
De ser ciertos la mitad de los logros que se atribuye Yolanda Díaz en su carta de despedida, no habría tal carta ni tal despedida. Pero su anuncio de que no se presentará candidata en las próximas generales no solo es el reconocimiento del fracaso del Gobierno del que seguirá formando parte. Es la mascarada necesaria para encubrir que quienes ponen a punto el nuevo coche escoba del PSOE, con un programa reducido a impedir que gobierne la derecha, la consideran un caballo perdedor y un lastre del que hay que deshacerse. A la que tanto se jacta de evitar los despidos, la despiden los suyos. Díaz es la cabeza más visible del fiasco de Sumar, de su incapacidad para marcar territorio, de su condición de Barbie de Sánchez. En consecuencia, es la cabeza de turco.
La última vez que hablé de Díaz, hace ya algunos años, con personas familiarizadas con la política gallega, la opinión general fue que merecía un Oscar por cómo había conseguido dar el pego en Madrid. Su salto más espectacular ha sido pasar del personaje agresivo que tenía como principal misión la de insultar a Feijóo en el parlamento gallego al personaje conciliador del diálogo social en los meses confinados, cuando se retrataba feliz con Garamendi. El personaje benévolo rindió sus frutos. Le permitió alzarse con el siempre incierto título de político más valorado. Pero en cuanto las cosas empezaron a irle mal al Gobierno, fue retornando a su primera encarnación. Y ahora que la despiden, vuelve al teatro de los buenos sentimientos azucarados. No es la radical Yolanda Díaz la que habla, sino la bondadosa madre Yolanda, con el corazón en la mano.
Sor Yolanda no presume de sus buenas acciones; solo las enumera para decir cuánto queda por hacer. Cuenta que no ha sido el suyo un camino de rosas; que ha tenido que superar pruebas y dificultades y moverse en un mundo duro, masculino, inmisericorde con la delicadeza de la mujer. Dice que aquello que le ha dado fuerzas es pensar en los trabajadores y trabajadoras de este país, porque en su carrera política no piensa nunca: aceptó ser candidata de milagro, después de muchas reticencias. Es verdad que se la vio con ganas de llegar a presidenta del Gobierno de España, cargo que le había prometido el profético Iván Redondo. Pero esa historia de sacrificio y entrega, de renuncia a toda ambición personal, es la que cuenta en su adiós forzoso.
He ahí el modelo femenino de política: la sacrificada cuidadora, que niega tener ambición. Que nada tenga que ver con la realidad, lo hace doblemente nocivo. Nocivo para la política y nocivo para las mujeres en política. Pero es la mujer antimasculina del cuadro feminista. Yolanda Díaz, que trepó pisoteando a otros y traicionando a los que la apoyaron, ahora se quiere ir en olor de santidad. Los que la echan han sacado el botafumeiro para que el despido huela mejor. Pero huele a lo que es. A intento desesperado para no quedarse en cuadro. El destino de Podemos, primero, y Sumar, después certifica el final de un trayecto que empezó con el 15-M indignante. De la indignación al aplauso, puede decirse también a la luz de la figura de la política gallega. Ha sido y es la gran aplaudidora de Sánchez, rivalizando, que ya es, con la andaluza.
