
En sólo una semana, ha cambiado tanto el panorama político español que todavía no acaba de verse claro su significado. En parte, porque no es aún posible, ya que la tramitación de este "Pacto por la independencia judicial" durará hasta finales de Julio. En parte, también, porque Sánchez, después de firmarlo, ha dejado que Bolaños siembre la duda sobre su cumplimiento. Y, en última instancia, porque, cuando la derecha estaba dispuesta a resistir el asalto definitivo de Sánchez al Tribunal Supremo, el Pacto no sólo salva a su Sala Segunda, valladar de resistencia a la Ley de Amnistía, del asedio anunciado para este mismo lunes, sino que lo pone a salvo para el futuro.
Además, se ha pactado una mayoría de tres quintos —13 sobre 20— para el nombramiento de los cargos vacantes en los niveles más altos de la Justicia, se han endurecido las condiciones profesionales para el acceso al Supremo y a la Fiscalía General del Estado, eliminando para el futuro a los políticos colocados como agentes togados en el Constitucional, y, en éste órgano se ha cubierto la plaza que correspondía al Senado y al PP con José María Macías, el más firme detractor de la Ley de Amnistía en el CGPJ. En suma, el pacto recoge lo propuesto por Feijóo en su discurso de investidura, que hasta ahora había sido rechazado y hasta ridiculizado por Sánchez.
La apuesta personal y política de Feijóo
Acostumbrados a la mendacidad de Sánchez y a la torpeza del PP, los medios de oposición al sanchismo se mostraron desde el principio, antes de leerlo incluso, contrarios al pacto. En parte, por las promesas incumplidas por el inquilino monclovita, que son todas, y en parte porque el PP no tuvo tiempo para que lo entendieran sus propios dirigentes y el conjunto de la sociedad española. La entrevista de Feijóo este jueves en La mañana de esRadio fue la mejor explicación sobre el complicado desarrollo de estas conversaciones, cuya clave expuso él mismo en la sesión de control del miércoles: "usted ha firmado lo que rechazó hace dos años porque le han forzado a hacerlo las instituciones europeas", "y si no -aclaró en la radio- nunca hubiera firmado este pacto". Y es que, como demostró el trágala asumido por el grupo socialista en el Congreso, la firma del pacto no sólo renunciaba al plan de tomar por asalto el CGPJ y desde ahí, el Supremo, sino que concedía la victoria al PP, que acudía al pacto como derrotado. Era un pacto caído del cielo, un maná para la oposición. De ahí el escepticismo.
El actor principal de este pacto no ha sido González Pons, cuya credibilidad es mínima, sino Feijóo, cuya cautela, asociada a lo gallego, se creía máxima. Y de pronto, caía en la trampa de Sánchez, le entregaba una legitimidad de la que carecía y nos dejaba sin alternativa a Sánchez. Eso sucedía, además, tras las elecciones europeas, de las que ha salido un Vox obsesionado por Alvise, del que ha copiado la ruptura con la Corona, y que ya sólo veía solidez en la oposición dentro del PP. Pero es que nadie, ni siquiera dentro del PP conocía los términos del pacto, sólo eran rumores, y como las fuentes cenagosas de Génova 13 suelen obrar a favor del PSOE, los medios y líderes antisanchistas se pusieron en lo peor. De ahí que Ayuso alertara de que pactar con Sánchez ponía en jaque la democracia española y que dentro del grupo parlamentario del PP aguardaran espantados el texto del acuerdo, hecho bajo la lupa europea y, por tanto, tampoco muy fiable.
La clave de este misterio es que, para prevenir cualquier filtración que impidiese la firma, como ya pasó en dos intentos anteriores, sólo dos personas sabían lo pactado. Feijóo y Pons. Absolutamente nadie más. Y esa cautela obligaba a que el PP lo conociera a la vez que los demás. Sólo los miembros de la judicatura que ayudaron en aspectos concretos, sabían algo, pero no todo, y sobre la base de lo redactado para la investidura de Feijóo.
El presidente del PP se creía moralmente obligado a defender al Supremo, último baluarte del orden constitucional vulnerado por la Ley de Amnistía. Por eso yo dije que podía hablarse del Pacto Marchena, o, más tarde, del Acuerdo Macías. Pero además de la obligación de no dejar tirado al símbolo de la resistencia judicial, Feijóo contaba con la oportunidad que le brindaba el ultimátum europeo a Sánchez, al que condenaba el informe sobre la justicia en los países de la UE por tres motivos: la Ley de amnistía, las actuaciones delictuosas del Fiscal General del Estado y las del Tribunal Constitucional de Cándido Golpe Pumpido, autoproclamado Supremo del Supremo para amnistiar a los sociatas corruptos condenados por los ERE.
El papel de Sánchez como superviviente, pese a su derrota ante el PP, de la debacle socialista en las europeas, quedaba a merced del Comisariado de Justicia, en el que tanto Reynders como Youreva habían instado al PP a sentarse y firmar la renovación del CGPJ, pero estaban muy al tanto de los planes totalitarios de Sánchez y de su oposición a que los jueces sean elegidos por sus pares, clave doctrinal de la UE sobre la separación de poderes y que Sánchez y el PSOE desde González han rechazado siempre. Si Sánchez necesitaba a la UE, y la UE tenía la doctrina que rompía los planes de Sánchez para dominar la Justicia, sólo faltaba que el pacto no fuera entre PP y PSOE, sino de ambos ante la UE, garante del pacto. Y esa fue la foto final: Youreva poniendo su mano sobre las de Pons y Bolaños. Esa fue la apuesta personal de Feijóo, aunque era consciente del rechazo que el acuerdo produciría en la derecha en general y en el PP en particular.
