
Cuando anunció Sánchez que desclasificaba, las voces buenas dijeron que estaba bien, porque España tenía ya suficiente madurez democrática para saber lo que pasó aquel 23-F. Al contrario que los buenos, yo no sé qué es la madurez democrática, pero de la madurez sin adjetivos tengo idea y lo que ha mostrado la desclasificación es que estamos tan lejos de la madurez como de la inocencia. De entrada, lo que se ve es que estamos menos informados del 23-F de lo que estábamos antes, carencia general en la que hay que incluir aparte de los que le han hincado el diente a la documentación secreta. No se entiende, si no, que se haya dado noticia destacada de un documento posterior al golpe de Tejero como si encerrara una clave esencial del golpe de Tejero. Pero lo importante de la decisión presidencial es que ha instalado uno de los entretenimientos favoritos del Gobierno: una atracción de feria de la que, después de girar en discusiones bizantinas sobre asuntos estériles, se sale mareado y confuso, sin saber qué es verdad o mentira y desconfiando de todo y de todos.
La interpretación se ha hecho en función de las suposiciones. Cómo no. La suposición de que entre esos papeles podía haber alguno que incriminara al entonces Rey Juan Carlos, como un mensaje de aliento al golpismo, preferiblemente manuscrito, hizo que surgiera un gran suspiro de alivio cuando no apareció. La noticia de que el Rey paró el golpe, que se dio en febrero de 1981, ha vuelto a las portadas de febrero de 2026 como una gran primicia y un auténtico esperpento. Incluso Feijóo, que parecía el más maduro de la clase, aprovechó el alivio para pedir la vuelta del Emérito. Como si hubiera tenido la sospecha de que Juan Carlos estaba implicado y ahora que la desclasificación lo exonera, es cuando considera deseable que regrese. Claro que lo más probable es que el líder de la oposición sólo se haya apuntado al tema del día. Sin darle una vuelta.
En esta secuencia disparatada, antes de que Feijóo pusiera el foco sobre el regreso de Juan Carlos, el gran tema era una denuncia de la izquierda acusando al PP y a Vox de apoyar el 23-F. Si apareciera hoy un Tejero en el Congreso, decían las criaturas, los dos partidos de la derecha se habrían puesto del lado del golpismo. Sobre este lecho de ignorancia histórica y de incultura democrática, una desclasificación no produce claridad. Por eso se ha hecho. No para la claridad, sino para la confusión. Y se ha hecho con el cebo del secreto, infalible. Poco importa que no haya información nueva relevante. Como los papeles llevan el sello del secreto, se los forzará para que justifiquen su estatus reservado. Si estaban bajo llave, algo extraordinario y sensacional han de guardar y si no, se hará para que lo parezca.
Esto, que iba a ser nuestro Epstein, resulta que no es nada. Bueno, nada. A río revuelto, ya se sabe. Hay un autor de ficciones que vuelve a atraer la atención hacia un libro suyo, y un presidente del Gobierno que vuelve a distraer la atención de lo suyo. Dos beneficiarios del lío.
