
Existía la posibilidad, ya lo vio Alexis de Tocqueville, de que una democracia liberal y honrosa pudiese degenerar hacia un despotismo "blando" –si es que tal cosa fuese posible durante mucho tiempo sin enfangarse en el despotismo sin más—, en el que las mayorías actuasen como tiranos respecto a las reglas de juego, a las minorías políticas y a la alternancia de gobierno, regla de oro de toda democracia sana.
Dándole vueltas a tal contingencia, escribía yo hace años que en España, el ejemplo socialista andaluz, sobre otros parecidos, había sido esclarecedor de hasta dónde puede llegar el poder de una mayoría legalmente obtenida por un partido para obstruir la alternancia democrática durante casi 40 años. Sirven también, pero menos, los ejemplos de los nacionalismos vasco y catalán.
Aun siendo muy inquietante el despotismo blando, consecuencia también de unos ciudadanos capaces de renunciar a su libertad y de sus deberes y de unas élites políticas incapaces, deformadas, disciplinadas y ciegas como una centuria romana, el peor despotismo que puede nacer de una democracia, el dictatorial auténtico y sin apellidos, surge cuando la democracia es, sencillamente, imbécil.
El gran pensador español Juan David García Bacca, republicano consecuente hasta el final, subrayó este peligro. En un pequeño artículo titulado Democracia y dictadura expuestas según el modo axiomático, establecía un conjunto de axiomas. En ellos destacó sus leyes de gravitación para lo malo y lo bueno: "Lo malo cae naturalmente hacia peor, y lo peor hacia pésimo" y que "Lo óptimo tiende a caer hacia lo simplemente mejor: y lo mejor es proclive a caer hacia lo simplemente bueno."
La dictadura, para Bacca, es lo malo y la democracia es lo bueno, a pesar del Platón querido de su alma que odiaba el gobierno de la mayoría, como es sabido. Entre lo malo y lo bueno no hay solución de continuidad por lo que lo que es malo nunca podrá ser bueno y lo que es bueno nunca podrá decaer hacia lo malo. Según esto, parece que la dictadura menos mala no puede ser nunca buena y que la mala democracia sigue siendo buena, a pesar de todo.
Pero, claro, el maestro filósofo tenía que tener en cuenta el "No es esto, no es esto" de su primer maestro Ortega, reconocido por él como tal, junto a Antonio Machado. ¿Cuándo una democracia puede declinar hasta algo muy poco bueno? García Bacca, en su axioma especial tercero, teorema octavo, desarrolla el axioma general tercero que sienta que "son compatibles bondad con imbecilidad" (tontería y debilidad).
O sea que sí, que una democracia, un artefacto social finito, a pesar de ser esencialmente buena, puede pervertirse de modo que la imbecilidad y el mal gobierno se hagan los dueños de su destino. Aunque contra Ortega, García Bacca trata de salvar la bondad de la democracia, a pesar de los disparates que se cometan en su nombre, no puede racionalmente más que concluir:
"La dictadura puede ser justa como justo castigo de la imbecilidad. Empero, la dictadura, aun siendo justa en este caso, no llegará a ser buena…A los demócratas imbéciles los castiga justamente una dictadura. no por demócratas. sino por imbéciles (Teorema noveno. sustitución de caso especial). A los gobernantes demócratas imbéciles los castiga más que requetejusticieramente una dictadura, no por ser demócratas, sino por ser imbéciles, y por ser gobernantes imbéciles (Teorema noveno. a fortiori)."
Eso sí, a pesar de todo, la democracia siempre será buena, aunque pocas veces mejor u óptima si es imbécil y la dictadura siempre será mala, decayendo a peor y a pésima de forma inevitable, aunque haya sido justa.
Acabamos de asistir al numerito final de la derecha imbécil –los gobernantes o aspirantes a gobernar pueden ser imbéciles—, que ha tirado por la borda toda esperanza de unión sensata para vencer en las urnas a un gobierno despreciable que hunde sus manos en una grasa tiránica que da miedo, desde la justicia a los medios de comunicación, desde una fiscalidad abusiva a una opacidad o corrupción impropias.
Vox y el PP –acusar sólo a Vox de infame y majadero, que es acertado, no debe oscurecer la responsabilidad de un PP que, entre complejos, chulerías e imposiciones ha promovido este desenlace—, acaban de salvar la cabeza de Pedro Sánchez dejándonos a todos con la impresión de que también nosotros somos imbéciles. Y como ya saben, axiomáticamente, cuando se unen democracia e imbecilidad, la dictadura es justa aunque sea mala y corrupta.
Para evitarlo todos miramos a la Justicia como último recurso para desentrañar y terminar con la tela de araña sanchista, pero eso no es bueno. Ese es –separación de poderes de por medio— el trabajo de una oposición que parece empeñada en suicidarnos. O sea, una mejor, e incluso óptima, democracia necesita una oposición que no sea imbécil, teorema que García Bacca no consigna pero que puede deducirse lógicamente de todo lo anterior.