
Según la pelota se colaba pegada al palo el pasado martes, todos los que estábamos aullando frente al televisor éramos conscientes del dato: Lamine Yamal es el jugador más joven de todos los tiempos en marcar en el torneo. 16 años y 362 días, ni siquiera Pelé marcó con Brasil antes de cumplir los 17. Un futbolista con una proyección extraordinaria, crack, futuro balón de oro, el nuevo Messi, etcétera. El lector estará ya saciado de análisis de barra de bar a estas alturas de la semana. Es lo normal, es fútbol, es entretenido. Ahora bien: la cara B del gol, el golazo del chaval de la ESO es la turra. Las turras.
Recién terminado el primer partido de la selección en la Eurocopa llegó también la primera crónica de Mariano Rajoy, un texto sencillo y sin pretensiones, más simple que el mecanismo de un chupete. A David Jiménez, el ex director de El Mundo, su escritura le pareció digna de un alumno de 6º de primaria. Todo el mundo con conexión a Internet sabe que el ex presidente no escribe sus artículos sino que se los dicta de viva voz al Whatsapp en un encomiable ejercicio de boomerismo, pero por lo que sea el prestigioso periodista reporteador desde 30 países no se había enterado. Las columnas de Rajoy son los comentarios de tu gymbro, tu cuñado, el portero o el taxista que te lleva al aeropuerto. Todos lo sabemos, y nos parece bien. No quiere ser un campanudo pagado de sí mismo que aspira a licuar la eternidad en seis párrafos, y claro, los periodistas "de raza", "de trinchera", que aspiran a "cambiar el mundo" etcétera, arrugan la nariz. Rajoy es tu padre quejándose mientras conduce de que todo el mundo va en coche hasta para comprar el pan, y chillando "si es redondo es mío" cuando a alguien se le cae un euro al suelo. A Rajoy le preguntas qué hay de comer y te responde "comida". Es feliz, y quiere que los demás lo seamos. El fútbol va de eso, por si alguien no se había enterado.
"Sin inmigrantes no habríamos pasado a la final". De todos los argumentos que existen para defender la política migratoria del gobierno este es el más anencefálico de todos, porque es facilísimo responder con una estupidez del mismo calibre: "sin inmigrantes no habríamos sufrido el 11M, y una niña de Igualada no habría sido violada de manera brutal, y nadie hubiera muerto en los atentados de las Ramblas". Pero la progresía española necesita su dosis de superioridad moral, no es nada si no mira por encima del hombro al resto, y tiene que embutir sus argumentaciones de jardín de infancia garganta abajo del contribuyente sí o sí. No pueden disfrutar del fútbol y ya, tienen que hacerlo con un motivo, tienen que trascender, tienen que dejar claro que si se rebajan a mirar de reojo ese deporte de brutos que no leen a Kierkegaard mientras cagan es porque hay una razón poderosa y noble para ello. Entretenerse no les convence.
Miren, uno va con España porque es España. Si hubiera nacido en Argentina animaría a Messi y pasaría los partidos llamando "cementerio de choripanes" y "leñador de bonsáis" a los rivales, pero nací en Madrid, así que animo a España. Patriotismo y comodidad, lo llamó Mafalda. Y me da igual quién juegue, quiero que los míos ganen. Siempre. Y ya. Sin más motivos que ese. El polo de la selección, el polo de España. Antes que a Williams y a Lamine tuvimos a Marcos Senna, que además era nacionalizado. Una vez le vi jugar en el Bernabéu con el Villarreal. Cuando fue sustituido el estadio entero se puso en pie a aplaudirle. ¿Por racializado? ¿Por fomentar la inclusión? ¿Por visibilizar a colectivos minorizados y oprimidos por el turbocapitalismo neoliberal? No, hombre. Por España. Los chupicatedráticos en politología pretenden extraer valiosas lecciones de que un adolescente nacido en Esplugas de Llobregat tenga un determinado color de piel, casualmente calcadas palabra por palabra del discurso oficial del gobierno. Pretenden secuestrar un sentimiento para empotrar su insoportable discurso oficialista. Su turra. No lo conseguirán.
Y luego están los otros, los del ius sanguinis, que aprendieron ese latinajo hace tres semanas en el Telegram de la ardilla y lo repiten cada cuarto de hora como si fueran doctores en relaciones internacionales. Que si Williams no es español porque es negro, y cómo va a ser negro un español. Pues mira, siéndolo. Un español puede ser muchas cosas, incluso puede ser gilipollas. Son el reverso tenebroso de los cargantes voceros gubernamentales, aunque tienen mucho menos alcance porque, bueno, no son gubernamentales. Pero la intención es la misma, secuestrar el sentimiento lógico, sano, divertido, inocente e infantil de animar al equipo de tu país para meter su tabarra, su mezcolanza del culo y las témporas, su insufrible seriedad pomposa y ceñuda.
El domingo, con España. A hierro. Como siempre. Y a los turras, que les vayan dando