
Se comenta que Sánchez y Puigdemont se tienen cogidos el uno al otro por salva sea la parte. Ninguno está en condiciones de apretar los cataplines de su oponente hasta doblegarlo porque entonces éste los estrujará igualmente hasta hacer cisco los del contrario. Pura teoría de juegos. Pero tampoco le cabe a ninguno soltarlos porque, de hacerlo, el que se sintiera libre de toda opresión no desaprovecharía la oportunidad de arrancar gratuitamente los testículos del adversario. Sánchez no puede decirle a Pumpido que amnistíe de una vez a Puigdemont porque, si lo hiciera, el prófugo perdería todo incentivo para mantener a Sánchez en el poder y se vengaría de haberle negado la Generalidad en favor de Illa. Como tampoco puede pedirle que declare inconstitucional la amnistía porque la consecuencia sería la misma. Lo que a él le interesa es mantenerse a horcajadas de las dos cosas hasta 2027. Por su parte, Puigdemont no quiere aprobarle los presupuestos a Sánchez porque, cuando lo hiciera, el presidente perdería cualquier aliciente en amnistiarle y el golpista se quedaría compuesto y sin garantía de que Pumpido lo vaya a librar de toda culpa. Pero tampoco debe negarse hasta el punto de forzar unas elecciones generales porque entonces Junts se quedaría sin su privilegiada posición dando además ocasión a que el PP derogue la ley de amnistía antes de haberse el soberanista beneficiado de ella.
Este planteamiento de mutua destrucción asegurada es sin embargo falso. Sánchez y Puigdemont no están en posición de igualdad. El primero quiere unos presupuestos, pero, si el segundo no se los da, no tiene obstáculo para seguir en la Moncloa sin ellos. En cambio, Puigdemont necesita la amnistía como el aire que respira y Sánchez es el único en condiciones de dársela. Puede, por supuesto, negarse a aprobar ninguna ley de presupuestos y exigir una cuestión de confianza y una visita en persona del gran jefe, pero nada de eso le garantizará la impunidad que persigue.
La realidad es que Puigdemont ha fracasado desde el momento en que Sánchez tiene lo que quería y él no ha conseguido nada. Por lo tanto, tan sólo le queda vengarse, si quiere, y renunciar a volver a Cataluña. O sentarse a esperar a que Sánchez condescienda a amnistiarle de una vez. Lo primero no le traerá más que desgracias y lo segundo no tiene forma de asegurárselo ni siquiera votando los presupuestos. Así que, quien tiene bien agarrado al otro por las zonas blandas no es Puigdemont a Sánchez sino Sánchez a Puigdemont. El presidente disfruta del Falcon, se aparece a la Asamblea General de la ONU y, aunque los premios que le pagamos entre todos no se los dé la Hathaway, no deja de disfrutar de reconocimientos internacionales. En cambio, Puigdemont sigue exiliado, no le dejan volver a España y no pasa de ser una mosca cojonera, molesta, muy molesta, pero de ninguna manera letal. De forma que hay legislatura para rato mientras los arúspices de Tezanos no digan que la victoria es posible. Y, cuando lo diga, que será cuando la tenga a mano a base de comprar votos en el océano de pobres que el mismo Sánchez se ha preocupado de crear, no está descartado que el resiliente consiga una nueva victoria agónica con el auxilio inestimable de la torpeza de Feijóo. Puigdemont parece que manda, pero no manda un pimiento. Aquí el único que manda es Sánchez.