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Javier Somalo

Maduro, el franquismo y la hora de Cuba

Hay similitudes entre la deriva de la España de hoy y la esencia del régimen chavista. Ellos parece que salen hacia donde estuvimos y nosotros vamos hacia su peor momento.

Dos mujeres caminan por una calle en la Habana. | EFE/ Ernesto Mastrascusa

Dice Marco Rubio que el modelo ideal para la rehabilitación democrática de Venezuela es la Transición española. Lo que pasa es que no se parecen en nada.

A Franco no vinieron a buscarlo para llevárselo esposado. Y a Delcy Rodríguez o a su querido hermano jamás se les habría pasado por la cabeza formar parte de un plan hacia la democracia si no temieran al pelirrojo.

La Venezuela de Maduro no se parece en nada a la España del franquismo; sus procesos evolutivos, tampoco. Donde sí hay similitudes es entre la deriva de la España de hoy y la esencia del régimen chavista. Ellos parece que salen hacia donde estuvimos y nosotros vamos hacia su peor momento. Y ya ni siquiera es metafórico: ahí está José Luis Rodríguez Zapatero tratando de cumplir su sueño: esa era su idea de España después de Franco, la Venezuela de Chávez y Maduro, la Cuba de Castro.

Marco Rubio pone a la Transición española como modelo para acabar con la tiranía en Venezuela

La España que, con Franco vivo, preparaba la salida a cuarenta años de dictadura tras una guerra civil no era, desde luego, un paraíso de libertades, pero tenía instituciones, protección social y ofrecía claros signos de una apertura irreversible. A través de una Ley Fundamental, la de Reforma Política (1976), la última de las ocho que se dio el régimen, se disolvieron las cortes franquistas, cosa que jamás pasaría por el cabezón leñoso del sátrapa caribeño, que engrilletado esté. Al conocido esquema trazado por Torcuato Fernández Miranda, ejecutado por el rey Juan Carlos y personalizado por Adolfo Suárez, se unió la generalizada demanda de concordia. Esa era la España que resultó ejemplar y que aún asombra en todo el mundo.

Siempre hubo una izquierda y una derecha que persiguieron la fuerza, la hostilidad y el eterno enfrentamiento, pero en aquel preciso momento ganaron la derecha —hasta la azul— y la izquierda —más la comunista que la socialista— que optaron por la concordia no exenta de importantes cesiones.

Nada parecido a esto ha sucedido en la narcodictadura de Venezuela, que ha tenido que ser intervenida pese al cinismo mundial para evitar su colapso y la violación absoluta de la dignidad humana.

¿Cuba caerá muy pronto?

La isla prisión va camino de los 70 años de terror. Siete décadas de comunismo, que lo son de muerte, tortura, pobreza inducida y homofobia por más que sus súbditos europeos que le afean fobias a la derecha lo escondan. Pero que los "maricones" son "pervertidos sexuales" incompatibles con la revolución y que el trabajo en los campos de la Unidad Militar de Ayuda a la Producción (UMAP) los hará hombres no lo dijo Batista ni Franco sino un tipo que estampó millones de camisetas con su puro habano y su boina. "Un homosexual no puede personificar las condiciones y requisitos de conducta de un verdadero revolucionario, un verdadero comunista", dijo también Fidel Castro.

Fidel y Ernesto Guevara, dos tipos con reconocidísimos méritos criminales y sangre ajena por metros cúbicos, son modelo en todo, por ejemplo, para el Podemos de los marqueses de Galapagar, grandes aristócratas del comunismo español y frontales enemigos de la Transición española. Habrá que decírselo a Marco Rubio para su archivo personal.

Fidel Castro tardó en caer sin un solo empujón, pero dejó intacto el castrismo y bien atada la dependencia de Venezuela, de su petróleo. Porque Cuba es el epítome del fracaso comunista: una revolución para llegar a la máxima pobreza de su pueblo al que se controla comprando parte de ese pueblo y convirtiéndolo en delator. Y ahí están los Comités de Defensa de la Revolución (CDR) las Jornadas de Repudio que pueden acabar con el repudiado bajo tierra. Media Cuba controla a la otra media, qué remedio.

