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No me llames charo, machirulo

La charocracia no es "el supuesto poder ejercido por las charos", sino algo mucho más insidioso y difícil de revertir, es el estatus quo discursivo, legal e institucional en el que vivimos

La charocracia no es "el supuesto poder ejercido por las charos", sino algo mucho más insidioso y difícil de revertir, es el estatus quo discursivo, legal e institucional en el que vivimos
La nueva ministra de Igualdad, Ana Redondo, antes de recibir la cartera del Ministerio de manos de su antecesora, Irene Montero. | LD/Agencias

Cuando parece que nuestros impuestos no pueden derrocharse más, un Gobierno, cualquier Gobierno, acude presto a demostrarnos lo equivocados que estábamos. Porque no es ya que se gaste el dinero público que no es de nadie en cosas inútiles o en repartírselo entre la extensísima familia socialista de todos los partidos o la más pequeña de Pedro Sánchez. No, se gasta en fomentar el mal común, la división, el sectarismo y el supremacismo femenino. Nos obligan a pagar por nuestra propia destrucción como sociedad.

En este caso en concreto, dos organismos conocidos como el Instituto de las Mujeres y el Observatorio de la Imagen de las Mujeres, cuyos nombres ya deberían indicarnos que deberían estar entre los primeros en caer si la motosierra de Javier Milei viajara a España, se han embarcado en un peligrosísimo y arduo safari por los mundos de la "misoginia digital" para intentar definir qué es una charo y qué son la charocracia y la charía. Por supuesto, no dan pie con bola, porque es muy difícil acertar en las conclusiones cuando las tienes escritas de antemano.

La charo no es, por supuesto, un "insulto contra las mujeres que tienen voz propia", como argumenta el informe. Nacida de un arquetipo muy reconocible, la palabra se ha convertido en un sinónimo burlón de feminismo. No de feminista de antaño, claro, ese animal hoy poco menos que mítico que buscaba la igualdad entre hombres y mujeres; no, una charo es una fiel seguidora del feminismo oficial, esa ideología que corroe leyes e instituciones para instaurar el sexismo bueno, el que odia al hombre por el hecho de serlo, el que odia a la familia tradicional por heteropatriarcal pero bendice a las "nuevas familias" disfuncionales, el que denuncia el machismo sempiterno de nuestra sociedad pero calla ante las manadas importadas, el que bendice las desigualdades siempre y cuando perjudiquen al hombre, el que llama negacionista a quien ose decir que hay mujeres que no son seres de luz y aplauden a quien se aprovecha de la charía para castigar a los hombres que ya no las quieren. Una charo no tiene nunca voz propia: es una repetidora de eslóganes incapaz de contestar a argumentos de verdad porque no piensa: regurgita.

La charocracia no es "el supuesto poder ejercido por las charos", sino algo mucho más insidioso y difícil de revertir, es el estatus quo discursivo, legal e institucional en el que vivimos, de modo que gobierne quien gobierne, se haga siempre lo que digan las charos. Es la izquierda pidiendo la censura de Soto Ivars y la consejera de Igualdad del PP de Moreno Bonilla aportando la cuerda para su linchamiento. Son las concejalías de la Mujer, las consejerías de Igualdad, el Ministerio. Es el pacto de Estado por el mantenimiento del hombre como ciudadano de segunda. Es la imposibilidad de mostrar empatía públicamente por los problemas que sufren los hombres por razón de su sexo. Es la cultura del odio hacia los hombres por el hecho de serlo. Es el supremacismo femenino en acción. Es el Gobierno que ejecuta la charía, el conjunto de leyes sacralizado por un Tribunal Constitucional corrupto que impone a mujeres sin méritos en los consejos de administración, pero que calla cuando son minoría asfaltando calles en agosto. El que castiga a los hombres pero bendice a las mujeres por las mismas acciones y persigue las culpas masculinas, como llamar puta a su expareja, pero deja pasar las femeninas, como incumplir el régimen de visitas.

El Instituto de las Mujeres concluye, porque era su punto de partida, que hablar de charos es cultura del odio, mientras que llamarnos señoros –como hizo la propia directoria del Instituto–, machirulos o pollaviejas, concluir que somos unos cuñaos que no sabemos ni comprar en el súper o cantarnos que "el violador eres tú" no pueden serlo, porque el odio sólo es punible cuando se dirige a quien el Estado decide que es la víctima, aunque sea el verdugo.

Existe en España desde hace al menos dos décadas toda una industria del género dedicada a fomentar y explotar el odio entre hombres y mujeres. Y ninguna sociedad puede sobrevivir a la sobreproducción de personas desgraciadas sin familia propia que inevitablemente produce. De modo que, o las charos deponen sus armas de una vez y acabamos todos juntos con la charía y la charocracia, o quienes acaben con todo eso no serán tibios como Soto Ivars o Pedro Herrero, sino vuestras verdaderas némesis. Y lo que produzcan no será una sociedad más justa, libre e igualitaria. Será lo que las charos dicen creer que existe en España.

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