a las siete de la mañana, Ramón Espinar sacó a pasear a su perra emocionado por "sentir que pisaba las calles de la capital de la primera potencia moral del mundo". Así lo dejó escrito en X. La razón se la había dado Pedro Sánchez veinte horas, qué digo, José Luis Rodríguez Zapatero veinte años antes. Fue salir el líder del PSOE a estamparle un compungido "no a la guerra" al "trío de las Azores" y por momentos los españoles pudimos sentir la magia de la dramaturgia. La fusión de planos. El presente y el pasado, la acción y la inacción, el compromiso y la equidistancia. Todo junto y todo separado, para deleite de una izquierda que, a falta de algo más palpable, parece necesitar de la ficción para soñar con algo que la movilice hacia las urnas.
Durante aquellas veinte horas pasaron muchas cosas. Pasó que Margarita Robles se reunió con el embajador de Estados Unidos. Pasó que en X, de repente, cuentas comunistas y falangistas empezaron a retuitearse mutuamente. Pasó que al rato, terminada la reunión, desde la Casa Blanca desmintieron lo que con tanto celo había anunciado Sánchez. Leímos un chiste: un Gimli republicano diciéndole a un Legolas franquista: "Jamás pensé que moriría luchando junto a un fascista"; y un Legolas franquista respondiendo: "¿Y junto a otro español?". Pasó que José Manuel Albares salió también, casi corriendo, a desmentir a los americanos. Pasó que doce mil tuiteros se engancharon en directo al vuelo de un avión de carga que había aterrizado en Rota, había despegado y se dirigía a zona de conflicto, previa parada en otra base siciliana, pese a que nuestro presidente nos había dicho que nuestras bases no iban a ser usadas para eso. Pasó que Robles mintió, fue desmentida por la prensa, y al cabo terminó anunciando que el buque insignia de la Armada se iba a Chipre para prestar apoyo. Pasó que estamos en la guerra y en la paz, según a quién preguntes. Y que la izquierda está contenta por "haber hecho bailar a la derecha".
De Groucho hay otra frase que dice que "la política es el arte de buscar problemas, encontrarlos, hacer un diagnóstico falso y aplicar después los remedios equivocados". Sánchez sin duda añadiría: "vendiéndolos como todo un éxito". Y, como él, tal vez también se describiría: "No estoy muy seguro de cómo me convertí en hombre de paz. Tal vez no lo sea. En cualquier caso me he ganado la vida muy bien durante una serie de años haciéndome pasar por uno de ellos".
