
Lo bueno del festival de corrupción de los últimos estertores del sanchismo es que nos están dando un curso intensivo de impunidad para tontos. Ya no hace falta ser una mente privilegiada para planear el golpe perfecto. Hace días que veo el telediario tomando apuntes. Hay quien miente extraordinariamente en situaciones de cierto estrés, y luego estoy yo, que soy el típico que me para la Guardia Civil de noche, me pregunta si he bebido, me lío, me pongo nervioso y contesto que sí, que mucho, aunque vaya más sobrio que el tallo de una remolacha.
Me habría venido de perlas conocer a García Ortiz cuando mi profesor de Matemáticas de 6º de EGB me preguntó, bastante airado y golpeando con el borrador sobre la mesa en cada sílaba de su atronador requerimiento: "Díaz, ¿por qué no has hecho los deberes?". Yo entonces titubeé, el asunto del perro que se come la libreta lo había esgrimido el lunes, la cita médica para examen de próstata la había utilizado el martes, y no me atreví a mencionar el funeral de una tía lejana por si me acusaban del crimen, de modo que lancé una confusa ensalada de vocales y consonantes sin sentido que mi maestro, experto en idiomas indígenas, interpretó por un "Quiero quedarme sin recreo toda la semana". Así fue, muy a mi pesar. Lo sencillo que habría sido responder, cogiendo al profesor del hombro con cierta condescendencia: "Ay, Don Ramón, Don Ramón, eso ahora no importa".
Llegando un poco tarde a casa, allá por la adolescencia, cuando las copas no tenían el precio de las nécoras, y con cierta euforia en los coloretes, fui preguntado por la autoridad competente sobre mi procedencia en tan festivo estado. Pese a mis esfuerzos por reactivar la parte de mi cerebro que continuaba ligando en sueños en la discoteca, con objeto de recordar el maldito nombre del antro, fui incapaz de improvisar algo coherente sobre mi lugar de origen, lo que me trajo ciertos problemas de movilidad doméstica durante algunas semanas. Lástima que por entonces yo todavía no conocía a David Sánchez Pérez-Castejón, ni su fulminante estrategia de respuesta inmediata, para haber zanjado el asunto doméstico con un "Pues no le podría decir, padre, no lo sé".
Tampoco tuve la fortuna de conocer a Miguel Ángel Gallardo, presidente de la Diputación de Badajoz que contrató al hermano de Sánchez, cuando en una contienda profesional años atrás, zanjé en una reunión, en medio de una disputa sobre el modo de afrontar un asunto laboral, que Felipe "era una idiota", lo cual por otra parte se correspondía al cien por cien con la realidad de Felipe. Noté entonces cierta tensión en los directivos, que me invitaron a abandonar a toda prisa la reunión. Reunido de urgencia con dos de ellos, me explicaron que Felipe, desconozco el cargo en la empresa, era hermano de Don Genaro, presidente de la compañía, presente en mi solemne declaración, y no encontré las palabras necesarias para salir de tan embarazoso momento, convirtiéndome desde ese día, en mi lugar de trabajo, en una especie de negra sombra rosaliana. Me estremece aún ahora pensar en lo fácil que habría sido hacer como Gallardo con Sánchez en la defensa, con una exclamación que, además, en mi caso rima: "¡No sabía que Genaro tuviera un hermano!".
Tampoco había, en fin, en el horizonte de mi juventud un tipo ejemplar como el ministro del Interior Fernando Grande-Marlaska, que dijo no conocer de nada a Víctor de Aldama y nada menos que lo había condecorado dos años antes con la Medalla al Mérito de la Guardia Civil. Me habría venido de perlas cuando mi amigo Juan y yo fuimos requeridos por la autoridad tras hacer una pequeña gamberrada en el transcurso de una convivencia escolar. Preguntado por el fiscal de los profesores si había llevado a cabo junto a mi amigo el vaciado de extintor sobre las camas de otros compañeros, que en el momento del inexistente incendio se encontraban durmiendo sobre ellas, tan solo me brotó justificar los hechos señalando que mi amigo había decidido una rápida acción preventiva ante la posibilidad de que hubiera quedado una colilla mal apagada en la habitación. Mi testimonio sirvió para incriminar definitivamente a Juan y caerme yo con todo el equipo. Habría resultado infinitamente más eficaz hacer como Marlaska y decir: "No conozco de nada a mi mejor amigo Juan".
Pero efectivamente, citando de nuevo al maestro García Ortiz, eso ahora no importa.