Cada generación elige los dramas que necesita como excusa para dar el coñazo a los demás. Demasiada gente amanece pensando que en África se cometen gravísimas injusticias, y demasiada poca gente se levanta, se mira al espejo, y se dice a sí mismo: "realmente soy un gilipollas".
De acuerdo. Muere un montón de gente en el Tercer Mundo y esta misma mañana la mitad del planeta se ha levantado pensando en cómo hacer la vida imposible a la otra mitad. Sí, supongo que es horrible. No sé, ya no hay tantas ballenas en el mar, Twitter está lleno de haters, y con seguridad a esta hora hay una banda de cuatreros planeando cómo asaltarán tu casa este fin de semana. Todo estaba ya en el viejo tango Cambalache del argentino Enrique Santos: "Que el mundo fue y será una porquería, ya lo sé / en el 510, y en el 2000 también".
Todo parece manifiestamente mejorable. Nos tocó padecer una maldita pandemia, que es tan probable como encontrar un pangolín en un pajar, todavía no es gratis la cerveza, y el teletrabajo ha vuelto a poner de moda las mallas de Carrefour como prenda multiusos entre las chicas; toda esa compresión cárnica no puede ser buena para el sistema circulatorio, pero en todo caso supone un infarto para el sistema estético. Mires a donde mires, desde hace varios millones de años, el mundo está lleno de goteras. Es buen momento para que comprendas que tú no puedes arreglarlas todas.
Al infierno con los reformistas, los progresistas, y los de la pasión por el cambio. Me hice conservador porque me gusta bajar a mi cafetería, saludar a mi camarera favorita, sentarme en mi mesa de todos los días, y tomar mi café exactamente igual que ayer y que mañana. Me irrita que mi desodorante de siempre estrene "nueva fórmula", que los tapones de las botellas ahora te presionen la pituitaria al beber, y aborrezco particularmente a los curas que se presentan como renovadores de la liturgia y nos golpean en la misa dominical con cancioncitas de campamento sandinista, oraciones improvisadas, y groseros aplausos. Lo han adivinado: como en Reloj, aquella canción de Los Limones, "no me gustan las cosas que cambian".
El progreso que nos proponen no se dirige a ningún lugar, es solo una forma de vida. La izquierda necesita cambiarlo todo constantemente y no porque todo esté mal, sino porque eso es lo único que justifica su existencia política, y más ahora que la mayoría de sus fórmulas fundacionales apestan a naftalina. No hay nada más patético que un sexagenario haciéndose pasar por adolescente y eso, en fin, es la izquierda hoy.
Tampoco hay ninguna posibilidad de que nos pongamos de acuerdo en qué significa que algo está mal en el mundo. A mí, por ejemplo, me parece que la cabeza de Sánchez no está bien, y en cambio no acabo de encontrar aliados socialistas para promover una revolución y cambiarla. Quizá porque están todos muy ocupados salvando el planeta e intentando que comamos filetes sintéticos, como si al frente del Gobierno hubiera un maldito filete sintético. Pero, por lo general, a los progresistas de hoy no les interesa nada cambiar lo que realmente tienen en su mano, ya sabes, los amigos, la familia, su barrio, prefieren arreglar el mundo entero de un plumazo desde su cómodo sofá.
Y por supuesto nunca nos ponemos de acuerdo en las soluciones. A veces los conservadores quieren realmente arreglar un problema, algo identificado por todos e indudablemente averiado. Entonces llega la izquierda y presenta sus soluciones: más impuestos, subvencionar el cambio de sexo de las tortugas, y regalar la nacionalidad a los unicornios. Los conservadores, con buen criterio, salen corriendo de allí.
El conservador más tonto es el que intenta satisfacer a la izquierda para hacerse perdonar, porque olvida que el progreso es un pozo sin fondo. Si mañana frenáramos su cambio climático, pasado mañana estarían incendiando las calles diciendo que detener la evolución del clima es antinatural y fascista. Porque la izquierda, cuando contempla a la Humanidad, tiene la habilidad de encontrar un montón de problemas que no existen —y gastar muchísimo de tu dinero para solucionarlos—, como cuando invitas a tu piso a una amiga y descubre suciedad invisible en rincones de tu casa que ni siquiera conocías; y da igual que te hayas pasado toda la mañana limpiando.
Decía el genial Gómez Dávila que "el individuo no se vuelve interesante mientras no se desilusiona". Y poco después añadía: "la madurez de espíritu comienza cuando dejamos de sentirnos encargados del mundo". Y es que ser conservador es asumir que el mal existe y que no puedes arreglarlo todo. En realidad, hay poco que puedas hacer por la gente que huye de países pobres, a no ser que estés dispuesto a mandar a todo un ejército a pegar tiros, invadir el país de origen y triturar gobiernos tiranos y caciques locales, y convertir esa ciénaga populista y corrupta en un país libre. Pero si no estás dispuesto a hacerlo, porque queda feo en la foto del Anuario Solidario 2024, puedes guardarte en el bolsillo tu sentimentalismo folletinesco sobre la desigualdad, y lo maravilloso que sería un universo sin fronteras. Lo único que en verdad no tiene fronteras en el mundo posmoderno es la estupidez, y mírame, ya ves cuáles son las consecuencias.