
Los problemas del Líbano comenzaron con la independencia de Israel al exiliarse decenas de miles de palestinos que marcharon al país vecino, comenzando a alterar el equilibrio demográfico dominado hasta entonces por las fuerzas cristianas que quedaron en el poder tras la retirada francesa. La cuestión se complicó aún más con el éxodo de cristianos desde el Líbano y de chiitas al Líbano que huyeron de las persecuciones sunitas de los años sesenta y setenta y que se instalaron en el sur y en el valle de la Bekaa, con el beneplácito de Israel, que no quería a sus enemigos tradicionales sunitas cerca de la frontera.
La terrible guerra civil entre las tres facciones religiosas asoló al Líbano durante quince años con terribles acontecimientos como el asesinato del presidente electo, el cristiano Bashir Gemayel, y las matanzas de cristianos que fueron respondidas con terrible crudeza por los maronitas, que han sido sometidos casi a un genocidio en su propio país por los grupos terroristas chiitas y palestinos. No olvidemos que un proyectil sirio lanzado contra nuestra embajada acabó con la vida de nuestro embajador, Pedro Manuel de Arístegui, después de haber sido secuestrado por militantes chiitas. La guerra concluyó con la ocupación siria que dio el poder a Hezbolá, siendo la única milicia que no fue desmantelada después de la guerra. Es decir, se forzó al Líbano a respetar a un ejército privado de una parte de la población cuyo principal objetivo era amedrentar a las otras comunidades y que por supuesto debía ser muy superior al ejército regular.
La revolución de Jomeini y el comienzo de las actividades militares y terroristas contra sunitas, como la guerra con Irak o en Yemen, propiciaron que tanto el genocida Asad como el Partido de Dios se convirtieran en los brazos armados de la URSS y de Irán, con propósitos que iban más allá de destruir Israel, sino de dominar la región e imponer la Sharía en toda la península arábiga. Y esta amenaza tiene mucho que ver con la tibia reacción de Arabia, Emiratos y Jordania a la intervención contra Hezbolá.
Las milicias del Partido de Dios han causado terror en Siria, sus milicias han destruido poblaciones enteras sunitas y kurdas sin compasión, con decenas de miles de asesinatos, y esto ha dañado su posible legitimidad en el apoyo a los palestinos. La alianza de interés entre Hamás y Hezbolá, alentada por Irán, ha puesto al estado de Israel ante la tesitura de tener otra vez dos frentes abiertos, y de resolver las dos amenazas al mismo tiempo.
Mientras que la capacidad en Gaza de Hamás ya ha sido muy diezmada, el golpe definitivo a la organización terrorista palestina solo podría darse en Líbano, desde donde reciben el material y llegan los terroristas, y de ahí la segunda parte de la operación militar, que necesariamente debía acabar en operaciones sobre el terreno para eliminar de forma quirúrgica la capacidad militar de Hezbolá.
¿Por qué esta tarea es más fácil ahora?, porque Hezbolá no es la única fuerza militar en Líbano, sino que hay un ejército regular que ya se retiró de la frontera hace días ante la ofensiva israelí. La guerra civil llevó a una gran división demográfica y territorial en Líbano, donde cada comunidad vive en zonas segregadas, y esto facilita mucho la acción militar a diferencia de Gaza.
Hezbolá no ha tenido que esconderse como Hamás, y por tanto es una fuerza más regular y más equiparable a un ejército pequeño y poco dotado, que nada podrá hacer contra la enorme superioridad militar de Israel.
Pero lo más importante e interesante es el escenario que puede quedar después de que Hezbolá quede reducida a la décima parte de su capacidad militar. Lo más probable es que drusos y sunitas quieran aprovechar la ayuda imprevista de Israel para reforzar sus posiciones en el país, para lo que pueden contar con un enorme apoyo árabe y occidental. Sin Hezbolá, hasta el régimen de Asad se vería en la cuerda floja, y esta es otra buena noticia para el mundo.
En este ambiente de guerras civiles en Líbano y en Siria reforzado por el debilitamiento iraní, Israel podrá desplegar una política de seguridad mucho más efectiva, ya que en definitiva cada uno de estos golpes va directo a la capacidad de influencia de Teherán.
Pero no hay plan ambicioso sin riesgos sustanciales. En primer lugar, ¿qué hará Irán ante este ataque terrestre en Líbano?, la respuesta la han dado ellos mismos, "Hezbolá no necesita ayuda, se puede valer solo", toda una declaración de incapacidad o miedo. La segunda cuestión es más compleja. ¿Qué hará Rusia si hay una involución en el conflicto de Siria?, la respuesta es que nada, dada la debilidad mostrada en Ucrania y los problemas militares que padecen en el Sahel.
Precisamente, la coyuntura actual es la que permitirá que esta intervención en Líbano sea exitosa, siempre y cuando la operación se limite a los centenares de objetivos militares. Lo mejor para Israel es que no necesita eliminar a Hezbolá, solo debilitarla lo suficiente para que los libaneses no chiitas hagan el resto. En lo único que no puede caer Israel es en el error de los años ochenta de pretender controlar el Líbano con la Falange libanesa, porque eso sería inaceptable para los sunitas que sufrieron la brutal represión maronita. Su misión debe ser reducir la capacidad operativa de Hezbolá y regresar a casa lo antes posible y que el ejército libanés tome el control de la frontera y del sur del país, y entonces una fuerza auténtica de interposición podría resultar de gran utilidad y no una operación notarial que es la que ahora tiene Naciones Unidas en la región.
El escenario es más propicio: Irán con un reformista, en lenguaje iraní, en la presidencia, y con una notable incapacidad militar como se vio en los ridículos ataques de abril; con los hutíes en Yemen que ya están sufriendo los ataques occidentales y que se verán muy debilitados en su guerra civil; con un Líbano reequilibrado de fuerzas; con Hamás diezmada; con Asad que habrá perdido a su principal brazo armado; con Rusia que ya no podrá enviar sus misiles ni sus aviones como en el pasado. Todo ello con la simpatía de muchos países árabes, constituye un escenario mucho más favorable que el Oriente Medio de las últimas décadas del pasado siglo, para propiciar un alteración sustancial del mapa de la región.
Esto no significa que todos los problemas vayan a resolverse, pero todo lo que debilite a Hamás y a Irán es bueno para la seguridad de la región y para la prosperidad del pueblo palestino y el camino más seguro hacia dos estados que se reconozcan y se respeten. Puede sonar a ciencia ficción, pero quizás el mejor camino hacia la paz pasa por el desmantelamiento de Hezbolá y la pérdida de influencia de Irán, nada mejor le podría pasar al pueblo palestino que el éxito de Israel en esta operación.