
Casi nueve millones de venezolanos han salido del país en los últimos años, una cifra superior a la de los cinco millones y medio de sirios que huyeron de una guerra civil que duró más de una década. La venezolana es actualmente la mayor población refugiada del mundo, un hecho especialmente notable porque no han huido de una guerra, sino de una dictadura. Un régimen criminal que no solo ha destruido las libertades y la democracia, sino que ha llevado el PIB de Venezuela a un nivel que no se veía desde los años 40. Y todos ellos son "gusanos fascistas", según Antonio Maestre.
El régimen chavista lleva décadas siendo alabado por próceres patrios de la talla intelectual y moral del tertuliano y, de hecho, ha apadrinado movimientos como Podemos y líderes como Monedero, Iglesias y Errejón. Es natural, por tanto, que los venezolanos que han sido acogidos por España y que estos días están celebrando que Estados Unidos haya descabezado a la mafia chavista, no se sientan cómodos con un Gobierno en el que una parte importante es uña y carne con quienes les han obligado a dejar su país.
Ofendidos por el atrevimiento de no decir, hacer y pensar lo que se les diga, hemos podido ver en los arrabales de la izquierda, tanto en redes sociales como en la calle, unos mensajes clasistas y racistas que le pondrían los pelos de punta a Le Pen. Padre. Siempre tan solícito, Maestre ha tenido a bien resumir el sentir de nuestra extrema izquierda totalitaria: "gusanera fascista venezolana", "escoria desagradecida", "caterva de parásitos", "quintacolumna antidemocrática" son solo algunas de las delicadas perlas de sabiduría que ha escupido contra los inmigrantes venezolanos que han recalado en nuestro país huyendo del socialismo del siglo XXI, ese último intento de traer el cielo a la Tierra devenido, como siempre, en el peor de los infiernos.
Ojo: eso son los epítetos que se merecen los inmigrantes con mayor porcentaje de trabajadores afiliados de todas las nacionalidades que se han asentado en nuestro país. No se los dedica a quienes menos aportan a nuestra economía y más a nuestros índices de delincuencia, especialmente la sexual. Enfrentarse a la izquierda es motivo suficiente para excitar el clasismo y la xenofobia de nuestros progres patrios, pero todos los problemas de convivencia, amén de la subida de precios de vivienda, que causa en general la inmigración en España solo provoca una ardorosa defensa del resto de los inmigrantes por parte de la izquierda. ¿Cómo se come eso?
La razón última es que la izquierda es, principalmente, un desorden narcisista. Un progresista lo es porque serlo le hace sentirse bien consigo mismo y moralmente superior al resto de sus congéneres. Por eso han adoptado a los inmigrantes como mascotas: dado que sus números producen rechazo o, cuanto menos, prevención por parte de la mayoría de la gente, les permite diferenciarse y mostrar lo muy superior moralmente que son poniéndose de parte de los inmigrantes, al contrario que esos despreciables fachas que son la gente normal que sí que convive con ellos.
Pero claro, si los inmigrantes de una nacionalidad concreta no solo se integran mejor, sino que tiene una tasa de afiliación superior a la de la población nativa y encima, por la cuenta que les trae, son más de derechas que el palo de la bandera, entonces ya no son útiles como mascotas a las que adoptar. Y ahí es donde sale a relucir el verdadero yo de los Antonio Maestres. Porque el progresismo no es más que un discurso de odio envuelto en el papel de regalo de la autosatisfacción moral.
