
Respira uno con cierto alivio cuando, por fin, desde el PP se atreven a constatar públicamente que lo que está desarrollando el gobierno social-comunista es una estrategia perfectamente trazada para debilitar a los gobiernos autonómicos, utilizando las herramientas que creen más útiles para ello; y que entre las escogidas figura en el epígrafe número uno la sanidad. El reciente capítulo de Muface, haciendo todos los esfuerzos por colgar a las comunidades autónomas la gestión sanitaria de los tres millones de funcionarios públicos españoles y sus familias, no es más que otro episodio de ese proceso que lleva a cabo el Partido Sanchista Trolero y anti-Español, el Partido del Que te vote Chapote, y sus socios de gobierno, que sucede a otros, como por ejemplo de la cerril oposición a incrementar el número de plazas MIR y a modificar el sistema universitario en cuando a las carreras sanitarias, dada la preocupante y galopante carestía de profesionales, que por cierto, se va a ver seriamente agravada en los próximos diez años, cuando se jubile un porcentaje entorno al 40% de los médicos.
En Andalucía tenemos un máster cum laude (pero de los de verdad, no como el de Pedro Chapote) en manipulación acerca de la sanidad pública. Durante 38 años de mal-gobierno socialista en la Junta, el sistema público de salud se mantuvo fielmente a la cola de todos los parámetros que miden la calidad sanitaria española y europea. En especial, en la última década, el ataque a la asistencia sanitaria fue despiadado por parte de los gobiernos socialistas. Así, y esto son datos, datos incontrovertibles, datos que matan a relatos, entre 2010 y 2018, la Junta de Andalucía socialista recortó 1.590 millones de euros al presupuesto sanitario de la comunidad, reduciéndose la plantilla en 7.773 profesionales, cerrándose 800 camas hospitalarias y reduciéndose los salarios sanitarios en una media de un 4%.
Durante esos años, los andaluces asistíamos incrédulos a campañas publicitarias con eslóganes tan llamativos como "Andalucía imparable" o a la pesadez extrema de los dirigentes socialistas a la hora de calificar a la sanidad andaluza como "la joya de la corona", mientras se producían estos recortes que, a su vez, se traducían en camas en pasillos, pacientes con goteros en salas de espera y listas de espera sanitarias interminables, en las que figuraban pacientes que, como mi suegro, de repente dejaban de estar en ellas para empezar de nuevo la cuenta desde cero.
Ahora, la sanidad pública se ha convertido en el principal argumento de oposición socialista al gobierno de la Junta de Andalucía, como lo es también en otros territorios autonómicamente gobernados por el PP. Se habla de recortes, de listas de espera y de conciertos con la sanidad privada, aunque, de nuevo, el dato demuestra que hoy por hoy se derivan menos pacientes, con menos inversión y con menos porcentaje del presupuesto a empresas sanitarias privadas que en los últimos ocho años de gobiernos socialistas.
Pero ellos siguen a lo suyo. El partido que no iba a pactar con independentistas, ni separatistas, ni golpistas ni proetarras, que no iba a conceder ni indultos ni amnistías, se mantiene fiel a sí mismo denostando y criminalizando a una sanidad pública que no deja de mejorar en todos los parámetros de calidad y de gestión, con una inversión adicional de 4.200 millones de euros en seis años, un crecimiento de 24.000 efectivos en la plantilla profesional pública y un incremento medio de sueldos de un 18%.
Así, en estos seis años se ha doblado la inversión en la sanidad pública y el porcentaje del presupuesto de la Junta destinado a la Consejería de Salud es el mayor de la historia de la comunidad. No hay, en la sanidad pública andaluza, ni un solo dato que avale la campaña propagandística de la izquierda y los sindicados contra ella: los sanitarios cobran de media más que nunca, los médicos cobran las guardias voluntarias que antes no cobraban, todos cobran más por hora de guardia que nunca, los médicos disponen de diez minutos por paciente que era una demanda que llevaban planteando décadas, se destina más presupuesto y más porcentaje del presupuesto global y hay más sanitarios trabajando en el sistema público que nunca. Y aún así no es suficiente, porque el incremento de la demanda sanitaria en la comunidad está calculado en torno a un 20%, entre otras cosas gracias a las suicidas políticas migratorias de Pedro I El Falso y sus colegas comunistas, independentistas y proetarras.
Incluso los dos grandes mantras también sufren inmisericordes revolcones cuando uno se va a los datos: como decía antes, el cuento chino de la privatización no soporta un repaso a los datos, cuando ahora los conciertos con la sanidad privada son por menor cuantía, menos porcentaje y en menor cifra global, aunque no conviene olvidar que es un sistema que en Andalucía inventó el PSOE, a pesar de que ahora se queje de él. Y el otro mantra, el de los sanitarios que se marchan, mucho menos: hace seis años, el 50% de los MIR andaluces terminaban trabajando en otras comunidades autónomas, debido a los ridículos sueldos de la sanidad pública socialista andaluza, algo que aún debe mejorar. Sin embargo, esa cifra de exiliados sanitarios se ha reducido considerablemente y ya ha comenzado el fenómeno del regreso de algunos de los que se marcharon.
Pero ellos son así: la verdad les da alergia, el dato les produce sarpullidos y siempre encuentran una manera de disfrazar de transatlántico un caballo de carreras. En las primarias a las que se presentó, en un acto de campaña le pregunté a Susana Díaz por qué se empeñaba en asegurar que el PP mantenía cerrados los centros de salud durante la pandemia en Andalucía, algo que es rigurosamente falso, lo cual yo sé porque a uno de ellos estuvo yendo impenitentemente mi mujer durante todo el confinamiento, en su calidad de sanitaria. Doña Susana me respondió que lo decía porque era cierto. Al retarla a recorrer 250 metros para ver si el centro de salud más cercano estaba abierto o cerrado, me respondió que yo le estaba faltando al respecto. Es lo que les ocurre a ellos y a los sindicatos que necesitan que el socialismo esté en el poder para alcanzar sus máximos grados de prebenda: que la verdad les falta siempre al respeto.