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Pablo Planas

¿Sólo va a dimitir Quequé o qué?

Puente, que vivía tan feliz haciendo el macarra en redes, está sirviendo de ejemplo, de símbolo, de sustancia de lo que sería el perfecto cretino político.

El humorista Quequé, presentador de la gala de los Premios Odeón | LD/Agencias

Que un desahogado como Óscar Puente haya llegado a ministro explica perfectamente la crisis y el deterioro de nuestra nación. Y no es precisamente el más incompetente de un gabinete presidido por ese titán de la estulticia que es Pedro Sánchez y compuesto por auténticos campeones de la ignorancia y la soberbia como Yolanda Díaz, María Jesús Montero, Óscar López o la ministra de Vivienda, Isabel Rodríguez.

Puente, que vivía tan feliz haciendo el macarra en redes, está sirviendo de ejemplo, de símbolo, de sustancia de lo que sería el perfecto cretino político, el inútil por definición, el tarugo por antonomasia, el gañán esférico, literal e imposible de superar. Y como hace ya ocho largos años que el PSOE destroza este país desde el Gobierno, Puente no le puede echar la culpa de la criminal falta de mantenimiento de las infraestructuras críticas al PP. O de las criminales negligencias en racimo que se han llevado por delante la vida de 46 personas.

Dice uno de esos jueces para la democracia que en realidad van en contra de la democracia que para imputar a Sánchez o a Puente por la tragedia de Adamuz se debería demostrar que estaban al corriente del estado de las vías y no hicieron nada. Lo segundo es evidente. Y lo primero es obvio para cualquiera que se haya montado en un tren en España en los últimos cinco años.

El caso es que Puente, superado, abandonado por su amo Pedro y preso de un estupor bovino lo niega todo mientras habla de "suflé emocional" de los maquinistas de Renfe y atribuye el caos en el sistema ferroviario de Cataluña a presuntos sabotajes. Es el rey del bulo, el bufón que ameniza el espectáculo del desastre y el horror en un país en el que nada que dependa de los socialistas funciona. He ahí Cataluña, el Triángulo de las Bermudas de los trenes de Schrödinger, ese rincón del Mediterráneo donde el servicio ferroviario es comparable al del Yemen, que no tiene trenes.

Los anuncios contradictorios, los incumplimientos palmarios, las chapuceras excusas del Gobierno y del 'govern' de la Generalidad catalana, la sucesión de accidentes, la acumulación de incidentes y esa especie de ruleta rusa que es el tráfico ferroviario en la región se han llevado por delante a dos altos cargos, uno de Renfe, el jefe de las "Rodalies", y otro de Adif, el director general de mantenimiento. Cesados, que no dimitidos. Y meros cortafuegos. Culpables en grado ínfimo en comparación con sus jefes políticos, cabezas de turco que Puente echa a los leones en un desesperado intento por salvar su trasero y el de los presidentes de Renfe y de Adif.

En la Generalidad tampoco dimite nadie. Una semana sin trenes, una semana con la AP-7 cortada en sentido sur, una semana de pérdidas incalculables y ahí siguen los consejeros que con más voluntad que acierto suplen al convaleciente Salvador Illa, hecho fosfatina de tanto correr por las mañanas y al que, por cierto, nadie parece echar de menos.

De momento, el único sujeto con cara y ojos que ha dimitido (si es que no lo han despedido) es Quequé, el "humorista" de la emisora Ser que no tuvo mejor ocurrencia que hacer presunto humor con las víctimas de Adamuz. Una cosa graciosísima pero al revés, tan hilarante como vomitar en un funeral, tan sostenible como que Puente sea ministro de Movilidad, tan increíble como que Sánchez siga siendo presidente.

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