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La incapacidad metafórica de la oposición española

¿Cuál es la gran metáfora de la derechas y los liberales? No saben, no contestan. ¿Es que no viven con la gente y no sienten con la gente? Buena pregunta.

¿Cuál es la gran metáfora de la derechas y los liberales? No saben, no contestan. ¿Es que no viven con la gente y no sienten con la gente? Buena pregunta.
El líder del PP, Alberto Núñez Feijóo. | EFE

El gran Francisco Umbral se cabreó con un baldado de la literatura que le dijo que "escribir con metáforas es hacer trampas". En realidad, "la escritura metafórica es la única escritura literaria", sentenció el escritor. La metáfora es un instrumento inevitable para dar a entender con éxito (si es con gracia, mejor) lo que se siente o se quiere decir, para clavar un mensaje en las entrañas. Y no se queda en la literatura. Llega a la ciencia como aclaró Ortega y, muy especialmente, a la política.

Derecha e izquierda son metáforas. Desde la "espada de Damocles", referencia a un peligro inminente y constante, al "cruce del Rubicón", desafío a todo un régimen legal o a la costumbre, toda la política está plagada de metáforas. En España, las hemos tenido bien trágicas como "Quinta columna", que trató de justificar los miles de asesinatos en Paracuellos, o "Alzamiento nacional" para denotar la necesidad insuperable de rebelarse contra la II República.

Hace pocos días escuché en una emisora de radio decir a un toparca de las ondas que el "dolor social" era un nuevo término inventado por Pedro Sánchez, más que oportunamente, en el debate del que se conoce como Decreto "Ómnibus" (otra metáfora para explicar lo que transporta o lleva muchas cosas a la vez). Mala metáfora porque el decreto de marras, ya saben, no es que lleve muchas cosas sino que llevas algunas sanas y otras podridas y pretende que se acepten todas juntas. Es un método fraudulento que impide el debate parlamentario diferenciado y además, es un decreto-fraude, un decreto-trampa, un decreto-estafa.

Hasta en las redes se ha explicado mejor. Un sevillano, situado junto a un Súper, explicaba el decreto como el intento de un comerciante fullero al que le pedimos un kilo de naranjas y nos mete en la bolsa tres buenas de tamaño normal y cuatro enanas y podridas y pretende que le paguemos lo que vale el kilo de las buenas. Naturalmente, hasta la madre del sevillano decía que no se llevaba ni le pagaba la bolsa. Es una estafa, un timo, un pufo, un robo.

Vamos por partes. La expresión "dolor social", una metáfora puesto que el dolor real y físico es siempre personal e intransferible como cualquiera de las percepciones y experiencias, no es original del presidente del Gobierno. ¿Cuándo un plagiario como él perdería su tiempo en inventar algo? No, no. La expresión "dolor social" no es originaria de esta Moncloa. Por aportar un dato lapidario, Mariano Rajoy ya se refirió al "dolor social" que causaban las recesiones económicas, por ejemplo, la que asoló al gobierno socialista de Rodríguez Zapatero.

En realidad, las palabras "dolor social" proceden de hace mucho, desde Alfonso Reyes, Laín Entralgo o el propio Gregorio Marañón. Pero los que más frecuentemente han utilizado esta metáfora desde hace poco tiempo son los podemitas y sus aliados, de dónde la ha plagiado el sanchismo. Puede encontrarse en los últimos libros de Errejón, de Pablo Iglesias, de Monedero, de Varoufakis y, cómo va a extrañarnos, en el del titiritero de Davos, Klaus Schwab, que justificaba su "gran reinicio" en el "dolor social" producido por la pandemia del Covid 19.

Los publicistas del gobierno la han puesto en circulación porque saben que añadir "dolor" a "social" al relacionarlo con el decreto-fraude rechazado por PP, Vox y Junts les permite criminalizar a la oposición de un gobierno de izquierdas ocultando que el voto en contra decisivo ha sido y sigue siendo el de su socio, la caterva golpista y antisocial que lidera Carles Puigdemont.

Votar contra el gobierno Sánchez es causar dolor social a los demás españoles porque un gobierno de izquierdas, social-comunista-separatista es moralmente superior y, por tanto, incapaz de dañar a la mayoría social española. El decreto-estafa ha sido una gran operación de propaganda, mezclando lo sensato, lo insensato, lo ratero y lo caprichoso, y obligando a la oposición a votar que no, como es natural ante un chantaje, para criminalizarla a continuación. De libro.

Pero aclaremos que lo de la oposición como creadora de "dolor social" no es más que una derivación incluso venial de la gran metáfora del malvado "dóberman" rabioso con los colmillos fuera y salivando que puso en marcha Felipe González en 1993 y repitió y repitió hasta que perdió, por muy poco, las elecciones en 1996. O sea, que la izquierda española siempre usará la metáfora del dóberman porque llega al corazón mismo de sus devotos. ¿Y cuál es la gran metáfora de la derechas y los liberales? No saben, no contestan. ¿Es que no viven con la gente y no sienten con la gente? Buena pregunta.

El caso es que la oposición española al sanchismo necesita urgentemente la puesta en marcha de un departamento de creación y contrarresto de metáforas que complete su Estado Mayor de estrategia que, al parecer, tampoco existe. Estamos apañados.

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