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Burka, nudismo y liberalismo. Crítica a un artículo de 2014

La mujer que libremente quiera llevar burka en privado seguirá pudiendo hacerlo, como los nudistas se pasean airosamente por su salón y su cocina. Pero en la calle la norma debe ser la visibilidad compartida.

La mujer que libremente quiera llevar burka en privado seguirá pudiendo hacerlo, como los nudistas se pasean airosamente por su salón y su cocina. Pero en la calle la norma debe ser la visibilidad compartida.
Dos mujeres leyendo con burka | Libertad Digital

"Siempre que una mayoría está unida detrás de un interés o pasión común, los derechos de la minoría están en peligro" (James Madison). Pero ¿qué ocurre cuando una minoría, invocando la bandera de lo «religioso», impone a la mayoría una visión del cuerpo y del espacio público que contradice el principio mismo de convivencia igualitaria, sometiendo además a una ultraminoría desprotegida? Releyendo mi artículo Burka y liberalismo de 2014, escrito en plena fiebre multicultural europea, confieso que me equivoqué. No en la defensa del liberalismo, sino en su aplicación incoherente. Entre la Escila del multiculturalismo relativista y la Caribdis del etnocentrismo cerril, creí entonces que la verdadera vía liberal pasaba por tolerar el burka y el niqab como expresión legítima de libertad individual. Hoy, doce años después, veo que esa posición traicionaba el núcleo mismo del liberalismo: la igualdad ante la ley y la neutralidad del Estado frente a todas las cosmovisiones corporales.

En aquel texto argumentaba que prohibir el velo integral se parecía a la campaña contra la prostitución o a la demonización del nudismo, es decir, un paternalismo que niega a las mujeres su capacidad de elegir. Hoy me parece evidente que el error radicaba en conceder a la etiqueta «religiosa» un privilegio antropológico que ningún liberal consecuente debería aceptar.

La primera corrección filosófica que hago a mi artículo de entonces es que no existe diferencia sustantiva entre una creencia religiosa habitual y una creencia existencial como el nudismo. Ambas son cosmovisiones totales sobre el cuerpo humano. El naturismo no es un capricho estival, sino una ética completa que afirma la desnudez como estado natural, la vergüenza como opresión social y la igualdad radical ante la mirada del otro. Tiene sus profetas, sus textos sagrados y sus comunidades rituales. El burka y el niqab también son una ética total, por la que el cuerpo femenino es visto como fuente permanente de escándalo y provocación, por lo que la ocultación de la mujer se concibe como una protección del orden divino-patriarcal. Llamar a una costumbre «religión» y a la otra «costumbre existencial» es un residuo teocrático disfrazado de tolerancia ilustrada. Spinoza ya lo vio, y es que las creencias solo merecen respeto en la medida en que no pretenden erigirse en ley para todos. Kant lo completó cuando adujo que en el ámbito público no rige la fe privada, sino la razón compartida.

La segunda corrección que he de hacerme a mí mismo es que el burka y el niqab no son, en sentido estricto, un mandato religioso inequívoco, sino una costumbre patriarcal preislámica que el islam culturalizó. El Corán habla de modestia, nunca prescribe cubrir el rostro, ni siquiera la cabeza (como tampoco en el judaísmo o el cristianismo). Exactamente como el nudismo es una costumbre ecológico-existencial nacida contra el pudor victoriano y la alienación industrial. Ambas son prácticas culturales cargadas de ideología de género, pero una oculta para someter, la otra revela para liberar. Tratar una como intocable y la otra como regulable sería el colmo de la incoherencia liberal.

La tercera corrección, la decisiva desde mi actual punto de vista, es que si una ordenanza municipal –o el reglamento interno de un colegio, instituto o universidad– que por decoro y seguridad puede prohibir el torso desnudo en la vía pública (como sucede de Barcelona a Málaga pasando por San Sebastián, Salou, Benidorm, Alicante, Marbella, etc.) puede —y debe— prohibir el burka y el niqab por idénticas razones. El espacio público no es un supermercado de cosmovisiones donde cada cual impone su código corporal. Es el ágora común donde rigen las mismas reglas para todos. Si multamos al nudista porque «ofende el decoro colectivo» o porque impide la identificación facial, exactamente los mismos argumentos valen para quien elige volverse invisible. La diferencia de «ofensa» es subjetiva; la neutralidad del Estado exige rasero idéntico. Permitir uno y prohibir el otro no es liberalismo sino entronizar un privilegio teológico. Como escribí en 2014 citando a Hayek, la libertad es reducir al mínimo la coacción de unos sobre otros. Pero ¿no es la mayor coacción permitir que una minoría imponga a la mayoría su visión segregada del cuerpo femenino?

Como corolario, y aquí está la verdadera liberación, lo que defiendo ahora es que proteger a la mujer no significa amparar su enclaustramiento velar, sino garantizarle por ley que nadie —ni familia, ni comunidad, ni tradición— pueda obligarla a desaparecer de la mirada pública. La auténtica libertad femenina no es la «libertad» de elegir la jaula que le enseñaron a "querer" desde niña. Es la libertad efectiva de caminar con el rostro al descubierto, de ser reconocida como sujeto pleno, de no cargar con el peso simbólico de ser «tentación» que debe ocultarse. Cuando el Estado, en nombre de la «libertad religiosa», ampara el burka, está protegiendo una costumbre patriarcal, no a las mujeres. Está diciendo a las mujeres que su opresión cultural es más sagrada que su igualdad y su libertad. Eso no es liberalismo; es rendición identitaria al imperativo categórico de la tribu.

Releyendo aquel artículo de 2014 siento que defendí con buenas intenciones una posición que hoy veo claramente inconsistente. El liberalismo no es relativismo moral (como repetí tantas veces en Diez razones para ser liberal). Es, precisamente, negarse a conceder privilegios metafísicos a ninguna cosmovisión cuando entra en el espacio de todos. Misma regla para el torso desnudo y para el rostro oculto. El decoro, la seguridad y la libertad no admiten excepciones teológicas. Elegir libremente requiere condiciones reales de autonomía, y una preferencia formada bajo coacción sistemática desde la infancia no es idéntica a una preferencia autónoma. La mujer que libremente quiera llevar burka en privado seguirá pudiendo hacerlo, como los nudistas se pasean airosamente por su salón y su cocina. Pero en la calle —el espacio de la convivencia igualitaria— la norma debe ser la visibilidad compartida.

Ese es el liberalismo que defiendo hoy siguiendo una estructura lógico-liberal: neutralidad del Estado, simetría normativa con otras regulaciones corporales en el espacio público, y la prohibición como instrumento de una batalla cultural legítima contra una ideología pseudorreligiosa que subordina, discrimina y maltrata a las mujeres por el hecho de serlo, considerándolas no solo inferiores, sino tóxicas, por lo que hay que ocultarlas además de humillarlas. Los tres pilares se sostienen desde el liberalismo si se acepta que el espacio público no es neutral por defecto sino que requiere normas activas de igualdad. Haciendo caso a la recomendación de Keynes de cambiar de opinión cuando cambian los hechos o se encuentran argumentos mejores.

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