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Mario Garcés

Sánchez y el 'procés' palestino

Hay un gen fatal, más allá del de la ignorancia, que arrasa en la izquierda pueril española, que es el del fanatismo gregario.

Hay un gen fatal, más allá del de la ignorancia, que arrasa en la izquierda pueril española, que es el del fanatismo gregario.
Pedro Sánchez. | Europa Press

Veinte días antes de que Hamás atacase Israel, estaba disfrutando de unos días de descanso en Tel Aviv. A las faldas del Hotel Hilton, hay una playa donde acude la comunidad gay, una suerte de pride Ibicenco, donde la temperatura debajo de la sombrilla no desciende de los treinta grados. Muy cerca, y escasos metros de unos jardines que han servido durante mucho tiempo para los intercambios sexuales clandestinos de homosexuales en la ciudad, mujeres chapotean dentro del agua, vestidas con camisetas de algodón y manga larga, faldas a la altura de los tobillos y pelucas. Es la playa acotada para ultraortodoxos judíos, una comunidad anacrónica que resiste dentro del Estado de Israel entre su posicionamiento antisionista y un destino religioso orientado a la propagación demográfica. Son judíos radicales y fanatizados que viven en el fundamentalismo, y que representan un grave problema en orden a justificar su comportamiento en un Estado que presume de sus libertades. Para los incrédulos, es aconsejable un paseo por el barrio de Meá Searin en Jerusalén, siempre que sus residentes lo permitan.

Aprovechando el atardecer, y dejando atrás los clubes y restaurantes de una ciudad como Tel Aviv que es una combinación urbanística entre Barcelona y Nueva York, es bueno cenar en Jaffa, barrio donde se concentra la población musulmana con mayor nivel de derechos y libertades de Oriente Medio. Son musulmanes israelíes. Tras días de haber consumido comida judía, es hora de un banquete en un restaurante árabe, entre todos, "El viejo y el mar". En abrumadora minoría entre los comensales árabes del multitudinario restaurante, muchas familias se congregaban para cenar y ver caer la noche sobre Tel Aviv. El contraste de hábitos y formas es radical entre un extremo y otro de la ciudad.

Al día siguiente, y ya en Jerusalén, desde la habitación de un hotel ubicado junto a la central del Mossad, asistí a una concentración universitaria contra el gobierno de Netanyahu, disuelta sin ningún incidente por el ejército israelí. Una vez finalizada la manifestación, y tras los saludos de los organizadores con los mismos soldados, me liberé del cautiverio provisional que había impuesto el hotel, ocupado en casi su integridad por ortodoxos venidos de todas las partes del mundo. Criticar a Netanyahu y al Gobierno que Israel padece, tensionado por el radicalismo de los partidos religiosos, era y es perfectamente legítimo porque la Constitución del Estado de Israel reconoce el derecho de manifestación. En Teherán, serían ejecutados. Al fin y al cabo, y por mucho que le pese a alguna izquierda castiza, Israel es la única democracia en Oriente Medio con prensa libre, elecciones, poder judicial independiente, libertad personal y debate público abierto.

Tras unos días en Jerusalén, el paso siguiente fue visitar Cisjordania. Ya en un Belén paradójicamente casi desierto de turistas y curiosos, me dejé llevar por las calles de la ciudad, entre mercados locales y la Universidad, en busca de un autobús para volver a Jerusalén. Mientras se transita por las calles del Belén urbano, se toma conciencia de la distancia que existe entre el mundo occidental y sus valores, y el mundo árabe, subyugado por el terror de determinadas organizaciones y por la ausencia misma de libertad. El travestido que yacía a mi derecha en la playa de Tel Aviv no tendría la más mínima oportunidad en la región, y no solo sería invisibilizado como las mujeres que se bañaban libremente en el Mediterráneo israelí, sino que sufriría ominosas consecuencias, hasta llegar a la muerte en algunos casos. Que las mujeres no puedan mirarte a la cara en Cisjordania no es una evidencia de respeto finisecular sino una muestra de humillación. Que los alumnos de la Universidad de Belén no puedan manifestarse contra las más elementales violaciones de derechos humanos y libertades, que se concierten matrimonios forzados como si fuera un negocio más del tráfico jurídico mercantil o que se mutilen genitalmente a las niñas, no es tradición, es traición a la modernidad y una involución civilizatoria en toda regla.