En el paraíso revolucionario del comandante ya no queda comida, ni carburantes, ni medicinas, se cortan el agua corriente y la electricidad. Y sólo prospera la esclavitud. Como pasó —todavía no ha terminado el infierno— en Venezuela, nos llegan los avisos y no queremos escucharlos, nos lo cuentan de primera mano y todavía parece que es algo sin solución, algo que tiene que pasar y de lo que nadie a este lado del mundo tiene la culpa. O peor, falsas alarmas manipuladas por el capitalismo.

Son muchos años de denuncia que en esta casa siempre han merecido micrófonos, cámaras y artículos. Como los que ha ofrecido ahora Dieter Brandau en su Radioteca con el capítulo dedicado a la esclavitud titulado Los esclavos cubanos. Manos negras y batas blancas. Esos esclavos, en el sentido literal de la palabra, reportan al régimen cinco mil millones de dólares al año enviando "misiones médicas" a Venezuela o a Qatar. Frente a la economía de mercado, la trata de seres humanos defendida por el millonario comunista español Enrique Santiago, que quizá esté maniobrando ya para justificar su revolucionario ritmo de vida.

Marco Rubio no habrá acertado con el ejemplo de la Transición española pero no importará si el plan para Venezuela termina en buen puerto. Lo que no se le puede negar es que se conoce muy bien las miserias del castrismo y quizá por eso ha alertado de que a esa Cuba le queda poco. Y esto no es un cuento. Bien lo sabe Nicolás Maduro. Ya le viene el cosquilleo en las tripas a Miguel Díaz-Canel y a los millonarios cachorros del castrismo que buscan vías de escape, seguro que alguna en España.

Europa no hace nada bueno. España ayuda a los sátrapas

A Europa nunca se la criticará por sostener a las dictaduras caribeñas con su pasividad o su hipócrita denuncia de bloqueos. Los eurodiputados viajan de vez en cuando oficialmente como observadores de nada y si les impiden el paso pues se vuelven con enfados que duran un par de días.

Se critica a Estados Unidos porque su imperialismo se ha llevado esposado al narco psicópata. Pero si completan la operación contando con María Corina Machado y limpiando de fraude la industria petrolera, sacándole todos los entuertos a Delcy Rodríguez, entonces habrá que concluir que lo que ha hecho la administración Trump es objetivamente bueno para Venezuela y para el mundo.

¿Y qué se espera de España, un país que debería apostar por las transiciones democráticas en Venezuela y Cuba? Pues zancadillas y, quizá, cuentas bancarias de algún camarada, destrucción de documentos a destajo y denuncias de intolerable bloqueo e ilegal injerencia. No en vano, la huida del régimen empezó en Barajas con un ministro español a pie de pista y un presidente que, al saber de la operación, dijo: "Bien". Seguro que también lo sabe Marco Rubio.

Un político español que algo conoce de la Transición española a la democracia, Antonio Hernández Mancha, dejó muchas reflexiones interesantes en su entrevista con Federico Jiménez Losantos. Una de ellas: "En el mundo actual hay poco margen de maniobra: o estás con Donald Trump, con todos sus defectos, locuacidad y teatralidad, o estás con Xi Jinping y con Putin. No hay términos medios". Desde luego en el caso de Venezuela, Cuba o Irán, no, no hay términos medios. Otras excentricidades son más discutibles.

Nuestra Transición no puede ser espejo para Venezuela o Cuba pero, con los errores, que lo son porque no quisieron corregirse, sigue siendo un modelo que buena parte de la izquierda detesta porque les arrebató la revancha. Con lo bien que pintaba Franco muerto. Pues no, las revoluciones socialistas anti-78 se tuvieron que conformar con Cuba primero y después con Venezuela. Y ya les llega la hora a todos. Bendita hora.

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