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El Real Madrid

Este equipo nos enseña a todos los españoles a querer ganar y a no rendirnos nunca. Como Nadal, otro madrinista. A ver si aprendemos.

Este equipo nos enseña a todos los españoles a querer ganar y a no rendirnos nunca. Como Nadal, otro madrinista. A ver si aprendemos.
El Real Madrid de la sexta. | CIHEFE

Poco futbolero en el presente, sí que lo fui en la infancia, como muchos de los niños de la posguerra tardía. Por entonces, estaban muy de moda los álbumes donde se pegaban con harina aguada (lo del pegamento Imedio y otros inventos llegaron más tarde) los cromos de los jugadores de los diferentes equipos de la Primera División. No sé si por mis padres, si porque Madrid era la capital de España, si por otras razones —tenía amigos que eran del Barsa, del Bilbao, del Valencia, del Sevilla o del Betis, de Atleti—, pero yo era del Real Madrid.

Como el gran editor sevillano, Pedro Tabernero, está ultimando su libro de reconocimiento al equipo merengue de aquella niñez en la forma insólita de un álbum con ilustraciones abstractas y textos de reconocidos forofos y admiradores, verbigracia Inocencio Arias, este sábado pasado, mientras veía el partido de la final de la Champion —el primero que veo en años, porque luego me deslicé hacia el tenis—, me acordé de mi madridismo original al que sólo le hacía sombra mi adoración hacia el mártir Jerez Industrial.

Fui testigo de la llegada de las finales de la Copa de Europa a las televisiones de los amigos de mis padres, en blanco y negro. La conexión era esperada como un milagro. De pronto, en un mar de interferencias sonaba el himno de Eurovisión, que no era de Beethoven sino el preludio del Te Deum del compositor francés Marc-Antoine Charpentier y saltaban al campo dos equipos. Uno de ellos, casi siempre era el Real Madrid. No recuerdo si vi la final de la primera Copa de Europa, en la que los blancos se impusieron a Stade Reims en París, pero sí unas cuantas, algunas apoteósicas. Todo me impresionaba mucho, sobre todo los pepinazos rasos de Puskas que agujereaban la red de sus víctimas.

El sábado, 65 años después, volví a sentir emociones parecidas aunque, la verdad, apenas conocía bien a ninguno de los jugadores. La primera parte fue un suplicio. Pero no logro entender qué les explicó Ancelotti a sus pupilos que, nada más comenzar la segunda, mostraron que la fiera se había despertado y de qué manera. Es lo que tiene este equipo. O lo liquidas del todo cuando puedes o prepárate para lo peor si le dejas un soplo de aliento. Ayer se lo enseñaron King Kroos, Carvajal y Vinicius Jr. a un gran Borussia.

Pero, bueno, yo lo que quería era rendir un homenaje literario al Real Madrid como tributo al buen rato que nos hizo pasar a los españoles, que falta nos hacía tras los malos de que nos tiene hasta la coronilla el felón Pedro Sánchez. Como está por escribir un anecdotario literario de este equipo, que yo sepa, me ocupé ayer de recopilar unas cuantas gracietas sin más pretensión que animar a algunos a que lo escriban. Unas muestras valdrán.

Oriana Fallaci le explicaba a su padre que un barrendero italiano, transistor al bolsillo, conocía mejor al Real Madrid que a la Juventus o al MiIán. Miguel Platón cuenta que el ciego Miguel Durán iba al Bernabéu a que le "narraran" el partido en localidades de a pie y un forofo le espetó: "Si no ves, ¿por qué no te agachas?". Durán ofreció cortársela. Emilio Romero relató que un padre y un hijo forofos, si perdía el Madrid, se metían en la cama hasta el día siguiente. Ya saben que la paz empieza nunca.

Umbral decía que el Rayo Vallecano había sido explotado por el Real Madrid hasta que subió a Primera. Añadió que don Santiago era una especie de Franco (o antiFranco) que creó la dictadura del Real Madrid que era la política exterior del Generalísimo y que era fanático del Real Madrid porque nunca lo vio jugar ya que era del Rayo (fanatismo es creer lo que no se ve, explicó). Estaba equivocado porque los equipos del sistema eran el Barsa y el Bilbao. Y que no y que no. Franco no remató de cabeza el centro de Gento en la final contra el Milán en la final de 1958. Palabrita.

Un personaje de Álvaro Pombo conservó su habitación como cuando tenía 15 años, con el póster de la Quinta del Buitre. Melancolía clarificadora. El humorista en la España de Franco, Eduardo Acevedo, escribió en su "cárcel de papel" sobre el "proceso" del Tribunal Superior de las Altas Letras a Kubala en 1953 por su pelea con el zaguero madrinista Oliva. Ah, y durante la República, Ley de Defensa de la misma, el Madrid dejó de ser Real (lo de monárquico no molaba) y se llamó Madrid FC. Luego volvió a ser Real, pero conservó el morado republicano. ¿Por si acaso o son cosas de Ad Absurdum y su Diccionario Panhistórico de Dudas?

Termino, aunque quede tela del telón. Que somos romanos nos lo recuerda Paco Álvarez, que fecha el culto a Cibeles en el 220 a.C. y mucho antes de que los "vikingos" del Real Madrid vayan a su fuente a celebrar "algo" pero sin autoflagelaciones. Anota Andrés Amorós, con Francisco Nieva y Marina Mayoral, que en el espectáculo Castañuelas 70, prohibido por el franquismo, se parodiaba la retransmisión de un partido del Real Mabí desde el estado de San Martín y se ofrecía su "alienación". Por cierto, la Champions (de soltera, la Copa de Europa de fútbol) nació el 2 de abril de 1955 en el hotel Ambassador de París. Los protagonistas esenciales fueron Gabriel Hanot, director del periódico L’Équipe y Santiago Bernabéu, aunque hubo otros, según Inocencio, no mucho, Arias.

Queda muchísimo y daría para un libro, creo. Por ejemplo, lo de Ricardo Zamora, Franco y Paracuellos. En fin. Sea como agradecimiento a este equipo, ya fabuloso con 15 Champions, 6 en los últimos 10 años, que nos enseña a todos los españoles a querer ganar y a no rendirnos nunca. Como Nadal, otro madrinista. A ver si aprendemos.

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