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Anna Grau

¿De los pósters del Che a los de Gadafi?

n una España normal, si a Sánchez ponerse el mundo civilizado por montera le da un tipo de votos, le tendría que quitar otros.

EFE

Es maravilloso: Spain vuelve a ser más different que nunca. Ni Franco ni José Luis Rodríguez Zapatero se atrevieron a tanto. El primero fue un apestado en Europa, pero supo granjearse el apoyo de los Estados Unidos. Hasta escribía cartas a la Casa Blanca explicándoles pacientemente por qué no podían ganar en Vietnam. El segundo presumía de "no a la guerra" y de sacar las tropas españolas (insignificantes…) de Irak, pero se mantuvo alineado con París y Berlín. Pedro Sánchez, ni lo uno ni lo otro. Dejadme solo, sujétame el cubata, Trump échate a temblar, Merz, por qué no te callas: que de los pósters del Che vamos a pasar a llevar camisetas con la cara de Gadafi. Otro referente no se me ocurre para la autoproclamada política exterior española de hoy.

Luego está la distancia del dicho al hecho, claro. Franco vetó 'oficialmente' que aviones norteamericanos usaran las bases españolas de punto de apoyo para ir en auxilio de Israel en las guerras míticas de los años 70. En el Pentágono tomaron nota, pero las usaron igual. Es más: el Departamento de Estado tenía clarísimo que nadie del régimen iba a comprobar nada. Como tampoco comprobó nunca el Gobierno Zapatero si los vuelos negros de la CIA entraban o no entraban en el espacio aéreo español como Pedro (Picapiedra, no Sánchez) por su casa. Todo eso mientras el ministro Moratinos correteaba por Washington suplicando que le dieran hora y la entonces titular de Defensa Carme Chacón trataba de abrir incluso más bases americanas en la piel de toro. Que una cosa es la que se dice para ganar elecciones y otra la que ocurre en la realidad. Pobre Margarita Robles, nasía pa sufrir. Mira que como los americanos esta vez, en lugar de tomarnos por el pito del sereno, nos tomen al pie de la letra y se lleven las bases a Marruecos… ahí sí que nos vamos a reír. Sobre todo en Ceuta y Melilla. Del Sáhara ya ni hablamos.

Convendría darle una atenta vuelta a tanto despropósito y hacernos unas cuantas preguntas serias. En una de las pocas cosas en que estamos todos de acuerdo es en que el antitrumpismo de opereta de Sánchez es un activo electoral para el PSOE. Un balón de oxígeno ahora que la ultraizquierda woke hace aguas por todos lados. Insisto, es fantástico el paralelismo entre franquistas y antifranquistas cómodamente retroactivos: todos malcriados por una larga tradición de autarquía. Ausentes de las dos guerras mundiales. Desconectados del mundo real.

Pero si el wokerío político, periodístico y hasta académico (¿para cuándo 'expertos' que no sean de parte, que no cacareen consignas, que hagan análisis que no insulten a la inteligencia y a la evidencia?) aplaude con las orejas la última ocurrencia sanchista, y se prepara para premiarla con una nueva lluvia dorada de sufragios, ¿qué pasa con los demás? ¿No queda nadie para movilizarse en sentido contrario, a favor del sentido común? Mientras unos llenan la Plaza de Oriente para aclamar a su amado líder, ¿qué pasa con los otros? ¿Tienen miedo de dar la nota o qué?

En una España normal, ni absolutamente todos los actores serían robóticamente propalestinos y anticlericales, ni los derechos humanos serían de goma según quien se los carga, ni el 7 de octubre sería una trastada menor. En una España normal, si a Sánchez ponerse el mundo civilizado por montera le da un tipo de votos, le tendría que quitar otros. Con lo que costó construir una democracia seria, reconocida y respetada internacionalmente. Con la que está cayendo. El mundo se hunde y nosotros nos enamoramos, como decía Ingrid Bergman en Casablanca. Sólo que ella por lo menos se enamoró de Humphrey Bogart. No de su ombligo.

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