
Pedro Sánchez es un yonqui del poder. No es una metáfora, su conducta es propia de un drogadicto. Al menos si tenemos por drogata a quien está dominado por sustancias estupefacientes de las que se niega a prescindir. Y cuya adicción le convierte en un peligro para sí y una pesadilla para los demás. Pues eso es precisamente Pedro Sánchez, un drogata cualquiera que vendería a su propia madre por lograr la dosis parlamentaria imprescindible que le permitiese conservar el poder. Aunque sea a costa de la nación entera.
Lo acabamos de comprobar una vez más vendiéndose como un vulgar drogodependiente a la toxicidad nacionalista de Puigdemont, el narcotraficante político por excelencia. Éste dopa al gobernante corrupto con su apoyo a cambio de permitirle desmantelar el Estado. La complicidad que mantiene el traficante con el policía corrupto a quien tiene comprado. Sánchez podría haber sacado adelante lo más granado de los avances sociales de su decreto ómnibus con los votos del PP, pero prefirió sudar sangre ante Puigdemont para garantizar la coalición que le mantiene en el poder. Y de paso regar el menguado decreto ómnibus de minas electorales contra el PP (como el palacete de París regalado al PNV, o el apaño okupa). Ese es el rastro sucio que deja de su verdadero interés por las pensiones de nuestros jubilados. La marca del buitre, el rostro del carroñero.
Pierdan toda esperanza de que sus socios lo abandonen. Le tienen tomada la medida. Sin los 7 votos del prófugo no es nada. Y lo sabe. Pero también sin los de Bildu, Sumar, ERC, Podemos, PNV… O sea, las ideologías y proyectos más tóxicos para la igualdad de los españoles sin los cuales no es nada. Y como lo sabe, y sabe que ninguno de ellos lo dejará caer mientras sirva a sus fines, siempre estará dispuesto a desguazar la herencia de una nación histórica como cualquier drogodependiente enmonao roba la pensión de su abuela.
Sostener esa impostura nos está costando caro. Esta última factura incluye definitivamente la inmigración, una nueva TV3 camuflada en TV2, la amnistía política de Puigdemont cuando llegue al Constitucional, la moción de confianza como simulacro y sin consecuencias para permitirle recordar que es mortal y seguirle ordeñando, la foto con Pedro Sánchez en territorio internacional para recreo y mofa de Europa entera, y de paso, esas cosas que se apañan pero no se dicen para evitar que su depredador natural, ERC, no se encabrite. Y mientras saca y saca más cesiones, se ríe a carcajadas desde Waterloo viendo cómo Pedro Sánchez, su ministro de Justicia y "su" Fiscal General con la coreografía de todo el gobierno de la nación arremeten contra los Jueces con la fe del converso, blandiendo el Lawfare con el que llevaron a Cataluña al golpe de Estado del 2017.
Nunca antes tuvo el nacionalismo catalán mayor enemigo de España, que su propio presidente del Gobierno. Es como si hubiera sido poseído por el mismísimo Prat de la Riba, Sabino Arana, Largo Caballero, Arzalluz, Macià, Pujol, Herri Batasuna-Bildu, Junqueras, Pablo Iglesias y Puigdemont al mismo tiempo. Y encima el muy engreído cree que domina la situación confiando en engañarlos también a ellos. No se da cuenta que a su paso va dejando la tierra yerma, donde los valores de la sociedad democrática son arrasados a diario.
No se me ocurre denuncia más urgente que esa dilapidación de los valores sociales, éticos y políticos llevada a cabo por este miserable que nos chulea. El representante más influyente de la nación se comporta como el más ruin de sus enemigos. Cada día, en cada escaramuza política, y solo y siempre por detentar el poder a cualquier precio. A la vista de todos. Si el alma de una sociedad civilizada está tejida pacientemente por la ejemplaridad de ciento de generaciones anteriores, si el respeto a la verdad, a la honestidad, a la coherencia es la prioridad y la obligación de los sujetos sociales más representativos de la nación, ¿qué mal hay mayor que el de quien, debiendo ser el primero en garantizarlos, es el más dispuesto a degradarlos? ¿Se imaginan que nuestros padres, los maestros, los líderes sociales, los deportistas con mayor influencia social… fueran los más pervertidos?
Si aquellos que deben ser los espejos donde se reflejen los más jóvenes mienten a diario a sabiendas, ¿para qué queremos leyes, normas y valores? ¿Acaso no tienen derecho a pensar que si el presidente de la nación es un depravado al que no le importa una mierda nada ni nadie, ellos no tienen por qué ser menos? Mucho hablar de democracia, mucho alertar de que viene la ultraderecha y qué malo fue Franco, y a la vez, degradar la separación de poderes, colonizar las instituciones y explotar con el dinero de todos los sentimientos más egoístas de los más desfavorecidos. Para secuestrar su voto. Por nada más.
Esto podría parecer un vulgar sermón, pero no lo es en absoluto. Es la tragedia de una generación de españoles que están siendo infectados por el peor virus de una sociedad, el que lleva a sus ciudadanos a odiar a los políticos. Y una sociedad sin referentes políticos dignos, es una democracia podrida. El peor escenario para quienes creemos en la libertad, la justicia y el respeto a los demás.
CODA: A Pedro Sánchez ya no hay que juzgarle por sus mejores o peores logros al frente del Ejecutivo, sino por ser el peor referente para garantizar los valores democráticos de una sociedad civilizada. Y eso es previo a todo lo demás. Incluidas las ideologías.