La ministra de Sanidad, Mónica García, es un ejemplo perfecto de incompetencia e incapacidad, una auténtica nulidad que se desenvuelve frente a los asuntos de su ministerio con el catálogo de eslóganes pueriles de la izquierda más tronada y del comunismo más sectario. Parece imposible que en tan poco tiempo y con un Ministerio con tan pocas competencias haya hecho tanto daño, haya causado tantas crisis y se haya enfrentado a tantas personas.
Su soberbia es proporcional a su torpeza y no muestra la más mínima empatía ni con los profesionales sanitarios ni con los pacientes afectados por sus más que cuestionables decisiones sobre la financiación de medicamentos fundamentales para los tratamientos oncológicos, entre otros. Sus desaforadas críticas a las aseguradoras, su cruzada contra la sanidad privada (imprescindible para evitar el colapso de la pública), su falta de tacto con los colectivos de enfermos y sus peregrinas afirmaciones sobre la situación real de la sanidad demuestran que no está en absoluto capacitada para el cargo que ocupa.
Especializada en apagar incendios con gasolina, su presencia en el Consejo de Ministros sólo se explica por la cuota comunista de Sumar. Cabe decir, eso sí, que en esa colección de medianías con cartera brilla con luz propia, tal es su errático y pernicioso desempeño, así como sus delirantes intervenciones públicas. Que la ministra de Sanidad se haya dedicado a torpedear el acuerdo con las aseguradoras en el crucial expediente de Muface no sólo es una muestra de desconexión con la realidad de millones de españoles de toda clase y condición sino un ejemplo de deslealtad.
Dada su trayectoria política, se sabía que nada bueno iba a deparar en el desempeño de su cargo, pero ha superado las expectativas con creces al negar la financiación de medicamentos para pacientes oncológicos que sí se sufragan en la mayoría de los países con sistemas similares al nuestro y aún menos universales. Y que encima tenga el cuajo de culpar de ello al PP es una prueba más de que no sabe ni por donde le da el aire en esa delirante conciliación entre ser Gobierno y operar políticamente como si estuviera en la oposición al PP. Típico de Sumar, de los sindicatos, de la izquierda en general.
Que pretenda prohibir a los jefes de servicio ejercer su profesión en el ámbito privado es otra de esos peligrosos delirios de una ministra que realizaría un gran papel como tal en la dictadura castrista, pero no aquí, donde la sanidad de los ciudadanos depende de una combinación de factores públicos y privados en los que ninguno es prescindible.
La izquierda tiene un problema con la sanidad pública. De incompetencia. Que Sánchez cediera el ministerio a Sumar describe la importancia que le otorga. Tras los fabulosos negocios ministeriales durante la pandemia, todos bajo sospecha y un porcentaje mínimo de ellos en sede judicial, el líder socialista no ha tenido inconveniente alguno en deshacerse del departamento porque la sanidad pública es la última de sus preocupaciones. Si es que le preocupa algo. Y Mónica García ejerce el cargo como si le hubiera tocado en una rifa y pudiera hacer con él lo que le diera la gana, todo menos resolver problemas, dar facilidades, ampliar las prestaciones, fomentar la calidad del sistema o aportar medios a los profesionales. Si Sánchez tuviera un mínimo de respeto por la atención sanitaria a los ciudadanos tendría que haberla cesado a las pocas horas de nombrarla.
Su gestión es un completo desastre cuya principal consecuencia es el deterioro de la sanidad pública. Y hay muchas personas que lo están pagando con su vida.


