
Hay una España delirante. Si apenas había duda de ello, ahora se ha confirmado plenamente. Hay grupos dentro de esta España nuestra que pierden el Norte, el juicio y la compostura, precipitándose en el disparate, el desvarío, el vaneo, la insensatez y la alucinación. En este caso, los gerifaltes socialistas, acorralados por sus enjuagues, han entrado en una fase de delirio difícilmente salvable con terapias salvo que sean las carcelarias.
Aunque hay una España delirante, fuera de sí, quijotesca en su más infame sentido, por ejemplo la que vio Luis Alberto de Cuenca en el castillo propio de Don Rodrigo, o Don Rodríguez, de Lord Dunsany, o a la que temió Amadeo de Saboya tras el asesinato de Prim, en el relato de Pío Moa, los peores delirios se han concentrado ahora en la cúspide socialista española. Se ha dicho que lo peor del delirio político español es su fijación con el pasado, con Franco, vale, pero es mucho peor el delirio de quien se ve capaz de superar su Himalaya de mentiras simulando ante el público ser un domesticador de la verdad.
Lo han visto con toda claridad quienes tal vez deberían dirigir los destinos de un PP ano-nada-do. Me refiero a Isabel Díaz Ayuso y Cayetana Álvarez de Toledo que son de las muy pocas que ponen el dedo en la llaga de los extravíos de este sanedrín de delirantes que nos ha gobernado y nos gobierna. Sí, han enloquecido y ya son carne de manicomio, enfermedad infantil de los condenables en firme por delitos penales.
Pedro Sánchez debe creerse capaz de engañar todo el tiempo a todo el mundo. No hay forma sensata de explicar su petición de perdón a su todavía Fiscal General de su Gobierno (no del Estado). O sea, que no hay cuerpo del delito porque sus mensajes jurídicamente obscenos sobre un particular al que se le airean los secretos han sido borrados por él mismo. Esto es, aplaudamos a un Fiscal General "ejemplar" que borra las pruebas de su presunto delito. ¡Qué fervor por la Institución!
Pero, Pedro, tío, la fiebre de tu delirio ha comenzado a desbaratarte las neuronas. ¿Es que no se te había ocurrido, con cerca de 1.000 asesores, que podría haber otros teléfonos que conservaban estos mensajes o daban fe de su existencia? ¿Es que Marlaska no te ha informado de que la Guardia Civil tiene herramientas informáticas capaces de recuperar esos cuerpos electrónicos del delito?
Podemos comprender que estés acojonado por la que se te viene encima, pero creer que tu argumento de la sacralidad de lo borrado tiene recorrido mediático y judicial, indica que la calentura ha dañado tu compostura labial ante la falacia de la que siempre has hecho gala con desparpajo siniestro, pero eficaz.
Lo mismo cabe decir de tu fiscal privado, pues ya está, Álvaro García Ortiz, que recibió, hora y media antes de publicarse, el email con los datos reservados del novio de la Presidenta de la Comunidad Madrid y que, sabiendo lo que se cocía, —hasta Lobato se dio cuenta—, decidió borrarlos de su teléfono sin percatarse de que su maniobra para dañarlo ignoró a otros móviles cómplices en los que no se borró nada y han cantado más alto que toda la Moncloa. Si se decide ser perverso, hay que procurar no ser tan tonto.
¿Y lo de Ábalos, el imputado, el chivo expiatorio, el carne de cañón, de horca y paganini de la fiesta monclovita? Sabíamos que era chulo y parlanchín, juerguista y disoluto. Pero el delirio nervioso ha hecho de él un carajote. ¿O no es de pepeleches que haya acusado a la Guardia Civil de haberle investigado malamente, de malas maneras, con orden judicial y todo y él dejando rastros por todas partes? Se comprende que quiera que se anule todo como si no hubiera ocurrido, pero, hombre, cuida el delirium político tremens que te invade el coco.
Pero hay algo más y más tremendo. Los pontífices de la memoria histórica, desde el púlpito prisaico bendecido por la cúpula socialista, han descubierto ahora que el asesinato de alrededor de 8.000 curas, frailes, monjas y devotos católicos desde 1931 a 1939 no fue obra del odio popular incontrolado sino el fruto de una estrategia política deliberada para acabar con la Iglesia. ¿Acaso no comprenden que su delirio, confesando crímenes planeados por interés político, se acerca ya de forma íntima al concepto de genocidio?
Mientras tanto, 50 años de Franco, Franco, Franco, en vez de 50 años de Transición democrática y pacífica. Es el no da más de unas ideologías delirantes que imaginan que todos sus pecados pueden ser borrados de la memoria pero no los de los demás, que son y serán eternos y para siempre jamás. No se enteran de que hubo una Guerra Civil que perdieron y que ahora van a perder la batalla de la memoria histórica.
Ensartar todas las mentiras y hacerlas parecer verdades es un arte pasajero que pierden los que, nerviosos ante su propio horizonte penal, comienzan a despeñarse hacia el delirio, ese trastorno clínico-político que ya gobierna en el Palacio de la Moncloa.