
Todo comenzó por la puesta de largo de la costumbre social de calzarse las mascarillas como forma de comportamiento a izquierda y derecha líquidas y va a terminar por la caída de todas las mascarillas. A la autenticidad histórica, reconciliatoria y nacional de la Transición, con sus defectos, calificada como máscara por los asesinos etarras, por el pijocomunismo y luego por el retro PSOE de Zapatero y Sánchez (y por otros demasiados gilicentristas acuosos), sucedió el baile de las mascarillas organizado por Zapatero y Otegui.
Ya no hay duda de que de aquel polvo antinatura y germinal ha venido todo el lodo sanchista. Todo lo que se quería hacer de España se enmascarilló para que los ciudadanos no advirtieran que la nueva Transición —tercera o cuarta, qué más da—, no era otra cosa que la vuelta al espíritu de febrero de 1936, sembrado en la Constitución de 1931, que pretendía imponer una España, no republicana —no era eso, no era eso—, sino roja, rota o no, aunque si rota mejor.
Recordaba Elías Canetti en su apreciable Masa y poder que "el vestir una máscara como medio de disimulación es antiquísimo, su negativo es el desenmascaramiento. De máscara en máscara se pueden lograr desplazamientos decisivos de relaciones de poder. Se combate la disimulación del enemigo con la propia disimulación. Un gobernante invita a notables militares o civiles a una cena festiva. De repente, cuando menos esperan su enemistad, todos son asesinados". Esto es, se quitaba la máscara, rápida, eficaz, descompasivamente porque el objetivo de todos era el poder absoluto incompartible.
En las democracias occidentales, nacidas del agotamiento inútil del afán exterminador, de la imposibilidad demostrada del ejercicio del poder total sobre una sociedad educada y estructurada, de la convicción de que el adversario complementa si se le escucha, de la ley como neurona civilizatoria e imparcial y de la información veraz, plural e incontrolable, son casi imposibles las máscaras auténticas. Eso sí, puede jugarse a colocarse mascarillas.
Esta metáfora de la caída de las mascarillas, avancemos un poco, no comenzó con la pandemia, momento en que, como eran tan malas, corruptas y falsas, se veían las caras de los malvados tras sus transparencias pero no se cayeron porque lo taparon todo. El primer desmascarillado fue el cum fraude y su voto fraude tras el biombo de este resistentemente diagnosticado como despatriador de la España constitucional. Fue la primera mascarilla que cayó pero quedó impune porque Susana Díaz no se enteró siquiera de que se puso otra sin inmutarse.
¿Qué está pasando ahora tras unos años de perplejidad? Que está siendo ensordecedoramente sinfónico el estruendo de la caída de las mascarillas del régimen frankenstein, no por mérito de los maricomplejines-jones sino por la ya evidente discapacidad política construida por la arbitrariedad y el capricho del presidente menos auténtico de la historia de España. Cuando se le ha derrumbado la mascarilla a su absurda dama roja, que quiere seguir viceprerrindiendo España —¿por qué?—, ya se advierte que las mascarillas de los serviles que le han alfombrado el carnaval tiemblan como pancitas de gelatina de cerdo (lo de la pancita es de Borges).
No me dirán que no es ruidosa la caída de toda la mascarilla familiar. De Begoña, Begoña –¿cómo borrar ese grito de los palmeros de Benalmádena?— al suenmano (vaya por usted, don Burgos) de nombre ficticio (otra mascarilla ¿fiscal?), esto parece ya una cascada de mascarillazos contra el suelo electoral. De David Azagra, el enmascarillado hermanísimo, al que le ponen contrato, orquesta, teatro, batuta y ¿cuenta corriente? por ordeno y mando a lo de la inlicenciada Bego que sólo hizo Bachillerato según la Wikipedia, a la que ponen cátedra y chiringuito en la Complutense a lo Helena Ceaucescu, como han iluminado el maestro Cacho y otros. Vamos, Mozart y Mrs. Marketing-Queen por decreto-ley.
Recuerdo un chiste del viejo amigo y humorista gráfico Canalsú coilustrador de La Tela de Araña Andaluza, Hilos de un régimen, que, en una viñeta memorable, puso en boca de la hija de Manuel Chaves aquella sentencia epífora de morirse de risa: "¿Y cómo iba yo a saber que mi padre era el presidente de la Junta de Andalucía?", a la hora de percibir 6 millones de euros a fondo andaluz perdido para su empresa minera? ¿A que se ven las semejanzas? ¿Tan claras somo las del Fiscal General del Estado o Conde Pumpido?
Luego ha venido lo de la caída de las mascar-Illas en el Parlamento catalán, presidente exconvicto, y Puigdemont jamándose el hígado de Pedrometeo Sánchez. Es que estos tíos han convertido España en una zahúrda mientras andaban enmascarillados. Pero las mascarillas se están cayendo todas. Una detrás de otra. Esto no tiene más remiendos. Hasta Macron le ha explicado con signos al Farsánchez cuál debe su último acto digno. Pero, ya saben, ¿dignidad, para qué?