Sin embargo, pocas horas después de que se conocieran los términos del acuerdo, el PP en pleno, con Ayuso y Aznar a la cabeza, y seguramente tras consultar a jueces afines, respaldaban sin ambages el pacto y a Feijóo. La oposición groseramente amplificada por la Izquierda de los "duros" con los "dialogantes" blanditos se convertía en férrea unidad contra Sánchez. Y el "blando" Feijóo del que los portavoces monclovitas dicen que no puede saltarse el control de Ayuso y Aznar para acercarse al Gobierno, tropezaban con que los duros apoyaban al blando, que, encima, el miércoles mostraba una feroz determinación de ahondar y no limitar los ataques a un Sánchez incapaz de ir más allá del sarcasmo liviano: "para usted la perra gorda".
Es probable que desconozca que esa alusión popular a los céntimos de peseta, de diez la "gorda", de cinco la "chica" no aluden a ningún perro, sino al león español del anverso de la moneda, que, desgastado por el uso, se fue convirtiendo en "perra". Y algo similar ha pasado con Feijóo que, cuando parecía más desgastado, ha sacado las uñas y ha pegado un zarpazo feroz. La apuesta era arriesgada, porque los términos sólo los conocía él. Y uno a solas se equivoca más que acompañado. Pero la responsabilidad de cambiar el escenario del asalto a la Justicia era suya. Y la ha aprovechado.
La reticencia maximalista se mantiene en la Derecha
Debo decir, sin embargo, que en la mayoría de los medios que están contra Sánchez, la reticencia hacia el pacto sigue viva. Incluso en esta casa, estoy en franca minoría. Explicaré los, a mi juicio, grandes olvidos de los maximalistas. El primero es olvidar que sólo el PP y el PSOE podían pactar algo ante la UE, y era imposible que, de golpe, el PSOE renunciara a lo que ha hecho contra la separación de poderes desde 1985, y menos en pleno ataque al Supremo. Lo único que podía hacer el PP era frenar el asalto y mejorar la independencia judicial para la inmediata provisión de decenas de plazas y en el futuro. Pero, en la línea de Vox, se atribuye a Feijóo idéntico afán de control de la Justicia que el PSOE, y con el fraseo desdeñoso del "todos son iguales" se olvidan de que este PP ha mantenido la negativa al pacto mientras no se garantizara, al menos para el futuro que los jueces elijan a los jueces. Y cuando el PSOE se traga esa amarga píldora ante la UE, se dice que es igual que los que tiene enfrente. Entonces, podía haberse ahorrado Feijóo este teatro y el peligroso desgaste de su liderazgo en el PP.
Por el contrario, y contra pronóstico -yo dije en la radio que no creía que Sánchez firmara el acuerdo en los términos filtrados, los de la fallida investidura de Feijóo, porque era salir perdedor de una situación ganadora. Ahora bien, por la presión europea, por saber manejar las expectativas del PSOE, o simplemente por la audacia de negociar sin renunciar a nada, lo cierto es que el pacto se hizo y la APM, gran referente de la judicatura leal a la Constitución, lo celebró. Que se veían perdidos lo prueba la triste nota del Supremo, cuya salida frenó el PP, al menos en los días decisivos de la negociación sobre la última enmienda, pero que ya no alteró el pacto.
Pudo hacerlo Macías, al final del final, y se dice que, ante las airadas protestas del PSOE, Feijóo se la jugó: "quitamos a Macías si vosotros quitáis al ex-ministro Campo y la ex-empleada de Moncloa". Y ahí está Macías, pesadilla de Pumpido. Se dirá: ¿qué mejor prueba del cambalache entre partidos? Y cabrá replicarles: ¿es mejor no pactar y dejar el campo libre a Sánchez, sin oposición? Yo creo que no. Es más, me parece evidente que la posición de Sánchez es peor que la que tenía, aunque Bolaños se niegue a sí mismo. Y la del PP, mejor. ¿O es que alguien cree que cabía hacer un pacto sobre la Justicia sin el PSOE?¿Culparemos a Feijóo de que Sánchez no sea fiable?
Otra vez, entre la reforma y la ruptura
Claro que el PSOE negará haber firmado lo firmado, o mantener el modo de elegir los jueces, pero Feijóo lo dejó claro: se vota todo, o nada. Y el culpable ante la UE de la parálisis del CGPJ será Sánchez. Por supuesto, tratará de darle la vuelta a la tortilla, pero ya están rotos los huevos. Antes de este pacto caído del cielo, estábamos dando las boqueadas. Tras el maná, por lo menos estamos en pie. Jehová alimentó a su pueblo durante cuarenta años mientras vagaba por el desierto. Los mismos años que llevamos con la Justicia totalmente en manos de los políticos. Ahora, sólo parcialmente. Y eso no deja de ser una mejora, que no impide mejoras mayores en el futuro. Estamos de nuevo ante la disyuntiva de la Transición: reforma o ruptura. Y, como entonces, la reforma es la única forma eficaz de ir a mejor, no a peor.