
Las normas de la lógica y del decoro humano obligaban ayer a otra cosa. Obligaban, en mi caso concreto, a atragantarme buscando en palabras profundas significados endebles que nunca se tambalean tanto como cuando más hacen falta. Obligaban a fijar la mirada en quienes no se dedican a estas cosas absurdas a las que me dedico yo en días como el de ayer, llenos de terror y de muerte, sino que salen y actúan. Son personas que parecen conocer de forma innata esos significados profundos que a los cobardes se nos difuminan. Y por eso existen profesiones consagradas fundamentalmente a servir a los demás. Ayer era un día para recordar a ese piloto del ejército al que le preguntaron una vez por qué se alistó y respondió simplemente que para que no lo tuviera que hacer ningún familiar. O para releer esa placa del antiguo barranco de Bellver colocada en memoria de los dos primeros agentes de la Guardia Civil muertos en acto de servicio, en 1850, tratando de salvar precisamente a las víctimas de una riada. Lo que tocaba ayer era prestarle atención a los muertos. Y a los vivos que si lo siguen siendo hoy es porque en este mundo hay personas capaces de entrenar cuando el clima es amable para que su sacrificio sea útil cuando lo deje de ser.
Lo que no tocaba ayer era hablar de otro apagón que no fuese el que experimentaron todos los que han perdido algo en la DANA. Fue un apagón existencial subrayado, supongo, por el apagón tecnológico. Una regresión accidental a otra época en la que la incertidumbre no podía verse incrementada por la pérdida repentina de la capacidad de suprimirla tecleando un whatsapp. Por eso es doblemente criticable lo que hizo el PSOE. Su Gobierno no sólo demostró ayer una falta de humanidad anonadante al exhibirse incapaz de retrasar su inevitable asalto a la RTVE el mismo día en que la tragedia sí justificó la suspensión de la sesión de control. Los socialistas no sólo volvieron a utilizar el comodín de las víctimas nada más terminar para anunciar su particular apagón declarativo durante los tres días que dure el luto nacional. Lo que hicieron fue decirnos a los españoles que si algo debe dejar en suspenso la catástrofe es nuestro derecho a vigilarlos y controlarlos, pero no su obligación moral de controlarse a sí mismos. Así que aquí nos tienen incluso en un día como el de ayer, escribiendo sobre lo conveniente que parece este silencio repentino precisamente cuando el Supremo ha ordenado registrar el despacho del Fiscal General. Sintiendo una rabia pegajosa por tener que recordar que su obligación no es gastarse nuestros impuestos en una televisión pública absolutamente sesgada. Y menos asegurarse el amaño para el próximo lustro el mismo día en que nos azotan urgencias de verdad. Que encima pretendan que los desalmados somos quienes nos vemos obligados a decirlo sólo agrava la sensación de aversión.