
Tal vez porque aquí haya demasiados abogados, el debate en España se ha centrado en si se ha respetado o no el derecho internacional. Es una discusión inútil. Israel no se va a dejar masacrar por Hamás ni va a aceptar el más remoto riesgo de que Irán se haga con una bomba atómica. Y Estados Unidos le ayudará en todo caso. No son bromas. Rafsanjani, político moderado, advirtió a principios de siglo que el hecho de que los judíos se hubieran reunido en su mayoría en un lugar tan pequeño tenía la ventaja de poder acabar con ellos con una sola bomba.
Es notorio que la actitud de Sánchez no responde a ningún impulso moral, imposible en personaje tan desahogado, sino que es puro cálculo electoral. Pero la realidad es que a muchos españoles de buena fe les abochorna la 'ilegalidad manifiesta' del ataque a Irán. Mientras otros, muchos menos, se afanan en encontrar una norma que justifique legalmente, dentro de la categoría de guerra justa o en la Carta de las Naciones Unidas, lo que se está haciendo.
Esto ya lo vivimos con la guerra de Irak. Y, si hoy hay un consenso general en que aquello fue ilegal porque Sadam Husein no tenía armas de destrucción masiva, no es por contravenir precepto alguno, sino porque salió mal. En Yugoslavia, a principios de los noventa, se evitó que los serbios masacraran a croatas, eslovenos, bosnios y kosovares a base de ataques aéreos. Se hizo con autorización del Consejo de Seguridad de la ONU porque, caído el muro de Berlín, ni Rusia ni China estaban en condiciones de vetar nada. Hoy, desde el punto de vista moral, lo que están haciendo Israel y Estados Unidos en Irán está mucho más justificado. Pero actualmente, Moscú y Pekín vetarían cualquier resolución que autorizara el empleo de la fuerza. La diferencia entre Irak y Yugoslavia, sin embargo, no está en la legalidad o falta de ella, sino en que lo de la primera salió mal y lo de la segunda, bien. Y de eso dependerá cómo se valore lo de Irán. Sánchez da por hecho que será un desastre, pero todavía no se sabe qué sucederá. Si sufriendo pocas bajas y en un plazo relativamente breve Trump consigue que la teocracia sea sucedida por un régimen laico, pacífico y democrático, nadie le discutirá el éxito y todos, incluido Sánchez, se congratularán. Si, por el contrario, la república islámica sobrevive y continúa masacrando a su pueblo y buscando hacerse con la bomba, todos censurarán al magnate y Sánchez nos recordará que él fue el primero en hacerlo. Vean si no cómo nuestro presidente, en su discurso de estadista de guardarropía del lunes, citó tres veces a Ucrania y dos a Gaza. En cambio, a Venezuela, que todavía no ha sido un éxito, pero desde luego no ha sido un fracaso y donde hay una probabilidad razonable de que vuelva la democracia, sólo la mencionó una vez. Y eso a pesar de que su reacción cuando se tuvo noticia de la captura de Nicolás Maduro fue tan airada o más que la de hoy con Irán. Al final, lo decisivo casi siempre es el resultado.
