El "principio de acuerdo" entre el PSOE y ERC para investir a Salvador Illa no es la primera concesión de Sánchez al separatismo y, si el socialista se mantiene el suficiente tiempo en el poder, no será la última.
Es, eso sí, la primera que puede tener una incidencia directa en los gobernantes del PSOE en otras partes de España: está claro que si Cataluña se independiza fiscalmente y se rompe el sistema de solidaridad entre regiones ni García-Page en Castilla-La Mancha, ni Barbón e Asturias, ni los socialistas extremeños o aragoneses si vuelven al poder, podrán gastar con la misma ligereza con la que han venido gastando hasta ahora.
Probablemente eso explique las declaraciones altisonantes del castellanomanchego, los avisos lanzados desde el gobierno de Asturias y, en suma, el runrún de indignación que corre por las covachuelas socialistas, que se agitan ahora como no se agitaron ni con el indulto a los golpistas, ni con el pacto con Puigdemont ni, por supuesto, con una amnistía que pasó en una noche de ser lo peor a ser lo mejor. Todo esto mientras el PSOE permanecía sereno y prácticamente en silencio, lo que deja claro la reserva ética de los socialistas: no movían un meñique por cuestiones con un fondo moral o para defender el Estado de derecho, pero ahora bailan cuando la amenaza es que les toquen el presupuesto.
Por otro lado, hay que situar estas protestas en su justo término y no perder de vista lo que sabe cualquiera que no quiera autoengañarse: no va a pasar nada en el PSOE y ni un solo diputado va a romper la disciplina de partido. No hay un Partido Socialista distinto de Pedro Sánchez y ese despojo moral que es el presidente del Gobierno lidera, como no podía ser de otra manera, una banda que es un reflejo muy fiel de su falta de principios y escrúpulos.
Un partido que, por ejemplo, asiste impávido a cómo su secretario general está tratando de cambiar las bases constitucionales de nuestro estado –o, más ajustado a la realidad, está tratando de volarlas– por la puerta de atrás, con menos de un 30% del voto y con 120 diputados.
El propio Sánchez admitía en su comparecencia de autobombo del pasado miércoles que el acuerdo con ERC es un paso adelante en la "federalización" del sistema autonómico, un cambio de raíz la forma de nuestro Estado, que no recoge la Constitución y sobre el que los españoles no estamos siendo consultados. Un escándalo.
Finalmente, no podemos terminar sin lanzar una advertencia, aunque sea a alguien que lo merece tan poco como ERC: negociar con una gente sin ningún reparo moral como los socialistas en Barcelona o Madrid es peligroso. PSC y PSOE no buscan más que la investidura de Illa, un paso de muy difícil vuelta atrás una vez dado y, una vez instalados en la Generalidad, las promesas hechas serán pasto de la conveniencia política de cada día. En la extrema debilidad en la que se encuentran ahora los republicanos, el engaño que parecen estar deseando sufrir les saldrá muy caro. Eso sí, no seremos nosotros, ni la inmensa mayoría de los españoles, los que lamentemos este incomprensible suicidio político.