
Los leguleyos de toda laya conocemos algunos principios que, aun no estando en los libros, son esenciales para la buena práctica forense. La mayoría son para los abogados, como el de, en un interrogatorio, no hacer preguntas sin saber la respuesta o el de no representar nunca a un pariente próximo o amigo y menos aún a uno mismo. Pero, hay otros dirigidos a los justiciables. Uno de ellos reza: no mientas a tu abogado. Engañándole, lo único que se consigue es que equivoque la estrategia. Hay otro, no tan conocido, que dice: paga con tu dinero a tu abogado. Si el que satisface sus honorarios es otro, el letrado lo será de ese otro y no tuyo. Bárcenas lo descubrió tarde, pero acabó despidiendo al que le puso el PP cuando vio que defendía los intereses de Rajoy y no los suyos. Es tentador que sea otro el que pague a quien te representa, sobre todo si es caro. Pero siempre, siempre, siempre es preferible tener un abogado mediocre que sea tuyo, que no que te defienda el más brillante de los jurisconsultos y luego se ocupe de sacarle las castañas del fuego a quien le paga y no a ti.
Alguien con ascendiente sobre Begoña Gómez debería aconsejarle que despida a Antonio Camacho y contrate y pague a su abogado. Y no sólo porque Camacho defenderá los intereses del PSOE o de Sánchez, que son quienes apoquinan, pero no los suyos, sino porque su situación es más comprometida de lo que le dicen y necesita el mejor abogado que pueda permitirse. Lo del tráfico de influencias se probará o no se probará, aunque los indicios son vehementísimos, pero lo de la apropiación indebida está de color de hormiga porque las evidencias son abrumadoras.
La prueba de que Camacho ha sido fichado para defender al PSOE y a su marido y no a ella la tiene en el consejo que le ha dado de no declarar. Lo que teme Camacho no es que Gómez se acuse a sí misma, algo que no puede hacer, aunque quiera, porque los hechos son suficientemente elocuentes, sino que lo que quiere evitar el ilustre letrado es que la mujer sin querer comprometa a Sánchez y con ello ponga en peligro su continuidad como presidente del Gobierno y la mamandurria de miles de socialistas que, con cargo o sin él, viven de que Sánchez siga ocupando el cargo. En cambio, ella es prescindible. Y, por mala que pueda ser para la imagen del PSOE su condena, mucho más daño haría que Sánchez se viera involucrado, no en el asunto de la cátedra o el de la apropiación indebida de un programa informático, sino en lo de Globalia, que es lo que está empezando a asomar.
Y, si necesita más pruebas para convencerse de para quién trabaja Camacho, que vea cómo se empeña en apoyar el argumentario del partido insistiendo en que el juez obra por ignorancia o mala fe. Haciéndolo, viola otro de los principios de todo picapleitos que se precie, que es el de no cabrear al juez. ¿Y por qué se permite Camacho cometer este error de principiante? Porque su cliente no es Begoña Gómez, sino Sánchez. Y hace lo que a la estrategia de Sánchez conviene, que es intentar desacreditar al magistrado.
Cabe la posibilidad de que efectivamente Pedro Sánchez, ese hombre profundamente enamorado, haya dado la orden a Camacho de salvar a su esposa, aunque a él le toque cargar con la culpa, como por ejemplo intentó sin éxito Bárcenas. A mí me da la impresión de que, por librarse de responsabilidades penales y estar tres meses más en La Moncloa, Sánchez es capaz de dejar que vaya a la cárcel su esposa, su madre y toda su parentela. Pero, a lo mejor me equivoco: Begoña Gómez sabrá con quién está casada. Yo, de ella y por si acaso, cambiaría de abogado y me aseguraría de que quien me defienda está a mi servicio.