
Pocas cosas pueden descalificar más a un periodista que quitarle el micrófono a otro. Es un acto que simboliza el abandono de los cimientos sobre los que se construye la profesión. Porque ser periodista consiste, principalmente, en hacer preguntas incómodas y buscar las respuestas. Sin eso, no hablamos de periodismo, sino de divulgación o, peor, de relaciones públicas. Quitarle el micrófono a otro periodista deja claro que quieres silenciarlo, que no quieres que haga preguntas incómodas y que sólo toleras a quienes no las hacen. En resumen, que no sólo no eres un periodista tú, sino que exiges que los demás no lo sean tampoco.
Hemos visto estos días cómo dos personas de mucho progreso que se ganan la vida escribiendo y apareciendo en tertulias con el marchamo de periodistas, Ana Pardo de Vera y Antonio Maestre, les han arrebatado el micrófono a dos reporteros, Bertrand Ndongo y Vito Quiles, mientras estaban trabajando. Las circunstancias son ligeramente distintas en cada caso. En el de Pardo de Vera dejó traslucir su racismo, insultando a Ndongo por su color de piel; Maestre en cambio nos aclaró que es una persona violenta tirando el micrófono y destrozándolo. Pero son dos incidentes que comparten lo esencial.
Uno podría llegar a pensar que tantos años ya de defender lo indefendible les está dejando algo perjudicados de la chaveta y que perdieron los estribos. Pero si uno, en el calor del momento, se deja llevar por el instinto y pierde la fina capa de civilización que nos separa de la jungla, en cuanto llega la calma se arrepiente y pide disculpas. No ha sido el caso. Al contrario, han justificado lo que han hecho y han animado a todos a repetir la jugada, con la comprensión e incluso el aplauso del equipo de opinión sincronizada.
Naturalmente, su defensa consiste en decir que es que Vito Quiles o Bertrand Ndongo no son periodistas, sino acosadores. Pero el acoso es un delito por el que ninguno de ellos los ha denunciado jamás. Uno pensaría que siendo progresistas y por tanto con una visión de sí mismos como personas solidarias que trabajan por el bien común, se habrían tomado inmediatamente la molestia de ir a la comisaria y denunciar, que es un coñazo pero sería la única manera efectiva y no violenta de parar estas prácticas. Pero no lo han hecho, no sea que un juez imparcial decida que de acoso nada de nada y los deje sin excusa.
Además, ni uno solo de ellos ha levantado siquiera una ceja ante la actividad profesional de Willy Veleta, porque trabaja para el Canal Red de Pablo Iglesias y molesta a quienes a ellos les parece que deben ser molestados. Y no quiero hablar de ejemplos con más canas como el Follonero o Caiga Quien Caiga. Fue la misma izquierda mediática quien llevó a la política unas prácticas más propias de la prensa del corazón a la política la que ahora llora periodismos cuando de repente ven las prácticas que aplaudían aplicadas a ellos mismos.
Podría pensarse que el problema está en que han visto cómo a Pedro Sánchez y sus cuates les sale todo gratis y se han contagiado de esa sensación de impunidad. Pero creo que es mucho más simple: para ellos, que presumen de ser lo más tolerante que ha parido el universo, ser de izquierdas es ser un brahmán y ser de derechas un intocable; el de izquierdas es periodista, el de derechas fascista; el de izquierdas tiene por tanto todo el derecho a silenciar, acosar, agredir e insultar, el de derechas se tiene que callar. Y no hay más donde rascar. Si para ser periodista has de ser un Antonio Maestre o una Ana Pardo de Vera, tendré que recordar con orgullo que yo, en realidad, soy informático.