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Entre matones anda el juego

Ni la UE, ni España, ni la ONU fueron capaces de revertir el fraude electoral de una pandilla de mafiosos al frente de un Estado, mientras una parte del país masacraba a la otra.

Ni la UE, ni España, ni la ONU fueron capaces de revertir el fraude electoral de una pandilla de mafiosos al frente de un Estado, mientras una parte del país masacraba a la otra.
Cordon Press

El retorno de Donald Trump a la presidencia de Estados Unidos acaba de socavar el orden internacional instaurado tras la IIª guerra mundial. No era la panacea, desde su origen nació parapléjico: La ONU, con su derecho de veto, los Derechos Humanos sin el reconocimiento de los países musulmanes, incompatibilidad entre Estados comunistas y capitalistas, o la propia Corte Penal Internacional nacieron lastrados para lograr un orden internacional justo; pero al menos guardaban ciertas formas. No nos rasguemos las vestiduras ahora como si el orden mundial que fenece hubiera sido un bastión inigualable contra la barbarie, porque la caída de Maduro en Venezuela da esperanzas a un pueblo masacrado, saltándoselo.

Donald Trump, ángel y demonio, ha desatado la caja de los truenos. Y no sólo por lo de Venezuela, sino por las formas brabuconas con que amenaza e impone sus objetivos dentro y fuera de EEUU. Volveré sobre este argumento, pero antes, déjenme pensar en la tragedia del pueblo venezolano, porque es muy fácil teorizar desde la comodidad de ideologías "progres" y ponencias universitarias teóricas sobre derecho internacional desde la comodidad de países libres y ricos, pero muy difícil ponerse en la piel de millones de venezolanos masacrados y abandonados a su suerte durante tres décadas por estas almas puras (abran el enlace).

Por ello, no lloraré por la eventual caída violenta de un tirano como Nicolás Maduro, responsable de la destrucción institucional de Venezuela, de millones de exiliados y de una represión sistemática contra la disidencia. De hecho es una bendición. Ni la UE, ni España, ni la ONU fueron capaces de revertir el fraude electoral de una pandilla de mafiosos al frente de un Estado, entretenidos en cálculos políticos y rentabilidad ideológica, mientras una parte del país masacraba a la otra. Al menos uno de los dos matones está fuera de combate. Millones de venezolanos viven tiempos de esperanza, ¡por fin!

Eso no justifica la actitud del otro matón (Trump), investido con el mayor poder militar del planeta, que ha actuado al margen del derecho internacional y de las reglas democráticas con la coartada de un supuesto bien superior. De hecho, ni siquiera ha exigido la liberación de los presos políticos, ni la entrega del poder a los legítimos ganadores de las últimas elecciones. Déjense de hacer cábalas con la entrega del país a los herederos de Maduro. ES LO QUE PARECE. Trump jamás hubiera intervenido Venezuela si el régimen le hubiera garantizado el control del petróleo, exclusión de cubanos, rusos, iraníes y chinos, y sumisión a su geoestrategia. Por eso, la manera más eficaz de asegurarse esos fines, es tener bajo su mando a la heredera del chavismo, Delcy Rodríguez y a los colaboradores más cercanos a Maduro. Aunque vayan ustedes a saber -barruntan los más peliculeros- si la entrega de la presidencia al régimen no será la forma más sibilina de mantenerlos controlados y a raya, y cuando logre controlar el país, tirar de lista y hacer una limpieza a fondo. En una cosa tienen razón, de momento, esos patriotas chavistas de cartón piedra son la mejor garantía de imponer su voluntad. Cuatro petardos yanquis y todos amodorrados en el pilón de los nuevos amos del norte. ¡Cuánta morralla! Poco nos pasa a los hispanoamericanos.

Pero desgraciadamente, los tic cesaristas de Trump son cada hora que pasa más esperpénticos. El problema no es sólo el desprecio por la democracia que ha esgrimido en Venezuela, ni la extensión de sus amenazas a países tan dispares como Colombia, Cuba, Méjico, Irán, Canadá y ahora a Groenlandia (Dinamarca), o su piratería con petroleros rusos. El problema es que Donald Trump ha demostrado una actitud incompatible con los principios básicos de la democracia liberal en su propio país: no aceptó el resultado de unas elecciones libres que perdió, alentó el asalto al Capitolio, desacredita sistemáticamente a jueces, periodistas y adversarios políticos, y trivializa límites constitucionales tan esenciales como la alternancia en el poder. Cabe preguntarse si por primera vez en la historia de EEUU, su presidente respetará o no la limitación de mandatos prevista en su Constitución, o se perpetuará en el poder como un César. Y lo peor por ser lo más trivial: se mofa, ridiculiza, denigra públicamente a sus adversarios demócratas como un vulgar borracho de taberna. Ver y no creer, la figura pública más importante de EEUU denigrando la esencia misma de la democracia: la tolerancia y respeto a los adversarios. Este tipo es peligroso más allá de sus acciones. O aplica la estrategia del loco con maestría, o los años le empiezan a pasar factura. ¡Que ya sería cruel después de haberse cebado con la senilidad de Joe Biden! Pero me da que estamos ante un visionario con ínfulas más cercano a un déspota que a un estratega nacionalista. Sea lo que sea, espero que no obligue a China a defenderse.

