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La muerte vino a verme

La realidad hispánica, Portugal inclusa, es mucha realidad para despreciarse y ser despreciada. Somos un hecho extraordinario de la historia. Seamos lo que debemos ser. ¿Hay alguien ahí?

La realidad hispánica, Portugal inclusa, es mucha realidad para despreciarse y ser despreciada. Somos un hecho extraordinario de la historia. Seamos lo que debemos ser. ¿Hay alguien ahí?
Donald Trump. | Cordon Press

Esta semana pasada la muerte vino a verme. Pasó junto a mí, casi a mi lado, pero no se detuvo. Se ensañó, eso es cierto, pero se fue corriendo hacia otra cita más fácil, más cercana, más predicha. Es en esos momentos, con su danza hermanándolo todo, cuando se alcanza la claridad de la vieja categorización de nuestros ancianos del pensamiento. En la vida, es necesario distinguir lo sustancial de lo accidental y lo esencial de lo circunstancial.

Tenían razón aquellos antiguos predicadores que indicaban la relevancia de las postrimerías para recomponer la vida personal y creo que la vida social e histórica. Cuando uno o una sociedad se ve a las puertas de la muerte, o se hace las preguntas adecuadas y las responde certeramente o se sume en el torrente ciego que conduce, se sepa o no, a la desaparición, al dejar de ser lo que se es para ser otra cosa, suprema forma de la traición.

Esta semana pasada ha sido y sigue siendo la gran semana de Donald J. Trump, al que todo el mundo ha convertido ya en emperador del mundo, tal vez el último, por haberse dispuesto a ser lo que realmente es: el presidente del país más poderoso y rico de este planeta tras décadas de juegos absurdos para dotarse de enemigos que en realidad no lo son y para simular alguna debilidad ante la inmensidad de su fortaleza.

No, no y no. Lo que hay es lo que hay, ya era la hora del realismo político global, y lo que hay es un Estado gigante y multifacético capaz de atacar a cualquiera y de defenderse de quien sea, que durante un siglo o más ha disfrazado su poder con jaculatorias liberales y salmos democráticos. Estados Unidos es un modo de vida y se puede aceptar o no, pero tengo la impresión de que se han acabado los tiempos en que era posible nadar y guardar la ropa en una universal ceremonia de la confusión.

Tras la vergonzosa caída del velo que cubría el verdadero rostro de sus adversarios internos –el bochornoso indulto de Joe Biden a su hijo en el tiempo de descuento ha hecho historia—, los demócratas norteamericanos, esos izquierdistas de salón y despachos con vocación de demiurgos de la humanidad, han demostrado que si a Trump la ley y la verdad le importan un pimiento, como han tronado por el mundo, a ellos le importan lo mismo. O sea, nada. Estamos entrando en un tiempo donde el poder se va mostrar con la cara descubierta.

Antes de su proclamación presidencial, Trump ya ha comenzado a desarrollar su estrategia planetaria. De Oriente Medio a la guerra de Rusia contra Ucrania, de Groenlandia a Panamá, de las redes sociales a los medios de comunicación, de la industria a las finanzas, lo que ya está claro es que hay una realidad, USA, que ha decidido ser lo más importante para sí misma. Ha comprendido que o es lo primero o será lo último para todos.

Pero USA es más que una nación: es un modo de entender la vida, un modo que resume, no siempre con pulcritud, la herencia occidental, un modo que acoge cierta libertad y ciertos márgenes de cohesión solidaria entre los individuos y las familias y un modo que todavía trata de darse y dar razones de su comportamiento. La orgullosa Europa fue satelizada desde 1945 y lo demás que queda en el mundo o son socios de USA o son tiranías amorales sin careta, casi siempre comunistas o religiosas.

Lo que asombra ante esta irrupción apabullante es que una gran nación como España que dio origen a gran parte de Iberoamérica, una segunda España y no un tráfago de colonias, cuya lengua crece y penetra cada vez más en el corazón de Estados Unidos, carezca de una reflexión intelectual e inteligente, que no son sinónimos, sobre cuál es su papel en un mundo que va a desarrollarse sin cartas marcadas, a pecho descubierto, de poder a poder.

Aquí, donde asistimos a la muerte y resurrección del Funeralísimo Franco (la expresión es de Alberti) en un eterno retorno de sí mismo, soportamos con paciencia la estupidez de un partido-gobierno que no tiene la inteligencia para comprender que destruyendo el prestigio del Estado y de la Transición democrática está acabando con la Nación española, una de las pocas que tendría algo que decir en el futuro universal por hecho y por derecho.

Vamos y venimos con el infame Fiscal General del Estado, con la Begoña de Pedro y viceversa, con Ábalos y Aldama, miserables corruptelas de un régimen bandolero y caciquil (fíjense en Telefónica e Indra, pero muy pocos —y silenciados con frecuencia—, expresan algo muy sencillo. Si España quiere ser algo en el mundo que se abre paso mañana en la historia, España debe ser lo primero para sí y convencer con argumentos pétreos a USA y a quien sea, de que sin esa España, tampoco habrá algo de libertad y derecho en los restos del Occidente heredero de Atenas, Roma y Jerusalén.

La derecha española, esto es, PP, Vox y otros cofrades no confesos tienen la oportunidad de atreverse a ser lo que hay que ser para impedir la disolución de la civilización de la libertad, el derecho y la convivencia que esta izquierda acéfala asedia cada día, incapaz de darse cuenta de la importancia de fundirse con la tradición para renacer con entidad. Por eso, la Hispanidad ibérica es una fuerza de futuro.

Trump ha venido. Todo el mundo sabe cómo ha sido y sabe cómo se ha percibido. Ojalá sepamos nosotros alguna vez qué podríamos ser en esta nueva y realista fase de la historia de intereses sin antifaces. La realidad hispánica, Portugal inclusa, es mucha realidad para despreciarse y ser despreciada. Somos un hecho extraordinario de la historia. Seamos lo que debemos ser. ¿Hay alguien ahí?

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