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Errejón y las lecciones de ética y moral de la izquierda

Los golpes de pecho de algunos ilustres excompañeros y compañeros de Errejón claman al cielo y les ponen a la altura del último apestado.

Los golpes de pecho de algunos ilustres excompañeros y compañeros de Errejón claman al cielo y les ponen a la altura del último apestado.
Yolanda Díaz se abraza a Íñigo Errejón al llegar al Polideportivo Magariños en el acto de Sumar | Europa Press

El caso Errejón exhibe las vergüenzas de unos dirigentes políticos que prefirieron ocultar el problema, obviar las denuncias, despreciar a las denunciantes y proteger al protagonista de unos comportamientos que chocan frontalmente con la "moral" resumida en esa catástrofe de ley llamada del "sólo sí es sí". Según la versión difundida por los propios dirigentes de esa izquierda prepotente, despótica y propensa a exhibir una superioridad moral totalmente injustificada, lo de Errejón era un secreto a voces en su entorno político. Que no fuera denunciado debe formar parte de esas contradicciones que no le impiden a la izquierda dar lecciones al conjunto de la sociedad e imponer leyes tan delirantes como la referida sobre "libertad sexual".

La carta del propio Errejón anunciando que deja la política es todo un muestrario de auténticas barbaridades, un desatino desde la primera línea hasta el último punto, una muestra descarnada de estupidez política, bajeza moral e irresponsabilidad funcional, como si la víctima fuera él, necesitado de un "acompañamiento psicológico" que no es más que una coartada para tratar de eludir cualquier responsabilidad. La contradicción entre la persona y el personaje a la que alude el ya exportavoz de Sumar, la atribución de culpas al heteropatriarcado y en el colmo del cuajo la alusión a un estilo de vida neoliberal forman parte de ese catálogo de hipócritas y deleznables excusas. La carta recuerda además el procedimiento estalinista de que el purgado reconozca por escrito sus desviaciones. Es el típico material incriminatorio para justificar una ejecución que se acomete por pura conveniencia política, ya sea para actuar contra alguien, para controlar o para tapar determinados debates.

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El asunto muestra además como la coalición de Gobierno pretende seguir dando lecciones de feminismo, de dignidad y de celeridad a la hora de atajar esta clase de comportamientos y las contradicciones entre la prédica y el comportamiento. Precisamente el PSOE y Sumar, junto a Podemos, son los primeros que deberían de escenificar algo de prudencia y contención dadas sus historias y numerosísimos antecedentes. En todo caso, lo que tendrían que hacer los partidos citados y el Gobierno es dar explicaciones, no lecciones. Hablamos de quienes perpetraron la ley del sí es sí, de quienes la avalaron, de quienes procedieron a la suelta de cientos de delincuentes sexuales y a la reducción de condenas de miles de ellos.

El episodio revela de manera cruda la doble moral de personajes como el propio Errejón, Pablo Iglesias, Irene Montero o Yolanda Díaz, encubridora de un pederasta y que al parecer ha vuelto a mirar hacia otro lado durante largo tiempo en el caso del portavoz en el Congreso de su formación. Todo en este caso forma parte del material tóxico con el que se han construido las mamarrachadas de género. Esas alusiones al heteropatriarcado, a una "forma de vida neoliberal", a la salud mental muestran a un personaje en pleno delirio narcisista, sin sentido de la responsabilidad y que atribuye a los demás, a la vida, las circunstancias y hasta a la fama cualquier comportamiento que pueda ser objeto de reproche.

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Los golpes de pecho de algunos ilustres excompañeros y compañeros de Errejón claman al cielo y les ponen a la altura del último apestado, un juguete roto incapaz de asumir su propia responsabilidad en los hechos que le han llevado a huir a la carrera de la política. Pero no son ellos quienes deben juzgar a Errejón porque no son jueces y porque son, además, los menos indicados para tal función. ¿O acaso no fueron cómplices de las supuestas andanzas de su hasta ayer colega? Pero si iban detrás de Errejón tratando de convencer a sus contactos de que pasaran por alto determinados comportamientos de tan turbio individuo, un referente masculino del feminismo a la par que sicario político del chavismo. Que tuviera la desfachatez de decir que en Venezuela se come tres veces al día ya da cuenta de la inmoralidad del sujeto. Para constatar que es alguien carente de empatía no hubiera hecho falta esperar a esa patética carta. En cuanto a su culpabilidad o no, que sean los tribunales quienes tengan la última palabra, no esa izquierda capaz de condenar sin pruebas a propios y adversarios.

Si al menos este chusco asunto sirviera para poner en cuarentena las consignas, proclamas, cazas de brujas y juicios paralelos de la izquierda. Pero no será el caso porque ya hay quien anda poniéndose medallas por la renuncia de Errejón y diciendo que lo que importa en asuntos así es cómo se reacciona. Aplican la plantilla del caso Ábalos y andando, que es gerundio. No tienen enmienda.

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