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La muerte del amigo

Víctor de la Serna era un hombre bueno y generoso, que sabía ser amigo antes que periodista y esto, no desvelo nada, es anomalía en el oficio.

Víctor de la Serna era un hombre bueno y generoso, que sabía ser amigo antes que periodista y esto, no desvelo nada, es anomalía en el oficio.
Víctor de la Serna. | Archivo

Fueron días de cierta zozobra personal y profesional. Jovencísimo, acababa de salir de la dirección adjunta de La Gaceta, que todavía era papel, y me disponía a ponerme al frente de The Objective, que entonces era un digital innovador, con todo por hacer y sin espejo alguno al que mirarse. La ciencia, la experiencia, y la serenidad de mi amigo Víctor de la Serna fue clave para llegar a buen puerto en ese berenjenal de sobresaltos y dudas. Quizá porque nada de lo que pueda escribir a continuación tiene el menor interés, si no comienzo por lo más importante: Víctor de la Serna era un hombre bueno; un hombre bueno y generoso, que sabía ser amigo antes que periodista y esto, no desvelo nada, es anomalía en el oficio.

Durante años lo acompañaba a descubrir este o aquel restaurante de vanguardia. Víctor podía estar contándote cada pequeño detalle de la fundación de El Mundo, con una memoria prodigiosa, y a la vez estar tomando precisas notas en un papel sobre cada cosa que comíamos y bebíamos, para plasmarlo en una de sus críticas más tarde. A mí me encantaba escucharlo, daba igual el tema, porque sabía de casi todo sin caer nunca en el pecado original de la soberbia del intelectual. Yo tenía ciertas reservas –por decirlo con elegancia— sobre la gastronomía innovadora que a él le fascinaba, y le divertía saber que, de cada restaurante que visitábamos, él sacaría una crítica sesuda para El Mundo, y yo una sátira sobre la cocina de vanguardia para Época, o La Región, o donde fuera según la temporada.

Se ha dicho ya que Víctor era la gastronomía, el vino –qué maravilla fue elmundovino—, el jazz, el periodismo, la literatura, la cultura americana, y por supuesto el baloncesto. Tuvimos una amistad improbable porque yo repelía la nueva cocina, era más de cerveza, de pop español y de fútbol. En los últimos años nos veíamos menos, pero cada pocos meses lográbamos acordar una cena que era ya una institución: Víctor, Ignacio Peyró y yo. Guardo un recuerdo imborrable de aquellos brindis en los que sobre todo procuraba estar en silencio, que era un verdadero lujo escuchar a Víctor e Ignacio, dos generaciones unidas por las mismas costuras culturales.

En una ocasión fuimos a cenar –cómo no— y me llevé también a mi compadre el humorista Javier Quero, que presenta también reparos hacia la vanguardia en los fogones. Víctor nos llevó a un restaurante de fusión vietnamita con no sé qué, y la cena transcurrió entre lagrimones, que allí todo picaba a dolor, o daba grima. Víctor lo gozaba como niño, que su capacidad de disfrute era escuela aparte, y Quero y yo nos divertíamos en la charla y procurábamos mirar poco hacia el plato. Hasta que llegó a la mesa, muy amable, una bella vietnamita con un mortero, machacando con brío algo que emitía unos crujidos espeluznantes. Quiso Quero sacar a paseo al crítico gastronómico que no lleva dentro y le preguntó a la muchacha: "¿Y esto que es?". Y la chica respondió en un español barnizado en consonantes: "cangrejo". "¿Y lo estás triturando?", insistió imprudente el crítico en ciernes. "Matando", puntualizó la vietnamita con una sonrisa con todas las teclas al aire, justo antes de volcar el mortero con los cadáveres aún temblorosos sobre nuestros platos para aderezar lo que sea que había debajo. "Hay que matarlo en el momento para que tenga sabor", apostilló sin perder la sonrisa. Víctor, todo serio, sacó su bloc de notas y comenzó a anotar, y Quero y yo nos miramos palidecidos, nos llevamos la mano a la barriga, y nos pisamos la pregunta: "¿salimos un momento a fumar?". La otra opción era desmayarse.

En el Viridiana de Abraham García, chef y crítico departían con profusión sobre lo que iba y venía de los platos. Yo le había anticipado a Víctor que padezco de cierta aprensión hacia la casquería, especialidad de Viridiana, pero no obstante me apetecía cenar allí, que era uno de los grandes de la villa. Solía salvar mis escrúpulos comiendo sin profundizar en detalles, pero aquella noche fue imposible. Cada degustación de casquería venía seguida de incisivas preguntas de Víctor y de apasionados detalles de Abraham, que por entonces más que cocinero parecía haber mutado en cirujano. A cada detalle escabroso sobre lo que comíamos, me subían por los pies unos escalofríos que más tarde fueron mareos y náuseas, hasta el punto de que me tuve que retirar a tomar el aire. A la vuelta no quise cenar más y Víctor no entendía nada: nunca confesé mi derrota, por supuesto. A cambio, me dediqué al vino, que con nadie, en ningún lugar, he disfrutado tanto con el vino como con Víctor.

Solía rechazar mis invitaciones a conciertos poperos, pero en una ocasión fue él quien me invito a uno, y acudí con insana curiosidad. Era su amigo el cantante y pianista Mike Sánchez, y al compás de su rhythm & blues vi a Víctor bailar como un chaval, disfrutar como pocas veces, y evocar mil historias fascinantes sobre sus descubrimientos musicales durante la década en que fue corresponsal de Informaciones en Estados Unidos.

Una tarde, en los primeros días de El Español, Pedro J me preguntó si yo era "el protegido de Víctor de la Serna", y a mi me dio un ataque de risa, más que nada porque cualquiera que lo haya tratado sabe que él tiene colegas y amigos, pero la protección, escolta, y las tonterías del amiguismo no entran, gracias a Dios, en su catecismo periodístico.

Lo que sí hizo Víctor, con generosidad, es firmarme el epílogo de una gamberrada que llevaba por título Aprende a cocinar lo suficientemente mal como para que otro lo haga por ti, y que estaba inspirado en las mil y una cenas ya aludidas. Vacilaba yo con dar gracias a Dios porque al menos nadie había inventado aún "el pollo a la Coca Cola", y Víctor me corrigió en el epílogo: "¡Ahí está la cuestión, ahí está el verdadero peligro que acecha mientras ciertos filisteos deambulen por los fogones! Y es que, querido Itxu, lasci ogni speranza, que dirían los italianos. Ese pollo ya lo han inventado. Y se lo han comido".

Me asaltó hoy, con la noticia de la muerte de Víctor, una larga llorera, porque de un tiempo a esta parte no conseguíamos vernos. Teníamos pendiente una cena desde hace mucho y la fuimos posponiendo, más por culpa de mi trajín por la geografía española que por su parte. Tenía de hecho en mente llamarlo al llegar a Madrid a fin de mes para volver a intentarlo. Y no podrá ser. No será. Lo siento, Víctor. Con inmensa gratitud, el abrazo a toda la familia, y con orgullo de amigo, te repito lo que le cantó Enrique Urquijo al fallecido batería de Los Secretos en Nacional VI: "Adiós amigo / nos volveremos a ver / y cuando estemos juntos / volveremos a beber".

Un abrazo agradecido y una oración. Descansa en paz.

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