
Podemos convenir en que Pedro Sánchez se está escondiendo. Incluso podemos aceptar que tiene miedo a la calle y tal vez podemos aceptar que está un tanto desorientado porque su resistencia parece flaquear ante el malestar que crece y le crece por todas partes. Pero de ahí a deducir que está políticamente muerto hay un abismo. Que alguien se esconda no significa necesariamente que esté muerto. Ni siquiera que esté herido de gravedad. Puede significar sencillamente que está tramando persistir, sobrevivir, perdurar. Incluso distraer de lo que realmente hace y quiere hacer.
De hecho, su gota a gota diaria no cesa debilitando más cada día a esta nación, a sus instituciones y a su futuro. Este largo fin de semana hemos visto cómo ha logrado que España desaparezca del mapa moral y cultural occidental (y no sólo occidental) representado en Notre Dame. Ayer logró despreciar a todas las víctimas valencianas de la DANA ignorando su funeral. El pasado día de la Constitución, que tiene huevos, el BOE decretaba la salida de Navarra de la Guardia Civil de Tráfico, otro navajazo más al Cuerpo y a la unidad nacional. No, no para. No ha parado desde el primer día. Es lo que tienen los malos y los estúpidos, que no descansan.
Dentro de su partido, ha conseguido echar una losa de hormigón armado sobre las viejas costumbres de la organización y apoderarse definitivamente de todo su entramado. El partido ya es él. Que se lo pregunten si no al tonto de capirote de Juan Espadas que, tras haberle brindado su traicionera faena a Susana Díaz y haber gritado "Ole los ERE" en el congreso de Sevilla junto a los siniestros Griñán, Chaves y demás peones de la cuadrilla, va a ser decapitado sin percatarse siquiera de cómo silba la guillotina del marido de Begoña.
Mientras algunos, que se dicen sus enemigos o adversarios, lo daban y lo dan por políticamente muerto, este individuo, utilizando de manera oportunista y amoral la mayoría parlamentaria, las reglas constitucionales de juego y el centralismo absoluto en su partido ha conseguido poner ladrillos, uno tras otro, para erigir un muro que divide de nuevo a España, que debilita e incluso anula el poder de la oposición, fuera y dentro, que destruye la igualdad, que miente como nunca, que arruina el prestigio internacional de España apoyando satrapías y dictaduras, que introduce virus ideológicos contrarios a la Transición democrática y que ampara a los enemigos de la agonizante Constitución.
Decía el ladino Alfonso Guerra tras la victoria socialista de 1982 que a España no la iba a conocer ni la madre que la parió. No sé si comprendió en toda su profundidad que su deseo o profecía o pronóstico podría cumplirse algún día gracias a la reintroducción del largocaballerismo en su partido, algo que algunos ya advertimos hace años, casi diez.
La cuestión está en que Largo Caballero quería exterminar a la derecha española, esto es, a más de la mitad de la población, sus bienes, sus creencias, sus tradiciones y sus valores por la violencia de una guerra civil que alimentó, desató, aplaudió y perdió, pero no quería acabar con España como nación ni como Estado. Lo que hoy vivimos de la zarpa de Pedro Sánchez es otra cosa.
Es más, aprendiendo de los estrategas de la Transición, lo está perpetrando de la ley a la ley, o casi, usando los resortes del Estado de derecho y la fuerza de la legalidad para transitar desde unos usos y costumbres más o menos democráticos a una forma política fuera de todo control mediático y judicial por estar bendecida por los máximos órganos de interpretación de la idoneidad constitucional.
No sabemos si tal resultado es el resultado de un plan consciente inspirado desde fuera o si se ha visto obligado a caminar por esta peligrosa senda forzado por sus aliados políticos, ese monstruo anticonstitucional compuesto por su ya naufragado partido, por comunistas, separatistas e incluso terroristas y unos socios internacionales ligados a dictaduras bolivarianas, a oscuros coqueteos con Rusia y China disimulados tras un bla-bla-bla europeísta y a inexplicadas relaciones con Marruecos e Irán, entre otros islamismos.
No sabemos por qué ni de acuerdo con quién, pero la consecuencia es la destrucción de España como nación, como Estado y como esperanza de civilización futura con raíces en la Hispanidad. Que pueda escribirse un libro como el de José María Marco, sobre la viabilidad de una España sin nación, da una idea de la imparable metástasis del demostradamente maligno pólipo autonomista (y buenista) de 1978. No, tó er mundo no era güeno.
Se esconde, sí, por miedo, por astucia, por lo que sea, pero no está muerto. Tan muerta o más se ve a su oposición. A ver si un día va y nos sorprende con un cambio de la ley Electoral, de la ley del gobierno o de otras cuantas decisivas para apuntillar a la democracia. Puede hacerlo por el mismo procedimiento que lo ha hecho todo mientras tenga la mayoría suficiente, esto es, "democráticamente".
Fíjense si está vivo y con reflejos que en cuanto ha intuido el peligro de la cuestión de confianza de Puigdemont ya ha cedido sobre impuestos e inmigración en Cataluña. No, no parará si no lo paramos. Y con esta oposición sin luces ni grandeza, ¿es posible?