
Es imposible sustraerse a la impresión de que el Estado Español se está descomponiendo ante nuestros ojos. Y no es sólo la demolición de su base, que es la nación española, sino el funcionamiento de la Administración, el día a día de los que pagan impuestos de Primer mundo y reciben servicios de Tercer o Cuarto. La tragedia de Adamuz ha desvelado a los que prefieren vivir dormidos y ha alarmado a los que pensaban que esto estaba mal, pero no tanto. Lo que hemos visto es que, producto de la imprevisión socialista, de la incompetencia y la corrupción del Gobierno hay infraestructuras tan básicas como carreteras y vías férreas hechas pedazos. Añádase el cercano apagón, obra de los mismos y que sin que los mismos hayan dado aún una explicación y tendremos que otra infraestructura esencial, la de la energía, está como las carreteras y los ferrocarriles, en situación de colapso diario.
Un gobierno para una situación ingobernable
Las causas vienen de lejos, pero el resultado de una política antinacional y orientada exclusivamente a mantener en la Moncloa a Pedro Sánchez, no puede estar más cerca. Lo de Adamuz puede ser mañana lo de cualquier lugar de España. Y ni siquiera Cataluña, la criatura sobrealimentada del sanchismo, se libra del efecto de sus propias incompetencia y corrupción. Llevamos más de siete años viviendo al día, en un clima de guerra civil inducido por el Gobierno y sus medios de intoxicación desinformativa, sin presupuestos desde hace tres años, y sin ninguna expectativa de mejora. Tras formar gobierno con la ayuda de todos los enemigos de España, y él el primero, Sánchez es incapaz de aprobar una sola ley ni de gestionar nada. Su única política, su única estrategia y su única táctica es dejar pasar el tiempo sin hacerse jamás responsable de ninguna de sus responsabilidades, cuando no culpabilidades directas, que intenta siempre cargar a los demás.
Los demás son la Oposición, el PP y Vox, que, en todas las encuestas, salvo la ridícula del CIS, aparecen destinados a derrotar a Sánchez y a formar gobierno. Lo primero está claro, por la debilidad estructural del Ejecutivo; lo segundo, no tanto. La actuación de los dos partidos —el mayoritario, estancado, y el minoritario, al alza— tras las elecciones en Extremadura y ante las de Aragón, es deprimente, por el desprecio de los candidatos a los electores y por el triunfo de las estrategias de partido sobre las necesidades nacionales. Si esto no se remedia, o vamos a un gobierno minoritario del PP para durar un año o llegaremos a un Gobierno dividido sin ninguna capacidad de establecer una estrategia de reconstrucción nacional a largo plazo. Un fracaso o un desastre, a elegir; y vuelta a la demolición total.
Ridiculeces en Extremadura, indecisiones en Aragón
En Extremadura se ha podido constatar el profundo cambio a la derecha de toda Europa y las rigideces de una clase política regional, tirando a aldeana. La convocatoria de elecciones obedeció a la seguridad de Guardiola, ante el pésimo cartel electoral del PSOE, de conseguir un gobierno sin la hipoteca de Vox. La ruina del PSOE se produjo, pero el voto del PP, con un número mayor de abstencionistas, fue casi el mismo de las últimas elecciones; y el partido que más subió fue Vox, como salía —y sale— en todas las encuestas. La fatuidad de una candidata que se cree mejor que su partido acabó mal, si se tiene en cuenta el voluntario adelanto electoral. Y aunque Vox pudo cantar victoria, tampoco cambió su relación con el PP, que lo necesita para formar gobierno, mientras Vox necesita al PP para evitar que gane el PSOE.
Esa es, a priori, la misma previsión en las elecciones aragonesas. Azcón ha adelantado elecciones, pero fue con Vox fuera de los gobiernos regionales, digamos que obligado a confiar su continuidad a unas urnas prometedoras. Hace muy poco, Abascal ha vuelto a cambiar de estrategia: de salirse de todos los gobiernos autonómicos, a entrar en todos ellos, con arreglo a su fuerza electoral, que prácticamente dobla su representación en todas partes. Hay alguna posibilidad, remota pero real, de que el escaño 31, por encima de las previsiones del PP —29 o 30— y el tercer escaño de Aragón Existe, que oscila en las encuestas entre dos y tres, alcanzara la mayoría absoluta: 34.
El necesario pacto de cuatro años
En teoría, el PP no estaría en manos de Vox; pero ¿es eso lo que conviene a Aragón en particular y a España en general? En mi opinión, no. Creo que el mapa de fuerzas en la derecha, salvo en las regiones con mayoría absoluta claramente repetible, lo mejor es formar gobiernos coherentes y duraderos para sacar a España de la ruina en que la está dejando el Gobierno Sánchez. Un partido pequeño, pero en el poder, invita a la compra de diputados, y en Aragón eso ya ha pasado bastantes veces. Tantas como para no fiarse de Guitarte, que, aunque ahora quiera lucir un perfil centrista, ha sido aliado fiel del sanchismo en sus primeros años y en las dos investiduras. El cupo fiscal catalán es perjudicial y humillante para Aragón, pero es muy difícil mantener una postura coherente cuando la fuerza depende de una alianza.
Lo correcto sería pactar un plan de gobierno sólido, a cuatro años y lejos de mezquindades partidistas. Es lo que necesita España. Pero ¿están los dos partidos de derechas dispuestos a sacrificar algo por el bien de la nación? Eso está claro en el ánimo de los electores. En el PP y, sobre todo, en Vox, no. ¿Deberían recapacitar, y dejar de ver al otro como su gran enemigo? Por supuesto. ¿Apreciarían los votantes ese pacto para borrar el sanchismo? Seguro. ¿Se observa en los partidos un movimiento en esa línea? Ninguno. Cuando Abascal dice que "no quiere ser el vicepresidente de Feijóo", amén de un alarde de vanidad caudillista, muestra un sectarismo difícil de asumir en un cuerpo electoral alarmado y con razón. Invirtamos el planteamiento: ¿aceptaría Abascal que Feijóo fuera su vicepresidente? Quiero creer que sí, pero temo que, en ambas fuerzas, la respuesta sea absolutamente negativa. Y si eso no cambia, el futuro de España, incluso con Sánchez, pinta fatal.
