
Aquello de ¡Qué grande es ser joven!, que fue una película inolvidable de John Mills y un programa de radio del pionero sevillano Alfonso Eduardo Pérez Orozco, lamentablemente desaparecido, al que comenzamos a escuchar en la pirata Radio Vida (cuando Franco había radios piratas —¿Qué es mi radio? Mi tesoro. ¿Qué es mi dios? La libertad—, como las sigue habiendo ahora), cada vez es menos cierto. De hecho, ser joven hoy, si no eres un hijo de papá o de mamá, es bastante chungo. Horrible, vamos, al menos en algunos temas como el de la vivienda.
Lo sé por experiencia. Por la experiencia de mis hijos, que no son jóvenes en general, que eso no existe, sino jóvenes que no han nacido con el pan debajo del brazo ni van a disponer ni disponen de mullidas herencias. Hace ya un tiempo, cuando yo era 50 años más joven, tampoco tuve sopa boba ni gocé de testamentos benefactores, pero se podía trabajar, los sueldos subían poco a poco pero subían compensando la inflación, se podía disponer de un piso en alquiler razonable y, si se tenía suerte, se lograba acceder a alguna vivienda de protección oficial en propiedad. Si un familiar fallecido legaba un piso, era el gordo de la lotería. La emancipación de la familia era posible.
Uno de mis hijos se ha ido a vivir, familia y trabajo, a uno de los municipios de la Costa del Sol, una zona peculiar, cierto, por los precios extraordinarios de los pisos en verano pero no tan diferente a las grandes ciudades. Los pisos en alquiler de una habitación, o sea, estudios y/o apartamentos, no bajan de 1.000 euros. Los de dos habitaciones ya superan los 1.500 euros. Si hablamos de tres habitaciones, suben por encima de los 2.000.
De este modo, la solución forzosa es recurrir al alquiler de ¡habitaciones individuales! con baños y cocina compartidos. Una decente no baja de 800 euros y, a veces, si se tiene suerte, se pueden conseguir por 600. De contrato, ¿para qué hablar? y de recibos o facturas, mejor callar.
El salario medio en España, según el INE del segundo trimestre de este año, es de 2.353,59 euros brutos mensuales, muy por debajo de la pensión máxima del sistema, que supera los 3.000. Gran anomalía. Pero el salario bruto medio de los menores de 50 años no llega a 1.800 euros brutos, o sea, unos 1.500 netos, muy cercanos a la pensión media de jubilación que ronda los 1.600. Más anomalía generacional.
Pero, claro, los mayores y jubilados tienen, tenemos, una vivienda, casi siempre en propiedad. No así los jóvenes, que tienen que dedicar entre el 40 y el 50 por ciento de su salario real al alquiler de su vivienda. De comprar ni hablamos porque los precios de los pisos, cuando los hay a la venta, suponen un listón insuperable para los salarios medios y las hipotecas se han ido obstaculizando poco a poco.
Me estuve leyendo ayer algunos de los artículos del informe de FUNCAS sobre la vivienda publicado en 2024. En las conclusiones de uno de ellos se resume así el estado de la cuestión: "España afronta un grave problema en materia de accesibilidad a la vivienda de las generaciones más jóvenes. Este colectivo, a pesar de ser el más formado de nuestra historia, exhibe numerosas dificultades para acceder a una vivienda en propiedad o alquiler debido a unos salarios estancados; una competencia creciente de compradores internacionales; una oferta limitada y unos precios al alza".
Comentemos dos cosas. Una, que los salarios reales se han estancado. "Los jóvenes españoles han experimentado a lo largo de las últimas décadas un notable deterioro de sus condiciones económicas: en 2022, la renta disponible en términos reales de los menores de 29 años fue similar a la observada en el año 2010, lo que pone de manifiesto una verdadera década perdida en cuanto a progreso salarial de los jóvenes españoles".
Pero el caso es que "actualmente, el alquiler (euros/m2) en Madrid es un 8,9 % más caro y en Barcelona un 24,6 % más caro en términos reales que en 2010, cuando el salario real de los jóvenes no ha variado entre estas dos fechas". En la costa andaluza, y probablemente en todas las demás, se intuye que el problema es parecido, agravado por la presencia en el mercado de un fuerte sector de extranjeros de gran poder adquisitivo. Si a ello le unimos el terror de los propietarios a los okupas, alentados, e incluso aleccionados, por una izquierda absurda, hace que la oferta real para los jóvenes sea casi nula o inasequible.
Lamentablemente, la política no acepta el método de la prueba y el error. Pedro Sánchez, nuestro gran empobrecedor desde hace seis años, anunció, otra vez, ayudas individuales al alquiler, demostradamente insuficientes o inútiles. Pero ni una mirada a la política liberal argentina de vivienda, que en sólo seis meses y gracias a su desregulación y a la seguridad de la propiedad, ha logrado que la oferta se dispare un 200% en seis meses y los precios reales del alquiler bajen alrededor de un 20% desde entonces.
Pero ya saben que, para la izquierda, si los hechos contradicen lo que dicta su ideología, peor para los hechos. Y peor para los jóvenes. Eso sí, una vez en el infierno, se lanzarán a indignarlos y a prometerles, otra vez, un cielo. ¿Y la Oposición? En el limbo.