
Dolor. Tristeza infinita. Melancolía del vivir. Frío, niebla, oscuridad, y estómagos vacíos. Imagina esa Nochebuena desangelada en La Moncloa. La veo en blanco y negro como en Qué bello es vivir. Begoña vestida con cuatro trapitos de segunda mano de Cáritas. Sánchez con el traje arrugado y con brillos que logró distraerle a un escolta. Una vela que les prestó el Padre Ángel alumbra la estancia. Este mes tampoco han podido pagar la luz.
En un braserito de latón queman el último tronco seco para calentarse. La pareja se abraza, se desea feliz Navidad, y se dispone a cenar. Una bandeja plateada, herencia de tiempos mejores, alberga el suculento manjar que han elegido para la velada como plato único: una lata de atún en oferta en aceite de girasol. Hoy tiran la casa por la ventana.
Pedro sirve a su esposa con una cucharilla de café, para que parezca que se hacen más viajes desde la fuente hasta el plato. La imaginación alimenta cuando vienen mal dadas.
—Cariño, no tires el aceite, no sea que mañana la vecina nos dé unos mendrugos de pan y no tengamos para las tostadas.
—Descuida, cielo, siempre nos quedará el del coche.
—Lo digiero regular.
—A buen hambre no hay pan duro.
—Soy el presidente del Gobierno de España, no un Seat Panda.
—Asúmelo, Pedro. Cuarenta...
Unos copos de nieve caen por la ventana. Una lechuza busca ratones escuálidos en las inmediaciones de la marginal mansión presidencial, uno de los barrios más pobres de Europa. Una bandada de buitres, expertos en detectar cuerpos huesudos, se ha instalado en el tejado, por si llegase su hora. Y el reflejo centelleante de las luces de Navidad de la calle ilumina a ratos el retrato del mueble del comedor: es la fotografía triunfal de Sánchez el día que ganó la moción de censura, cuando el futuro prometía felicidad, lujo, operaciones estéticas, y opulencia.
Begoña mira por la ventana con el ceño fruncido, revisa los bolsillos, los cajones, el revés del forro del bolso, pero no hay nada redondo y brillante excepto una chapa de Mirinda de 1960. Repasa los papeles de la contabilidad de sus once cuentas bancarias. Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, y así hasta cuarenta. Ha contado bien. Vuelve a darle el resultado la misma cifra, el mismo balance deprimente: cuarenta euros.
—Cuenta otra vez, por favor, cuenta bien, que mañana es Navidad y solo nos queda un saquito de peladillas que sobró del año pasado, cuando todavía venía por aquí Papá Ábalos a traernos el aguinaldo.
—"Recuerde el alma dormida / avive el seso y despierte / contemplando / cómo se pasa la vida, / cómo se viene la muerte".
—No te pongas tan dramática, Begoña, que me contagias y se me estropea el cutis.
—"Tan callando, / cuán presto se va el placer"…
Pedro abraza de nuevo a Begoña y entona las primeras estrofas de El tamborilero con voz trémula, entristecida, y hambrienta. Begoña lo acompaña con desdén, raspando suavemente el lomo de una botella vacía de Anís del Mono con un destornillador. Desolación. Desde el huracán Katrina no se había visto tanta miseria sobre la faz de la tierra. Se van a la cama soñando que, tal vez, esta noche venga Santa Claus. Pero incluso el gordo del pijama rojo pasa de largo. La miseria es invisible.
Aparquemos las diferencias por una vez. Es Navidad. En las circunstancias más dramáticas, los españoles siempre hemos estado a la altura. Somos una nación generosa y solidaria. Nuestros compatriotas son sangre de nuestra sangre. Mi casa es tu casa. Hacienda somos casi todos. Ya sabes. Sí, es Navidad. Si sientes que tu corazón está tan inquieto como el mío al imaginar la sobriedad trapense, la penuria infinita de los festejos navideños de Pedro y Begoña, a duras penas cuarenta euros, después casi tres décadas trabajando de sol a sol los dos, si tu corazón llora al pensar en su dolor y su soledad, escucha la voz de tu conciencia, escucha al hombre bueno en que te conviertes cada Navidad, y súmate a la campaña benéfica de crowdfunding. Tres, cuatro o cinco céntimos pueden salvar vidas si todos cooperamos. Haz hoy tu donativo para los Sánchez-Gómez. Y que Dios te bendiga, hermano. No los olvides. Ellos nunca lo harían.