Pues bien, más allá de la literatura de viajes, o de la visión costumbrista y celosamente acrítica que acostumbra a gastar el viajero desprendido, todo lo que se ha narrado hasta este punto es estrictamente cierto. A partir de aquí, y tras el ataque brutal del 7 de octubre, que recordaba los demoníacos días de la Shoa, un regreso al espectro más salvaje de la Historia contemporánea, la izquierda española tuvo que tomar posición, y lo hizo como lo hace siempre, de "cúbito prono", hacia abajo. Hay un gen fatal, más allá del de la ignorancia, que arrasa en la izquierda pueril española, que es el del fanatismo gregario. En la España binaria de las últimas cinco décadas, ser de izquierdas es ser pro islamista, anti norteamericano, y en el plano interior, anticlerical, antimonárquico y anticentralista. Pues bien, si se analiza la causa de tan primitivo comportamiento antiliberal, la izquierda española sólo busca hacer caja electoral. Es así como hacen del oportunismo, su propio posibilismo, para después convertirlo en una suerte de superioridad moral insoportable.

Bien visto, Sánchez se ha comportado como viene siendo habitual para quien no tiene principios ni valores. Y, en ese sentido, ha replicado las diferentes fases de reacción ante el procés. La primera fase, tanto los días posteriores al levantamiento de la Generalitat, como después del ataque de octubre en Israel, fue condenar categóricamente los actos y conminar a los criminales, tanto en un caso como en otro, a deponer su conducta y que rindieran responsabilidades de toda índole. Sin embargo, transcurrido cierto tiempo, sucede una segunda fase. Como los hechos propiciatorios de la alteración del orden jurídico, nacional o internacional, generan una respuesta que no se extingue en sí misma, sino que es continua, se va perdiendo progresivamente la percepción de la causa primigenia. Es el síndrome del pensamiento débil. Una patología característica de la izquierda española que está dispuesta a cambiar de rumbo en función de en qué dirección soplen los vientos demoscópicos y culturales. En el caso de Cataluña, el cambio de comportamiento se produce por un azar electoral que lleva a que Sánchez necesite los votos de Junts y ERC para mantenerse en el poder, mientras que en el caso de Israel, amén de su islamofilia interesada, el apoyo a la creación del Estado de Palestina permite ocultar la crisis interna que padece, resultado del nepotismo familiar y de la irresponsabilidad subsiguiente de Begoña Gómez.

En esta segunda fase, se produce la transmutación de lo que en origen era una conducta reprobable, ya fuera en el ámbito del Derecho Interno como en el ámbito del Derecho internacional, en lo que se denomina fatuamente un "conflicto", esa expresión adulterada por el socialismo, al igual que las palabras "igualdad" y "diálogo". Pues bien, consumada la segunda fase, con una tensión mayor o menor en filas socialistas, se alcanza la tercera y última fase: la reconducción del "conflicto" a posteriori a través de un acto de sanación política. La amnistía o el reconocimiento del Estado de Palestina. Soluciones que, en modo alguno, estaban en el programa electoral del PSOE y que son la causa exacta del pragmatismo de los relativistas convertidos en profesionales de la política. Dan rendimiento electoral o son rentables en términos de detentación del poder, y no se lo piensa Sánchez.

Por cierto, para los necios irreflexivos, es legítimo también criticar a Netanyahu por la deriva antiliberal que había adoptado antes del ataque de Hamás, como es legítimo criticar los excesos fatales de las operaciones militares de Israel en Gaza. Hay un debate que siempre despierta cualquier guerra, y es si el uso de la fuerza es eficaz y proporcionado. Cuando ha habido errores o abusos por parte del Estado de Israel en esas operaciones, no cabe sino también condenarlos. Pero de allí a privar al Estado de Israel del derecho a defenderse o de apuntalar unas fronteras seguras, o impugnar la existencia misma del Estado de Israel, eso, sencillamente, es antisemitismo. Le guste o no, y lo comprenda o no, Pedro Sánchez. Mientas tanto, habrá que esperar mejores tiempos para regresar a Tel Aviv, aunque creo que Sánchez y Gómez, Pedro y Begoña, no serán bien recibidos.

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