No es una cuestión menor todas esas extravagancias. Cuando desde la cuna del constitucionalismo moderno se cuestionan las reglas del juego, el daño trasciende sus fronteras. ¿Qué diferencia conceptual existe entre el "espacio vital" que invocó Adolf Hitler para invadir otros territorios, y la apropiación forzosa de recursos estratégicos de un país soberano como Venezuela? ¿Tan pronto nos hemos olvidado de sus consecuencias?

Algunos argumentarán que determinadas intervenciones pueden ser, en abstracto, moralmente deseables. Pero en democracia el fondo nunca puede desligarse de la forma. El derecho no es un mero instrumento al servicio de fines coyunturales, sino la condición de posibilidad de la libertad. Como enseñó el constitucionalismo liberal desde Montesquieu hasta Kelsen, sin legalidad no hay legitimidad; y sin legitimidad, el poder degenera en arbitrariedad.

Pongamos un ejemplo extremo: ¿con qué autoridad moral se podría impedir mañana que otra potencia actuara del mismo modo contra un gobierno democrático alegando razones igualmente "justas"? Si el método se normaliza, el criterio deja de ser el derecho y pasa a ser la fuerza. Y eso es exactamente lo contrario de un orden democrático internacional. Solo colonialismo revenido.

A partir de ese momento, nada impide que los Estados más poderosos impongan su voluntad a los más débiles en nombre de la seguridad, las materias primas o cualquier otra coartada estratégica. El derecho internacional deja de ser vinculante y se convierte en un decorado retórico. ¿Entendemos ahora por qué Europa ha sido relegada, Ucrania sacrificada y Taiwán convertida en moneda de cambio? O de Guerra. ¿Se puede permitir Occidente perder su corazón tecnológico? Taiwán es el cuello de botella tecnológico del mundo: nodos avanzados (3–5 nm), lógica de alto rendimiento (HPC), chips para IA, empaquetado avanzado (CoWoS) y foundry neutral, y su anexión por China convertiría la economía digital global en un sistema dependiente, vulnerable y políticamente condicionable en su infraestructura computacional crítica. Para Occidente supondría una pérdida estratégica equivalente a ceder el control de la energía en el siglo XX: colapso de la autonomía tecnológica, debilitamiento industrial y subordinación geopolítica en la era de la inteligencia artificial. Menos bromas, Donald.

La democracia no muere de un golpe; se desgasta por el uso fraudulento de sus principios. Ya lo advirtieron los atenienses del siglo IV a. C. cuando la democracia degeneró en demagogia. No fueron los enemigos externos quienes la destruyeron, sino quienes vaciaron de contenido sus reglas mientras seguían invocando su nombre. Platón lo dejó por escrito en "La República" hace ya 2400 años.

Algo similar ocurre hoy en Occidente. No es la ultraderecha en abstracto la que pone en mayor peligro a la democracia, sino quienes, desde posiciones supuestamente democráticas, manipulan las instituciones, relativizan la legalidad y justifican cualquier abuso en nombre de un fin pretendidamente noble. Da igual que se haga desde Washington, desde Caracas o desde gobiernos europeos que erosionan la separación de poderes: el resultado es el mismo. No hemos de salir fuera, en nuestro propio país Pedro Sánchez prostituye las instituciones a la chita callando, como Donald Trump las desprecia a golpe de exabruptos y misiles.

Platón desconfiaba de la democracia cuando ésta olvidaba la virtud y se entregaba al halago de las masas. Hoy los populistas compran la voluntad de los electores a base de subvenciones, polarizan voluntades satanizando a los adversarios, justifican la corrupción en nombre del poder. Dos mil cuatrocientos años después, su advertencia vuelve a interpelarnos. Cuando las formas se prostituyen, el sistema se vacía desde dentro.

PD: Dicho todo esto: "Ni el fin justifica los medios, ni las leyes democráticas pueden servir para blindar tiranías". Pero el problema sigue siendo el mismo: ¿Quién lo decide y con qué reglas?

En Internacional

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